La estancia
“razón” y su modo de estar: la “racionalidad”
Sebastián Salgado González
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Resumen: En modo alguno se puede definir la razón al margen de la acción,
porque la presentación de la razón, eso que se denomina racionalidad, tiene
lugar a la manera de una ecuación donde racionalidad y acción se encuentran
relacionadas siendo cada una función de la otra. Precisamente en la acción se
muestra el proceso general de autoconstitución de la razón (racionalización),
cuya naturaleza revela las más importantes tareas de la acción racional: la
categorización y la fundamentación, por las cuales la razón
aprehende la realidad y se autoconstituye.
El enunciado anterior es la tesis central del
presente artículo que estudia la razón como estancia en la que permanece el hombre y analiza la racionalidad como estrategia de optimización por la que se calibra la acción tanto en su dimensión material (la relación medios-fines) como formal (el sujeto racional).
A su vez, este artículo hace hincapié en el
desciframiento de las condiciones de la racionalidad dirimiendo no sólo cómo
está el hombre en la razón sino simultáneamente por qué está en la razón y qué
hace con ella.
“La investigación racional amenaza a toda doctrina
estática y la acción racional pone en peligro a toda institución estática”.
Bunge, Mario: Racionalidad y
realismo
El problema
fundamental que la actividad filosófica encierra es el concerniente a su método
(aquí se adopta el uso elemental de este término y, así, se entiende por
método: camino a seguir o proceder). Pero tal cuestión de método no se refiere
siquiera a la naturaleza del mismo sino, más bien, a su principio o comienzo,
porque el problema del filosofar es que su paso primero, principal, contiene ya
todos los pasos, con lo que surge en el horizonte el riesgo de tautologización.
El primer
paso al que nos referimos y en el que se resume la actividad filosófica es el
de la definición. Podría decirse que la filosofía es el arte de la definición,
donde arte es tanto técnica como estilo, es decir,
“saber-hacer” y articulación estética de ese saber-hacer; en cuanto a la
definición es el esfuerzo por reducir la borrosidad o incertidumbre para
construir una trama coherente.
Contra la
tesis que venimos enunciando cabe, como hiciera Kant (Crítica de la razón pura,
A731/B759), advertir que la definición en filosofía, y al contrario que en
matemáticas, no es nunca el primer paso, sino el último; también cabe argüir
que la definición no puede ser el primer paso del filosofar porque para que sea
posible la definición son precisos antecedentes como la observación, la
intuición e incluso el juicio. Sin embargo, es posible rechazar este intento de
refutación con sólo advertir que ninguno de los antecedentes mencionados -y sin
los cuales, en efecto, no tendría lugar la definición- son genuinamente
filosóficos, porque ni pertenecen a la filosofía ni devienen de ella, aunque la
actividad filosófica sí dispone de ellos: no hay observación filosófica
propiamente dicha y tampoco existen tales cosas como la intuición filosófica y
el juicio filosófico. Todos esos procedimientos previos son de la mente del
animal -cabría iniciar aquí una dilatada discusión sobre a qué animal
pertenecen y sobre qué es la mente, pero eso supondría salirnos ampliamente del
tema del presente artículo-. No obstante, aunque la radicación de tales
fundamentos cognitivos no resida en la actividad filosófica sino en la
actividad general del conocimiento, el filosofar hace algo con ellos. Por
ejemplo, el juicio no es propiamente filosófico, aunque no sea necesariamente
antifilosófico, porque juicios hay de variadas clases (analíticos, sintéticos)
y categorías (científicos, metafísicos, lógicos, etc.) y además la facultad de
juzgar, el discernimiento que diría Kant, es del entendimiento en general; sin
embargo, el quehacer filosófico los pone a su servicio de esta manera concreta:
los unifica bajo principios; en eso consiste pensar o razonar con ideas, según
Kant. Tales principios no son otra cosa que definiciones que la razón
filosófica antepone a modo de fundamentos.
Pero a la
tesis de que el filosofar adopta la definición como su primer paso sigue
correlativamente esta otra, ya advertida al comienzo: este primer paso contiene
ya todos los demás. De esta forma, la definición es el alfa y omega de la
filosofía.
Existirá,
no obstante, quien, desilusionado ante el que califica de triste y ridículo
papel, inquiera: si eso es la filosofía, ¿Para qué tanto cortejo? ¿Es, acaso,
necesario seguir con ella? Pero la respuesta es contundente y no se demora: lo
que los saberes peculiares, sean o no científicos, hagan con las definiciones
es cosa que a ellos atañe, en cambio la tarea de la filosofía es la de ofrecer,
construir, tales definiciones, porque sin ellas no es posible saber
desde ninguno de esos saberes peculiares. Esto no quiere decir que la filosofía
sea un saber previo, fundamento de todo
saber, algo así como un “metasaber”. Más bien se trata de poner de
manifiesto que sin las definiciones no resulta posible aprehender la trama
del Todo (algunos aquí dirían
“Sentido”, pero por nuestra parte preferimos seguir usando el término
“trama” para no olvidar el alto índice de novelización que tanto el arte de
definir como el mismo Todo poseen):
“La vía correcta de la invención consiste en formar
los pensamientos partiendo de alguna definición dada. […] Para que la
definición sea perfecta, deberá expresar la esencia íntima de la cosa y evitar
que la sustituyamos indebidamente por ciertas propiedades.” (SPINOZA: Tratado
de la reforma del entendimiento, 94-95)
Para
ilustrar la potencia antecesora e importancia de la definición en filosofía
presentaré un ejemplo que ha de servir específicamente para ponernos en camino
del verdadero tema que deseamos tratar en este artículo, que es el de la
racionalidad. El ejemplo que vamos a considerar es, desde luego, una
definición; pero una definición que, de tanto ser usada, se ha quedado sin
autoría y casi sin sentido: “el hombre es el animal racional”.
La
importancia de esta definición es tal que cualesquiera otras la presuponen,
pues ¿qué puede decir un sujeto de sí o de otra cosa si no presupone la
aprehensibilidad como característica del objeto y como capacidad del sujeto?;
ser racional significa, en este caso, tanto poder ser aprehendido como ser
capaz de aprehender.
En cuanto a
la potencia antecesora de la definición, de esta definición en concreto, es tal
que dicha definición no sale de sí, generando de ese modo una red de
definiciones (hombre, animal y razón, por no hablar de identidad,
etc.) en la que se autocomprende o autoconstituye.
Pero lo más
importante de esta definición no es tanto la singularización que hace de un
objeto, el hombre, al que señala o identifica como animal racional, ni tampoco
la construcción que lleva a cabo del animal, otro objeto en el que se incluye
el objeto hombre y que admite la categoría de racional, sino, antes bien, su
verdad reside en la definición misma de razón.
Razón,
racionalidad y racionalización
« ¿Cómo vivir? Lo mejor posible. La estrategia
para conseguirlo es la racionalidad. La racionalidad es una forma de
optimización realista y factible, que no promete el éxito seguro, ni la
salvación, ni un mundo feliz y sin problemas […]. La racionalidad siempre es
relativa a los fines que uno persiga en un momento dado y a la información de
que disponga. La mejor vida posible no es la misma para todos, pero el pensar y
el actuar racionalmente siempre ayudan a conseguir lo mejor posible para uno
[…]. La racionalidad se aparta tanto del conformismo como de la utopía. En
último término nos invita a buscar la mejor solución posible a cada uno de
nuestros problemas, tanto individuales como colectivos, con realismo, lucidez y
decisión. No es una panacea, pero es lo mejor que tenemos ».
Mosterín, Jesús: Lo mejor posible.
Racionalidad y acción humana (prólogo)
A partir de
la cita anterior dos ideas han de quedar clarificadas:
La
racionalidad no es algo ajeno a la acción: racionalidad y acción se encuentran
relacionadas al modo de una ecuación donde recíprocamente cada una es función
de la otra: por un lado, el destino de la racionalidad es la acción, si
consideramos a esta última en sentido amplio, es decir, considerando que el
conocer es, como diría Ortega, un hacer, y, por otro lado, la acción es la
ejecutividad -lo real, entonces, en sentido hegeliano: lo real como lo
real efectivo- de la racionalidad.
La
racionalidad es un « plan de mejora », una « estrategia de
optimización » dispuesta para la consecución de fines de manera
relativamente exitosa.
Ahora bien,
la racionalidad no es más que una operación de nivelación de la razón. Pero,
entonces, ¿qué es la razón? Haciendo analogía, podemos comparar la razón con un
cuerpo, laracionalidad con el modo de hacerse presente
ese cuerpo y la racionalización con el procedimiento, fundamentalmente de
categorización y fundamentación, por el que la razón aprehende la realidad y se
autoconstituye. De igual manera que un cuerpo se presentifica mediante sus
órganos y funciones, la razón se hace presente por medio de la racionalidad y
la racionalización. De forma aún más
sencilla: la razón es un estar, la racionalidad el método o la manera de estar
y la racionalización el proceso de autoconstitución o activación de dicho
método.
Razón,
racionalidad y racionalización forman un equipo que opera a favor de la minimización de la
imprecisión (racionalidad conceptual), que evita la contradicción,
(racionalidad lógica), que es capaz de cuestionar y justificar, es decir,
exigir demostración lógica y/o contrastación empírica (racionalidad
metodológica), que trata de no incurrir en conjeturas incompatibles con el
discurso científico-técnico del momento (racionalidad gnoseológica) y que, de
ese modo, adopta una concepción del mundo coherente y compatible con la ciencia-técnica
(racionalidad ontológica), que trabaja en la consecución de fines valiosos y
alcanzables (racionalidad evaluativa) y que, finalmente, adopta medios
adecuados para la consecución de dichos fines (racionalidad práctica). Estos
siete tipos de racionalidad, que Bunge distingue en un texto que a continuación
citaremos, se encuentran entrelazados sistémicamente, es decir, forman un
sistema y ésa es la cualidad esencial de la razón. Una razón que ya Kant
calificaba de arquitectónica (la razón considera todos los conocimientos como
pertenecientes a un posible sistema y, por eso, lo peculiar de la razón es la
sistematización del conocimiento) y que Hegel presentaba como el otro nombre de
la realidad (lo que es real es racional y lo que es racional es real).
« Distinguiremos los siguientes conceptos de racionalidad:
Conceptual: minimizar la borrosidad
(vaguedad e imprecisión);
Metodológica: cuestionar (dudar y criticar)
y justificar (exigir demostración o datos, favorables o desfavorables)
Gnoseológica: valorar el apoyo empírico y
evitar conjeturas incompatibles con el grueso del conocimiento científico y
tecnológico
Lógica: bregar por la coherencia
(evitar la contradicción)
Ontológica: adoptar una concepción del
mundo coherente y compatible cn el grueso de la ciencia y de la tecnología del
día
Evaluativo: bregar por metas que, además
de ser alcanzables, vale la pena alcanzar
Práctica: adoptar medios que puedan
ayudar a alcanzar las metas propuestas
Los tipos de racionalidad que acabamos de distinguir no son mutuamente
independientes sino que constituyen un sistema” (Bunge, 1985, pg. 14-15)
El sistema de racionalidad no convierte a la
razón en un espejo en el que se refleje la realidad, pues la realidad no tiene
un afuera en el que poder reflejarse. Más bien se trata de una construcción que
la razón adopta a modo de « compromiso ontológico »: lo que hace el
sistema al que llamamos racionalidad es hacerse con la forma de la realidad,
esto es, ofrecer inteligibilidad a lo real por medio de la comprensión de la(s)
ley(s) de su arquitectura y funcionamiento. Indudablemente esto supone dar por
hecha la existencia de cierta homogeneidad estructural o, lo que es lo mismo,
la estabilidad de un conjunto de principios sobre los que se asienta la validez
del sistema.
De esta
manera, la razón ya no es únicamente el logos, es decir, la actividad
racional que se afirma como ley de lo real, sino que pasa a ser una
inteligencia (nous) capaz de “ver” la verdad (aletheia). Ahora
bien, ¿cuál es el papel de dicha inteligencia: activo-productivo (nous
poietikos) o pasivo-patético (nous pathetikos)? En esta disyuntiva
se dirime el juego de oposición entre idealismo
y realismo. Para el idealismo, y partiendo de la identificación
parmenídea ser=pensar (Parménides consideraba que ser racional era la forma
genuina de ser), la razón es la constructora de la significatividad de lo real,
del orden o estructura general de la realidad; en cambio, el realismo sólo se
atreve a otorgar a la razón la función reflejante postulando el orden de lo
real en lo real mismo. Mientras al idealismo le vale con un sólo postulado: la
razón pone el orden de lo real, el realismo por su parte necesita, al menos,
dos: lo real dispone de un orden en sí mismo y dicho orden es descubierto o
reflejado por la razón. Si bien el realismo multiplica los postulados y, así,
se hace cada vez más dependiente de lo que él mismo pone o postula, el
idealismo, no obstante, no sale mejor parado, porque a pesar de contar con un
solo, aunque generalísimo, postulado se ve envuelto en un compromiso que nace
de una falacia: si la razón es la que pone el orden de lo real, entonces
-afirma el idealismo- el pensar y lo pensado son una y la misma cosa. Ejemplos
de este idealismo, además del ya mencionado Parménides (ser y pensar son una y
la misma cosa), son: el Aristóteles del “De Anima” en donde afirma que
la inteligencia (nous) y lo producido o pensado por ella (noumenon) son
lo mismo; Descartes: el pensar es sustancia; Berkeley: ser es ser percibido y,
por supuesto, Hegel: la realidad es la Idea. Si nos detenemos por un instante
en el idealismo hegeliano enseguida veremos que se apoya sobre una sencilla
operación ontológica consistente en definir la realidad como lo que se produce
en el mundo exterior e interior de la conciencia (Enciclopedia de las ciencias
filosóficas, introducción, parágrafo 6) y, de esa manera, se identifica la
esencia de las cosas con el darse de las mismas en el pensamiento (Enciclopedia
de las ciencias filosóficas, ciencia de la lógica, preliminares, 24). Para Hegel,
nous es la causa del mundo (Enciclopedia
de las ciencias filosóficas, introducción, parágrafo 8). ¿Pero,
qué es exactamente ese nous? El Espíritu, que es lo verdaderamente
racional y, por ende, lo verdaderamente real. El Espíritu es la sustancia y sujeto
de todo; se trata, pues, del Espíritu del mundo (Weltgeist): en cuanto
sustancia, el Espíritu Universal es creador de todo, dinamicidad plena, por
eso, como quiere Hegel, lo real es racional; en cuanto sujeto, el Espíritu
Universal se autocomprende en la historia, la cual es el proceso de
autodesarrollo del Espíritu. Así, el Espíritu toma conciencia de sí y, por eso
mismo, lo racional es real, de tal manera que la razón es aquello que sostiene,
caracteriza y define a la humanidad. No obstante, cabría objetar que la
humanidad no se comporta racionalmente nada más que en contadas ocasiones[1].
Pero esta objeción no tiene sentido aplicada a Hegel, ya que para Hegel la
razón es dialéctica y eso quiere decir que se desarrolla y comprende integrando
en un mismo proceso la negación de sí, que será finalmente superada (negación
de la negación). Por tanto, el desarrollo de la razón integra lo que no es
racional y, de ese modo, se hace absoluta. Esta razón absoluta es la Idea, el
Concepto realizado.
Pero, si el
Espíritu, la Idea, el Concepto realizado, es la sustancia del mundo, ¿qué lugar
le reserva Hegel a la materialidad? El lugar que le corresponde al opuesto
dialéctico: lo ideal no se opone simplemente a lo material, sino que se opone
dialécticamente, lo que significa que lo material se presenta como uno de los
momentos del proceso dialéctico de desarrollo histórico de la Idea, que es el
Espíritu Absoluto entendiendo por tal la estructura lógico-dialéctica en que
consiste lo real.
Así pues,
en el tema de la actividad de la razón nos encontramos en una encrucijada
(idealismo vs realismo) que conduce a un callejón sin salida. Quizá la solución
pase por contar con otros postulados enlazados sistémicamente para conformar el
compromiso ontológico que adopta la acción racional.
Resulta
trivial, analítico, tautológico, identificar singularizadoramente al hombre por
su capacidad para el « uso de razón » porque sería como decir que el
hombre usa de sus facultades y se hace propio, sí mismo, por ese uso o
activación funcional. Advirtamos, antes de proseguir, que a este proceder
tautologizante lo vamos a denominar aquí « proceso de antropologización de
la razón ». Decir que 'el hombre es el animal racional' vale tanto
como decir que 'el águila es el animal volador'. Ambas proposiciones
pueden ser ciertas, pero de la certeza experiencial (se puede tener experiencia
de la actividad racional del hombre o del vuelo del águila), incluso
experimental (se puede plasmar experimentalmente la racionalidad humana igual
que el vuelo del águila), no se puede saltar sin más a la postulación esencial,
porque una cosa es advertir la presencia de una capacidad, el registro de una
función, y otra bien distinta involucrar tales análisis o constataciones en una
hiperbolización ontologizadora, que es lo que ocurre con el término “esencia”.
Este
errático, por falaz, proceso de ontologización es el que se encuentra en la
base de un concepto tan hiperbólico como es el de « naturaleza
humana ». Por supuesto que no se trata de negar que el hombre es racional
en la medida en que es evidente que usa su razón, de igual manera que la
denigra, infravalora o desusa otras veces, sino que más bien se trata de
advertir que la función no hace al órgano. Por eso, en el presente
artículo, voy a insistir en una lectura des-ontologizadora, es decir,
existencial, del ya clásico principio aristotélico « el hombre es el
animal que tiene logos » y que, paradójica pero tradicionalmente,
ha sido leído con una carga metafísica que no posee originariamente, porque
Aristóteles se limita a vincular funcionalmente los conceptos de
« logos » y « polis »: por qué el hombre es político,
se preguntaba Aristóteles, porque tiene logos, respondía él mismo, es
decir, porque hace uso de la razón, porque habla, porque dispone el lenguaje
como situación en la que cobra energía[2],
es decir, actualiza su potencia.
Hay que
insistir, pues, en el « tiene » en vez de en el « es ».
Esta insistencia no será tautológica porque va a suponer comprender algo más, a
saber: comprender, como afirma Mosterín, que la racionalidad no es una facultad
sino un método; un método presente en nuestras creencias y en nuestras acciones:
« Sólo del humán y sus creencias, decisiones y conducta tiene
sentido predicar la racionalidad o irracionalidad. El humán no es, pues, el
animal racional. El humán es en todo caso el animal racional o irracional. El
humán puede ser racional, como puede andar en bicicleta o escribir versos. Pero
no es en modo alguno necesario que sea racional, ni que ande en bicicleta, ni
que escriba versos.
¿Qué es, pues, la racionalidad? La racionalidad no es una facultad,
sino un método […]. La racionalidad se predica, por un lado, de nuestras
creencias y opiniones, es decir, de las ideas que aceptamos, y por otro, de
nuestras decisiones, acciones y conducta, es decir, de las cosas que
hacemos » (Mosterín, 2008, 19-20).
Ahora bien,
¿de dónde procede el proceso de antropologización de la razón? Sin duda su
origen es el humanismo ideológico, es decir, el antropocentrismo cuyo correlato
lógico es el logocentrismo y del que son responsables al unísono la metafísica
griega y el monoteísmo. Se quejaba Foucault del peligro del humanismo,
identificándolo con la idea normativa, evidente y supuestamente universal de
hombre: “Lo que me asusta del humanismo -decía Foucault- es que presenta cierta
forma de nuestra ética como modelo universal para cualquier tipo de libertad”. Y,
para hacer valer intemporalmente los que considera sus derechos,
resumidos en el privilegio ontológico del hombre, el humanismo recurre a la
enfatización del logos: « Dios -escribe Derrida en su Gramatología-
es el otro nombre del logos ». Este « fono-logocentrismo » -en
el decir de Derrida- ha impregnado el discurso filosófico hasta tal punto que
la metafísica toda es ese discurso, un discurso de la identidad, de lo mismo,
en el que la diferencia no existe, o existe sólo a título de
determinación, de negación; un discurso donde la verdad es la unidad, donde lo
verdadero es el todo, donde sólo cuenta el sistema. En tal sistema no se afirma
la diferencia, simplemente se la presenta como negación, como momento
antitético necesario para conservar dialécticamente la verdad del todo o el
sistema como tal. A este respecto escribía Hegel:
«Lo verdadero, como concreto, es sólo en cuanto se
desenvuelve en sí y se recoge y mantiene en unidad; esto es, como totalidad, y
sólo mediante su diferenciación y las determinaciones de sus diferencias puede
constituir la necesidad de éstas y la libertad del todo » (Enciclopedia de
las ciencias filosóficas, Introducción, prágr. 14).
Por eso
suponía Hegel que el filosofar a-sistemático no podía ser científico, no se
constituía en saber, y todo lo más era una colección de expresiones referidas a
sentimientos y opiniones. Hegel acabaría con los límites de la razón que había
postulado Kant; en la filosofía de Hegel, en cambio, la razón es absoluta y eso
quiere decir que abarca la totalidad de lo real. Ahora bien, sólo puede abarcar
la realidad al completo, únicamente puede comprender el Todo, si razón y
realidad son la misma cosa, es decir, si ser y pensar, como en Parménides, son
una misma cosa; de este modo, las categorías de la razón son las
determinaciones de la realidad. Una realidad que se nombra como Espíritu. Según
Hegel el Espíritu Absoluto, verdadero sujeto de lo real, es el despliegue
histórico de lo real antendiendo a su lógica interna, que es la dialéctica. La
finalidad de este despliegue histórico-dialéctico es la libertad, la cual ha de
ser entendida, siguiendo a Hegel, como autoconocimiento de la conciencia.
Pero, ante
la omnipotencia del sistema hegeliano, ante la verdad (platónica) de la Unidad,
la solución no es, creemos, la de llevar a cabo una desconstrucción sin más; la
solución no es, por tanto, derridiana. Se trataría, en cambio, de provocar un
cambio de marcha más que una parada del motor de la metafísica: frente al
logocentrismo, de nada vale asirse al desconstructivismo, al texto sin sujeto,
al logos descentrado eternamente; antes bien, la solución pasaría por refundar
el logos, atender a la razón, pero bajo un imperativo diferente, al que
llamaremos « imperativo de la contingencia » y que consiste,
básicamente, en: 1. « partir del absurdo »; 2. en el quehacer
reflexivo de una « lógica de la situación » o pensar en términos de
situacionismo; y 3. apostar por la libertad como el sitio de la razón.
Insistir en
el « tiene » en vez de en el « es » -en el caso del hombre
como animal racional- va a significar, sobre todo, « partir del
absurdo », es decir, postular la ausencia de sentido en el planteamiento
de lo que tradicionalmente se han llamado « grandes preguntas » o
« preguntas esenciales »:
« La vida es un cuento
narrado por un idiota lleno de ruido y de furia » (Shakespeare, W.: Macbeth).
Esta
iniciativa, « partir del absurdo », sólo puede entenderse como
posibilidad: dado que la cosa en cuestión -la vida, el mundo, la realidad, la
situación, etc.- carece de sentido, podrá admitir el que le demos, o mejor,
puesto que la cosa en cuestión carece de sentido sólo queda
hacer de mi relación con ella un proyecto de constitución de sentido. De esta
manera me apropio, hago mía, la cosa en cuestión o,
lo que es lo mismo, convierto mi existencia en proyecto:
“No tiene sentido (no sirve para nada) plantear la pregunta por el
sentido del mundo o por el sentido de la vida. Se trata de preguntas mal
planteadas. No podemos preguntar ¿cuál es el sentido del mundo?, pues el mundo
no es algo que dependa de ninguna consciencia o voluntad, y, por tanto, no es
algo que pueda tener sentido. Esa pregunta sólo podría ser planteada, solo
tendría sentido, si hubiera un dios personal omnipotente que decidiese
continuamente cada hecho del universo en función de los fines suyos, aunque
estos no fueran conocidos por nosotros; como solía decirse, “los designios de
la providencia son impenetrables”. En este caso, la pregunta tendría sentido e
incluso respuesta afirmativa: los fines o designios de ese dios constituirían
el sentido del mundo. Tampoco podemos preguntar ¿cuál es el sentido de la
vida?, pues la vida (en sentido biológico) no es un proceso consciente,
teleológico, sino un proceso no-consciente, bioquímico, causal. Ni el mundo ni
la vida tienen sentido; menos aún, sentido último.
Lo que sí podemos
preguntarnos es ¿cuál (si es que alguno es) el sentido que queremos dar a
nuestra vida?. Aquí nos preguntamos si queremos organizar nuestra vida (en
sentido biográfico) teleológicamente, si de ahora en adelante queremos orientar
nuestras acciones en función de algún telos o fin o sistema de fines. Nuestra
vida (biográfica), que de por sí carece de sentido, como la vida en general, es
susceptible, sin embargo, de recibir -de nosotros mismos- un sentido: el que
queramos darle”. (Mosterín, 2008, 46).
Estamos,
así, ante el principio sartreano de que “la
existencia precede lógica y ontológicamente a la esencia”. Principio cuyo
correlato o corolario a nivel onto-antropológico dice que “El hombre está condenado a la libertad”; en definitiva, que “El hombre es un proyecto que se vive
subjetivamente, en lugar de ser un musgo, una podredumbre o una coliflor”, o, según otra, pero la misma, fórmula,
que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace”. Y esto supone: a) la reducción al monismo del fenómeno de los
dualismos que han enajenado históricamente al quehacer filosófico: “El
pensamiento moderno ha realizado un progreso considerable al reducir lo
existente a la serie de las apariciones que lo manifiestan. Se apuntaba con
ello a suprimir cierto número de dualismos que causaban embarazo a la
filosofía, y a reemplazarlos por el monismo del fenómeno. [...] Se sigue de
ello, evidentemente, que el dualismo del ser y el aparecer tampoco puede
encontrar derecho de ciudadanía en el campo filosófico. La apariencia remite a
la serie total de las apariencias y no a una realidad oculta [...] pues el ser
de un existente es, precisamente, lo que parece » (Sartre, J-P.: El ser y la Nada, introducción, I). Y b) tomar la
responsabilidad como la conciencia de la libertad: “Pero si verdaderamente la
existencia precede a la esencia, el hombre es responsable de lo que es. Así el
primer paso del existencialismo es poner a todo hombre en posesión de lo que
es, y asentar sobre él la responsabilidad total de su existencia” (Sartre, J-P.: El existencialismo es un
Humanismo).
Postulado 3. Lógica de la situación
La elección
de un plan viene marcada por el contexto o situación en la que tiene lugar la
elaboración estratégica, es decir, por supuesto que he de elegir un plan y que
lo haré libremente, pero esa elección libre se encuentra situada, enmarcada,
casi podríamos decir fijada, por las necesidades que nos impone el medio; en
este caso, el medio lo forman: la naturaleza de la cosa-pregunta (racionalidad)
y los instrumentos que hallamos de inmediato para echar a andar, es decir, para
iniciar la búsqueda, para empezar a forjar la solución del problema, y que son
también nuestros propios intereses y recursos (prácticos, cognitivos, y de todo
tipo). Por tanto, como cualquier acción, del mismo modo que cualesquiera otras
cosas, de igual manera que la inteligencia o la soberbia, la racionalidad es
inexistente sin un contexto definitorio de la misma.
En efecto, la racionalidad es otra de esas cosas -como la acción misma- “manchada”, esto es, que únicamente tiene
lugar en la mezcla que deviene de la permanencia en una situación. Es decir,
que el concepto de racionalidad pertenece a ese grupo de conceptos (vida,
salud, inteligencia, belleza, bueno, verdad, mundo, etc.) sólo definible
situacionalmente, contextualmente.
Ahora bien,
¿cuál es el contexto o situación definitorio de la racionalidad? Podríamos
atajar el camino y presentar ya su meta -al fin y al cabo, como decía Krause,
«la meta es el origen»-. De ese modo, diríamos que la situación definitoria de
la racionalidad es la “acción”. Pero ocurre que tal pronunciamiento parecería
gratuito si no fuera argumentado, esto es, si no fuese sometido a razón. Pero
lo cierto es que si todo tiene una razón, en ese caso la razón es la cosa más
necesaria de todas e incluso si, por el contrario, nada hay necesario, es
decir, si estamos sumidos en el absurdo,
la razón no pierde su sitio, su prevalencia, porque se tiene que estar
en la razón para cerciorarse del absurdo. No queda más remedio, pues, que argumentar
a favor de la razón. De una u otra forma nos vemos abocados a la razón.
El camino andado parece circular y, en efecto, lo es: permanecemos
abocados a la razón porque ya estamos en ella. Lo importante es poder dirimir
en qué tipo de plano se desenvuelve ese círculo: ¿gnoseológico, ontológico,
ético?; es decir, bien se trata de un círculo en el que aparece sumido nuestro
conocimiento o nuestro modo de conocer, lo cual no iría más allá de ser
considerado como un círculo hermenéutico o círculo trascendental del
conocimiento, o bien es un círculo ontológico, saltando así del plano del
conocer al plano del ser, finalmente cabe la posibilidad de que se trate
simplemente de un círculo ético, esto es, de una cadena de acciones surgidas en
torno a unos valores establecidos como fines deseables por su rendimiento
favorable para la estabilidad emocional y social del sujeto. Pero no basta con decidir
-constatar, deducir, dilucidar, etc.- el tipo de plano del círculo, sino
que correlativamente, habrá que clarificar qué o quién es el sujeto de tal decisión,
es decir, qué o quién se encuentra sujeto a la decisión, y, de nuevo
correlativamente, cuál es el objeto de la decisión. En otros términos: el
problema de determinación situacional de la racionalidad (definir la
racionalidad según una lógica situacional) tiene que resolver: 1. dónde hay
racionalidad o bajo qué condiciones; 2. qué tipo de sujeto y objeto (quien
opera en la razón y lo operado por ella) soportan esas condiciones.
Ahora bien, ¿qué sentido tiene empezar por la situación, por el
contexto en vez de por el texto? A esto último es fácil responder: la
investigación sobre la racionalidad no es muy diferente a la tarea de un
arquitecto y de un arqueólogo. El arquitecto se encuentra con un terreno que
desbrozar para poder erigir el edificio: lo primero es acotar el espacio y de
inmediato establecer un terreno firme. No andaba desencaminado Descartes cuando
comparaba la tarea del filósofo con la del arquitecto: según Descartes, la
filosofía, en tanto que investigación de los fundamentos, debía tomarse su
labor como la de un arquitecto, es decir, primero preparar el terreno, limpiar, derribar lo que está mal, en definitiva
empezar por desconstruir o, lo que es lo mismo, revisar críticamente; después,
construir, edificar sobre una base sólida que ha de servir de cimiento (en este
caso, los cimientos pueden ser las certezas).
Así pues, aplicando la destreza cartesiana a nuestra investigación,
antes que nada es preciso abarcar un terreno, esto es, establecer un sitio, y
prepararlo, acondicionarlo. Pero el sitio no puede ser cualquier lugar, sino el
lugar idóneo. Pero, entonces, ¿cómo saber antes de saber o cómo ser racional
antes de poder ser racional? ¿Si el sitio no lo establece la razón, quién lo
hace? ¿Si el sitio no deviene racional, cómo es posible que a partir de lo no
racional se inicie lo racional? ¿El arquitecto, ese hombre que ya está en la razón, porque ya sabe medir y
calcular, trazar geométricamente, diseñar…, resulta que es racional de manera
apriorística? La labor del arquitecto se nos antoja necesaria, pero no parece
radical (en el sentido de originaria o estar en la raíz). ¿Será, por tanto, más
urgente la labor del arqueólogo? Éste busca, busca sin cesar, y para ello
rastrea huellas; también, como el arquitecto, desbroza el terreno, pero con sumo
cuidado, con esmero, con mucha paciencia y persistencia. Poco a poco empezará a
hallar unos restos, luego otros y otros; con suerte podrá reconstruir una
civilización. Ha empezado por el terreno, arañándolo con suavidad, limpiándolo.
Se ha detenido un buen rato en lo particular, en este grano de arena, en
aquella piedra diminuta y aparentemente insignificante, para después saltar a lo general, a lo más grande.
Primero quitaba, luego sumará. Pero, ¿cómo sabe dónde buscar? ¿Cómo sabe
interpretar una huella, cómo parece adivinar las manos que hicieron esta
vasija? También el arqueólogo está en la
razón antes de empezar.
No hemos salido de la ratonera. Nos preguntamos por la razón y nos
damos cuenta de inmediato que ya estamos en ella. Así estamos incluyendo lo
definido en la definición. Mal asunto, penosa estrategia. Y, sin embargo, no es
posible salir de la razón para preguntar por la razón. No obstante, del
arquitecto y del arqueólogo, la labor del filósofo como investigador de la
razón puede aprender algo sumamente importante, a saber: incluso la pieza más
preciada, la huella más evidente y clarificadora, el material más adecuado, el
espacio idóneo, la estructura más conveniente… pierden su potencialidad, su
sentido, su utilidad, si son aisladas del resto. Precisamente la imposibilidad
de ese aislamiento viene constituida por la razón como estructura y dinamismo lógicos de lo real.
Postulado 4. La libertad
como el sitio de la razón
La contingencia y la situación nos reenvían al origen de la cuestión
de la racionalidad: la libertad, porque sin situaciones de indeterminación, sin
índices de preferibilidad y decisionabilidad por parte del agente, la
racionalidad no acontece. Sostiene Mosterín que “la racionalidad -tanto
individual como colectiva- sólo puede desplegarse a partir de cierto margen de
libertad, pero algún margen de libertad frecuentemente está dado y depende de
nosotros si sabemos aprovecharlo” (Mosterín: 2008, 120).
Así pues, la racionalidad, según su estricto funcionamiento, es una
toma de decisiones, es pura estrategia: la racionalidad no es, en este sentido,
otra cosa que un método de deliberación y decisión. Para que este método tenga
lugar es necesaria la existencia de
situaciones en las que sea posible elegir, esto es, situaciones de
indeterminación; además, ha de haber una carga de intereses, porque únicamente
es posible hablar de racionalidad si la situación incluye variables
indeterminadas que admitan la preferibilidad del agente.
Por tanto, los principios básicos de la racionalidad son:
Indeterminación (de la
situación);
Preferibilidad (del agente) y
Deliberación (por parte
del agente).
“En los senderos de la montaña es fácil perderse.
Las trazas desaparecen o continúan unos metros más allá de nuestra vista, las
desviaciones son confusas y la pista que deberíamos tomar es la que menos
garantía nos ofrece. No nos sirven de mucha ayuda los mapas dado que nuestro
problema es que nos hemos perdido y no sabemos cuál es nuestra posición en
ellos. En esa situación, cualquier información se elevaría al puesto de primera
necesidad, incluso de necesidad de supervivencia. Una barda, una confiable
indicación de un paisano, la línea eléctrica en la que nunca hubiésemos
reparado, se volverían urgentes y bienvenidas referencias para resolver nuestro
agobio.
Imaginemos un mundo en el que la necesidad de
información correcta fuera constante y exigente, un mundo en el que seres como
nosotros buscasen con ahínco pensamientos verdaderos (creencias verdaderas,
diremos en adelante, con el objeto de emplear un término ya consagrado en la
epistemología contemporánea). En ese mundo, las criaturas que lo habitan
tendrían numerosas necesidades, que a veces lograrían satisfacer, incrementando
así su probabilidad de supervivencia (como especie, o individuos, tanto da
ahora esta diferencia para nuestro argumento). En ese mundo, las criaturas que
alcanzasen a desarrollar creencias verdaderas con una frecuencia mayor que
otras conseguirían también satisfacer las demás necesidades con mayor
probabilidad que aquéllas con una tasa menor de creencias verdaderas. Pues
competirían por el logro de creencias verdaderas, a veces engañarían a sus
vecinos suministrándoles pistas falsas o dejando rastros contundentes y, por la
misma razón, a veces cooperarían con aquellas criaturas que mostrasen una
apariencia fiable e intercambiarían informaciones con ellas, desarrollando
ciertos lazos informacionales que les llevarían a incrementar su tasa de
creencias verdaderas como resultado de la colaboración”.
Broncano, Fernando: Saber en condiciones.
Epistemología para escépticos y materialistas (ed. Antonio Machado Libros, 2003, pg. 15-16)
Las
cuestiones que el texto anterior de F. Broncano envuelve metafóricamente son
muchas y seguramente no seremos capaces en este artículo de responder siquiera
a unas pocas. Pero, leyendo el texto según el interés de nuestra investigación,
sí podremos, al menos, desvelar las más importantes:
a) ¿Por qué es necesario un
mapa de vida y en qué consiste ese mapa que llamamos racionalidad?
b) ¿Se puede decir que sin
razón el ser humano se encuentra perdido: no puede suplantar ese método de
satisfacción de necesidad de información fiable por otro que le ofrezca un
rendimiento parecido o incluso mejor?
c) ¿Cabe reducir la
racionalidad al establecimiento de un criterio de maximización u optimización
de recursos, estrategias, conductas, resultados, etc.?
d) ¿Es la razón un
mecanismo de supervivencia: si el medio nos fuerza a buscar información
correcta, la racionalidad es la acción conveniente para hallarla o, en su caso,
producirla?
e) ¿La razón es una
creencia verdadera, se basa en creencias verdaderas, qué relación tiene con la
creencia, y con la verdad?
f) ¿Dónde
está la racionalidad: en el individuo o en el grupo, es decir, racionalidad
individual o colectiva. Y,
también, racionalidad instantánea o histórica?
Si
proseguimos el interrogatorio nos toparemos con estas otras:
g) ¿Hay un canon de
racionalidad?
h) ¿Existe un fundamento
para la racionalidad?
Pero, todas
ellas conducen a una: ¿Qué es la
racionalidad?
La estrategia
para afrontar esta investigación puede ser doble: bien responder a priori qué es la racionalidad y a partir de la
construcción de la respuesta ofrecer soluciones al resto de preguntas o bien
intentar dar respuesta a las múltiples y particulares preguntas lanzadas para,
en último término, estar en condiciones de hallar una respuesta precisa a la
pregunta esencial de qué es la
racionalidad.
Como vemos,
el principal escollo es relativo a los medios: ¿qué estrategia adoptar, es
decir, qué plan trazar para conseguir el objetivo? Algo de esto hay en el tema
de la racionalidad. Y, quizá paradójicamente, el “medio”, lo que está en medio, es decir, lo que hallo, aquello con lo que
topo, es el punto de partida. Ya
decía Aristóteles que en todas las cosas, lo principal y por eso lo más difícil
es el punto de partida.
Pues bien,
nuestro punto de partida es el medio e inmediatamente reconocemos que nos
hallamos en medio de la razón: estamos en la razón. Veamos cómo son posibles
esta situación, el estar en la razón, y aquel reconocimiento.
Decía Hegel que la arquitectura es el comienzo del arte, “pues en sus
inicios el arte en general no ha encontrado para la representación de su
contenido espiritual ni el material adecuado ni las formas correspondientes, y
debe por tanto contentarse con la mera búsqueda de la verdadera adecuación y
con la exterioridad de contenido y modo de representación. El material de este
primer arte es lo en sí mismo no espiritual, la materia pesada y sólo
configurable según las leyes de la gravedad; su forma son los productos de la
naturaleza externa, regular y simétricamente vinculados en un reflejo meramente
externo del espíritu y en la totalidad de una obra de arte”. (Hegel: Lecciones
de Estética, III, introducción, 2)
Si tomamos metafóricamente esta argumentación para dar auge a la tarea
de nuestra investigación, habremos hallado que la labor del arquitecto es
iniciática pero que no contiene en sí misma lo verdadero, que es sólo un echar
a andar, un contentarse inteligentemente con lo que uno encuentra y sacar
partido de ello. Esta posición inicial puede que no sea exquisita, pero sí es
fundamental, porque se da cuenta de algo crucial: lo primero es domeñar la
materia. A la hora de preguntar por la razón resulta evidente tener que contar
con ella desde el principio, aunque ese principio revele simplemente lo que es:
un comienzo, un titubeo. No se puede hablar de la razón desde fuera, porque la
materia de la razón es la propia razón. Así, en nuestra investigación, llevar a
cabo una tarea arquitectónica significa que la razón es, primeramente, un encontrarse en la razón:
« En la razón no se puede creer, ni se puede
apostar por ella. En la razón simplemente se está o no se está; mejor aún, la
razón se ejercita o se adormece » (Quintanilla, 1981, pg. 9).
La razón, como la vida, que diría Ortega, es un hallarse, una estancia. Pero no es sólo eso,
aunque es inevitable y primeramente eso.
En definitiva, en el tema de la razón es imposible comenzar prístinamente
porque ya estamos en el tiempo de la razón.
El “estar en la razón”
Este
apartado sólo puede aspirar a ser la constatación de un factum o la
manifestación de una situación ineludible. Ese factum es la estancia
ontológico-práctica del hombre en la razón. Nótese que digo ontológico-práctica
y no meramente antropológica, pues la razón, como estancia del hombre en el
mundo, no es una característica que lo aísle, siquiera taxonómicamente, del
resto (no pretendo aludir a la razón como el signo distintivo del hombre con
respecto al animal y a cualquiera otra cosa), sino que es una modulación de su
estar en el mundo que lo vincula o aúna con el universo. La razón, lejos de
presentificar singularmente al hombre o hacer de éste una “singularidad”, es el
verterse o apertura de la realidad humana al mundo. En este sentido, la
razón, que hemos presentado en tanto que estancia, posee una presencia
dinámica. Y ese dinamismo, ese esencial devenir propio de la razón como
estancia, hace del hombre un ser de símbolos, un ente de ficción, a la vez que
le ofrece materialidad: por la razón el hombre no es lo que es, el hombre es
más de lo que es; por la razón el hombre se llama a sí mismo, por la razón el
hombre deletrea el mundo y lo modula, por la razón también se ve empequeñecido
en el universo, se da cuenta de su insignificancia, de la angostura de su
existencia, de su indigencia; por la razón el hombre se oculta, se diferencia
del resto de cosas que halla en torno suyo, y por esa misma razón se conjunta
con tales cosas, se pone en estado de abierto; por la razón el hombre vive en
riesgo y, también, se consuela y se pone a salvo. En definitiva, por la razón
el hombre es lo que es tanto como lo que no es. Por la razón el hombre se hace, se tiene. Pero, cuidado,
se tiene en la medida en que “es tenido”. Podría decirse que la razón tiene al
hombre. Así pues, estamos en la razón desde el comienzo. Hegel lo dirime
exactamente cuando dice: « El hombre es esencialmente razón; el hombre, el
niño, el culto y el inculto, es razón; o más bien la posibilidad para eso, para
ser razón, existe en cada uno, es dada a cada uno » (Introducción a la historia de la filosofía, introd. A, I, 2, b). Mucho antes, Aristóteles ya
había aludido al hombre como animal racional: el animal que tiene logos, decía Aristóteles.
En cuanto estancia del hombre, la razón es la
aprehensión de lo que hay como mundo, esto es, como encrucijada entre el caos y el
orden. De una manera moderna (situados en la llamada Modernidad), cabría decir
que el hombre actúa pensando: el hombre es, como quería Descartes, cogito, “sustancia pensante”. La razón no es sólo un instrumento al alcance
del hombre y por el que crea el mundo en el que ha de habitar como humano, esto
es, hace de la realidad una representación; la razón es algo más: es el propio
escenario de la acción, es el lugar donde actuar. Un lugar que marca los
designios de la escena, un lugar que ya pone unas connotaciones a la
representación, porque es un lugar que habla por sí mismo. Desde tiempos
remotos la filosofía ha venido identificando ser y pensar: Parménides y Hegel son figuras citadas con masiva frecuencia cuando
este tema sale a colación. Pero ¿qué significa esa identidad y qué alcance
suponemos que tiene? Si del problema hacemos una lectura superadora del
idealismo, diremos que tal identidad entre ser y pensar no es más que la
fundamentación de la coexistencia entre el yo y el mundo, entre el hombre y las
cosas, entendiendo por cosa aquel ente objetivable desde el principio de
identidad, es decir que cosa es todo aquello que no soy yo. No se trata, pues,
de rebajar la condición ontológica del mundo, de hacer depender a éste de mi
acción representativa (existe el mundo porque lo pienso); más bien se trata de
ascender a un mismo plano la divergencia entre aquello que conozco hacia fuera
y lo que señalo como mismidad. El cogito ya no está solo:
está en medio de las cosas, entre ellas, y únicamente se capta a sí mismo
referido a las cosas. En cuanto a éstas cabe matizar que su consistencia
ontológica es viscosa: su entidad se encuentra adherida a la de una conciencia;
el mundo es en la medida en que es para una conciencia. En cierto modo somos
creadores. Recuérdese la función primigenia de la razón: crear.
Ahora bien…
Por qué está el
hombre en la razón
Porque
su existencia se desenvuelve en un círculo bio-antropo-ontológico, cuyas
leyes de operatividad son: la adaptación,
a nivel biológico, y la apertura, a nivel antropológico. Pero esas leyes
funcionan sistémicamente y el hallazgo de la consistencia de ese sistema es,
precisamente, su nivel de determinación ontológica o de autofundamentación,
porque si es cierto que no hay manera de dirimir sobre la razón sin estar en
ella, no bastará con reducir gnoseológicamente la calificación de esa estancia
en la razón, definiéndola como un elemento a priori y, de esa forma,
des-ontologizándola haciendo que se refugie en el plano gnoseológico. Esto no
es posible porque la identificación de las condiciones de posibilidad de la
experiencia de la razón (problema de índole gnoseológica) atañe a las condiciones
reales determinantes de la posibilidad del pensar: de nada sirve
interrogarse por las condiciones gnoseológicas de la racionalidad sin
presuponer la capacidad cognitiva de un ente que viene dispuesta según la
determinación biológica de la relación individuo-medio; tampoco tiene sentido
la pregunta por las condiciones gnoseológicas de la racionalidad sin presuponer
la apertura como el modo de presencia existencial de un ente con
capacidades cognitivas. Esa carga biológica (el hombre tiene logos
porque biológicamente posee el lenguaje, entendiendo por tal la red por la que
las cosas cobran expresión, es decir, aparecen en relación) y antropológica (el
hombre tiene logos porque su modo de ser en el mundo es la apertura, la
libertad, entendida ésta aquí no en sentido ético sino existencial, esto es,
como el estado de abierto que caracteriza a la realidad humana en su
urgencia por maximizar la eficacia en su relación con el medio hasta poder
disponer de éste) conforman el contenido del «compromiso ontológico» que se
lleva a cabo a la hora de lanzar la pregunta filosófica acerca de la
racionalidad.
En
definitiva, constatar la estancia en la razón del hombre como una
demarcación ontológica no supone eliminar otras perspectivas, sino, antes bien,
fundamentarlas.
Pero,
al margen de que la pregunta por la estancia en la razón nos conduzca
inexorablemente a interrogarnos por la clave de bóveda del sistema que
constituye esa estancia del hombre en la
razón, debemos requerir una respuesta más precisa. Dicha respuesta pasa por
advertir la presencia biológica de la razón en el hombre: « la
racionalidad está cableada en nuestras capacidades de imaginación y aprendizaje
de la experiencia » (Broncano, 2003, 146). Así pues, somos naturalmente
racionales.
Pero,
al mismo tiempo, esta respuesta pasa por definir antropológicamente la estancia
del hombre en la razón, lo que significa afirmar que estamos en la razón porque
vivimos en riesgo, porque somos los responsables de nuestra historia. Por
supuesto, no tendría sentido tal respuesta sin modelizar nuestra apercepción
bajo un esquema metacausal de conocimiento, es decir, que a la hora de explicar
las cosas tenemos en cuenta que no sólo hay causas y que la excusa no sirve
como argumento. Por tanto, “necesitamos la racionalidad porque vivimos en un
mundo de incertidumbre y riesgo” (Broncano, 2000, pg 78); o bien, “no hay
destino, somos los únicos responsables de la historia, los únicos; y necesitamos
la racionalidad para que esa responsabilidad no se disuelva en disculpas”
(Broncano: 2000, 79).
Decía
Ortega que “la vida humana y todo en ella es un constante y absoluto riesgo” (Meditación
de la Técnica, III). Y para constatar este hecho añade de inmediato un
ejemplo: “Basta con que cambie un poco sustancialmente el perfil de bienestar
que se cierne ante el hombre, que sufra una mutación de algún calibre la idea
de la vida, de la cual, desde la cual y para la cual hace el hombre todo lo que
hace, para que la técnica tradicional cruja, se descoyunte y otros rumbos”. Por
eso, ante tal pavoroso riesgo, Ortega solicita una “integral cautela”. Sin esa
cautela la razón pierde terreno, se desubica y flojea (y, detrás, acechando, se
encuentra el monstruo: el sueño de la razón, el echarse a dormir ésta, produce
monstruos). Un ejemplo de esa flaqueza
lo hallaba Ortega en lo que denominaba “peligro de la cultura europea”, la cual
se ha visto arrojada en brazos de la barbarie por el “progresismo” que “al
creer que ya se había llegado a un nivel histórico en que no cabía sustantivo
retroceso, sino que mecánicamente se avanzaría hasta el infinito, ha aflojado
las clavijas de la cautela humana y ha dado lugar a que irrumpa de nuevo la
barbarie en el mundo”. Por supuesto, tal barbarie sería, para Ortega, la puesta
en escena de los totalitarismos, a los que define como el poder de las masas,
la rebelión de las masas.
Ahora
bien, después de la constatación ha de venir la explicación. ¿Por qué el hombre
es un ser en riesgo? Evidentemente porque no vive de sus instintos, que
diría Ortega, o porque, como argumenta Gehlen, es un ser de carencias, está
inacabado y, por ende, sus instintos son insuficientes para explicar su
conducta:
“El hombre es el ser práxico, que comercia, que
trata-con (agens). En un sentido que todavía hemos de precisar más, el hombre
no está terminado: es decir, sigue siendo tarea para sí mismo y de sí mismo.
Es, podríamos decirlo así, el ser que toma posiciones, que se forma una
opinión, que da su dictamen, que toma partido por, que interviene en las cosas.
Los actos de su toma de posición hacia fuera los llamamos acciones y en cuanto
es una tarea para sí mismo, también toma posición con respecto a sí mismo y se
hace algo. Esto no es un lujo, que podría dejar de hacerse, sino que el estar
inacabado pertenece a sus condicionamientos físicos, a su naturaleza, y en ese
sentido es un ser de doma, amaestramiento o adiestramiento. La autodisciplina,
la educación, el adiestramiento en el sentido de adquirir forma o mantenerse en
ella, todo ello pertenece a las condiciones de existencia de un ser no
terminado. Por cuanto que el hombre está dejado a sí mismo y puede desperdiciar
su tarea vitalmente necesaria, es el ser amenazado o en riesgo, con una
posibilidad constitucional de malograrse. Finalmente, el hombre es pre-visor.
Está orientado -como Prometeo- a lo lejano, a lo no presente en el espacio y
en el tiempo: al contrario del animal, vive para el futuro y no en el presente.
Esa vocación pertenece a las circunstancias de una existencia práxica y desde
aquí hemos de entender lo que en el hombre, en sentido propio, es conciencia
humana. Todas las definiciones que hemos dado hasta ahora y que han de
retenerse con exactitud en todo lo que sigue, son sólo desarrollos de la
definición fundamental: la acción. Si esto lo retenemos firmemente, habremos
adquirido una gran variedad de afirmaciones particulares sobre el hombre y
todas ellas serán explicación de la visión básica y fundamental: el hombre es
un ser práxico”. (Gehlen, 1987, pg. 35-36).
Pero,
si el hombre no vive de sus instintos, entonces ¿de qué vive? Cabe responder
que de su razón, o mejor, vive en la razón. No significa esto que cuente
con explicación para todo y en cualquier momento; significa, empero, que el
hombre reconoce sus necesidades y, así, las integra en un proyecto
subjetivo de vida: “el hombre es un proyecto que se vive subjetivamente”, decía
Sartre en El existencialismo es un humanismo; “el hombre vive porque
quiere”, apuntaba Ortega. Y el propio Ortega proseguía: “la vida -necesidad de
las necesidades- es necesaria sólo en un sentido subjetivo; simplemente porque
el hombre decide autocráticamente vivir” (Meditación de la Técnica, I).
La
razón por la que el hombre se encuentra en riesgo es la misma que tiene para
otorgar una finalidad a su estar en
la razón. En efecto, el hombre está en riesgo porque para seguir viviendo -ese
empeño particularísimo del hombre al que él mismo se vuelca subjetivamente-
tiene que producir lo que no estaba ahí, tiene que hacer lo que está por hacer, aquello que no halla
en la naturaleza. Entiéndase por “naturaleza” la circunstancia que acoge al
hombre pero que, al unísono, lo expone, lo pone en riesgo; y entiéndase por
“producir lo nuevo” aquello que necesita para vivir. Paradójicamente, lo que
necesita para vivir no es tanto lo que está ya dado como lo que aún no está o
está por venir o hacer. De ahí que tuvieran razón Spinoza, por un lado, al
concluir que la esencia del hombre es el deseo, y Ortega, por otro, al advertir
que al hombre lo que le importa no es vivir, sino que lo que le preocupa y
ocupa es vivir bien: no le interesa su estar, sino su bienestar. De similar
manera, esgrime Edgar Morin que “el individuo no vive para sobrevivir, sino que
sobrevive para vivir”.
En
definitiva, el hombre se encuentra en riesgo sencillamente porque él mismo está
por hacer y porque también su entorno, su medio, su circunstancia o situación,
está por terminar: no hay medio más natural para el hombre que el artefacto; el
hombre encuentra, pues, en la técnica, como razón productiva, su lugar en el
mundo, su quicio. Pero, para poder hacer (construir su mundo) y hacer-se
(construirse a sí mismo), el hombre necesita ponerse a distancia: le es urgente
distanciarse. ¿De qué? De las cosas que circundan su existencia. A este
distanciamiento Ortega había de llamarlo “ensimismamiento”:
“El animal no puede retirarse de su repertorio de
actos naturales, de la naturaleza, porque no es sino ella y no tendría al
distanciarse de ella dónde meterse. Pero el hombre, por lo visto, no es su
circunstancia, sino que está sólo sumergido en ella y puede en algunos momentos
salirse de ella y meterse en sí, recogerse, ensimismarse, y sólo consigue
ocuparse en cosas que no son directa e inmediatamente atender a los imperativos
o necesidades de su circunstancia. En estos momentos extra o sobrenaturales de
ensimismamiento y retracción en sí inventa y ejecuta ese segundo repertorio de
actos: hace fuego, hace una casa, cultiva el campo y arma el automóvil” (Meditación
de la Técnica, I).
Precisamente
en la facticidad de ese recogimiento halla el hombre la finalidad de su estar
en la razón; es decir, a la cuestión de qué hace el hombre con su razón
cabe responder: todo. Esto es como decir: vivir. Y ello significa: “hacer
mundo” o, lo que es lo mismo, volver a la naturaleza pero con lo ya logrado con
la reflexión, por lo que no será un auténtico regreso, sino una creación.
El
hombre, que estaba en la razón desde el inicio, hace con ella su vida. (No hay
ocasión aquí para disertar sobre cómo hace el hombre su vida, es decir, sobre
cuáles son las actividades radicales que le ocupan y sirven para hacer su
mundo. Pero no podemos dejar de
anotarlas. Tales actividades son: la técnica, el trabajo, el lenguaje y el
arte).
Nótese que ante la pregunta anterior,
¿qué hace el hombre con la razón? -pregunta que cobra pertinencia a partir de
la constatación del ser en riesgo como facticidad del estar en la razón propio
del hombre-, la respuesta que se daba era, simplemente, « todo », y
no « de todo ». Hago ahora esta
precisión para esclarecer que la tarea de totalización que atañe al movimiento
mismo de la razón es de suma importancia: la razón no es una llave que abra
todas las puertas, no sirve para todo, no hace de todo; por ejemplo, no se
puede tener fe con la razón. Si bien la tarea de la razón es todo, no por ello
tiene que hacer de todo. Al contrario, la razón hace una cosa, una sola cosa:
“significar la realidad”.
¿Qué podemos entender por esta última
expresión (significar la realidad)? Primeramente que la razón es una ocupación
estética: la razón no está para cualquiera cosa, no es una camisa blanca que
vista bien con cualquier traje. Así pues, la razón tiene un estilo propio, que
le viene concedido, que es ganado, por su actividad propia: la ocupación de la
razón es la de ofrecer inteligibilidad al todo como tal. De esta forma, la
empresa de la razón tiene ante sí ni más ni menos que la realidad al completo.
La estética de la razón es, pues, la totalización, entendiendo por tal el
movimiento de inteligibilización o aprehensión del Todo que lleva a cabo la
razón. De ahí, como decía Kant (Crítica de la razón pura, A475/B503), que la
razón sea arquitectónica por naturaleza, esto es, que considere todos los
conocimientos como pertenecientes a un posible sistema. No obstante, la razón
se topa con un importante problema: tal problema reside en un problema de
posicionamiento, porque la razón misma queda incluida en esa realidad. Por esto
mismo, la razón ha de convertir su estilo en una estrategia: para comprender el
todo no precisará entrar en cada parte, hollar cada rincón de la realidad,
atravesar con su mirada todas y cada una de las parcelas en las que la realidad
puede ser regionalizada gnoseológicamente. Le ha de bastar con aprehender la
ley general de constitución y movimiento del sistema que llamamos “realidad”,
es decir, ha de comprender la forma de lo real como proceso de autoorganización y de
autorreproducción. Y esa forma es lo que aquí llamamos “totalización”.
Totalización quiere decir comprender lo real como realización, y esto supone, a
su vez, afirmar que lo real sólo puede ser vivido de una manera: como
situación; es decir, que la totalidad, esa apuesta de la razón, sólo puede
presentarse, como sostiene Sartre, a título de totalidad destotalizada:
»Pour nous, la réalité de l’objet collectif
repose sur la récurrence; elle manifeste que la totalisation n’est jamais
achevée et que la totalité n’existe au mieux qu’à titre de totalité
détotalisée » (SARTRE, 1960, pag 56).
Si primero fue la ocupación estética,
capaz de advertir la necesidad de comprender el todo como tal (“el acto supremo
de la razón, al abarcar todas las ideas, es un acto estético, la verdad y la
bondad sólo se ven hermanadas en la belleza”, escribía Hegel en 1797 en el Primer programa de un sistema del Idealismo Alemán) y, después, la estrategia de aprehensión de ese
todo (estrategia destinada al ejercicio de totalización o de comprensión de lo
real como situación), ahora, en tercer lugar, la razón se hace ética: la
racionalidad es, pues, aquella operación sobre la situación en donde el agente
racional -ya sea individual o colectivo, histórico o modal- se hace cargo de la situación. Y esto significa, de inmediato, que no hay
racionalidad allí donde no exista margen para la libertad, pues sólo se puede
uno hacer cargo de la situación si está permitida la responsabilidad y ésta
nace de la libertad, es la conciencia misma de la libertad. La responsabilidad
no surge de la ausencia de libertad, no es propia del esclavo, sino del hombre
libre.
La advertencia de esta tripleta -a)
esteticidad o idealización, absolutización; b) estrategia o instrumentalidad o
relación medios-fines, en definitiva, objetivación; y c) eticidad de la razón o
subjetivación- conduce a la investigación de cómo está el hombre en la razón,
es decir, averiguar qué modelo de racionalidad es el que atañe al hombre.
Parece que
no quedase otro remedio que ser racional y, sin embargo, no siempre nos
comportamos racionalmente. ¿Cabe, entonces, establecer una diferencia de raíz
entre el ser racional y el actuar racional? No. Ambas categorías forman episodios de
continuidad de una misma trama. Si evaluamos la racionalidad de manera
potencial (dynamis, en sentido aristotélico), es decir, como capacidad,
entonces la racionalidad es sólo una estructura de base, un ligero comienzo.
Pero lo que al final cuenta es la acción racional, el convertirse en racional.
Ahora bien, tautológicamente, para llegar a ser racional ya hay que ser
racional o, al menos, estar dinámicamente, potencialmente, en la razón. La
frase de Hegel referida parcialmente con anterioridad tiene esta continuación:
« Así, por ejemplo, decimos que el hombre es
racional, y distinguimos muy bien entre el hombre que ha nacido solamente y
aquelcuya razón educada está ante nosotros. El niño es también un hombre, pero
aún no existe la razón en él; no sabe ni hace nada racional. El niño tiene la
aptitud de la razón, pero ella aún no existe para él. Así es esencial hacer,
por eso, que aquello que el hombre es en sí, llegue a ser por él; y solamente
en cuanto este ser por sí tiene por su parte realidad, es en cualquier forma lo
que quiere. Esto puede ser expresado también así: lo que es en sí, tiene que
convertirse en objeto para el hombre, llegar a la conciencia; así llega a ser
para él y para sí mismo. De este modo, el hombre se duplica. Una vez él es
razón, es pensar, pero en sí; otra él piensa, él convierte este ser, su en sí,
en objeto del pensar. Así es el pensar mismo objeto, luego objeto de sí mismo,
entonces el hombre es por sí. La racionalidad produce lo racional, el pensar
produce los pensamientos ». (Hegel: Introducción a la Historia de la
Filosofía; introducción, I, A, 2, b).
La
conclusión que fácilmente se puede deducir de este enclave hegeliano es que si
sólo manejamos una definición dinámica o potencial de la racionalidad no
llegaremos a ahondar en el problema de su constitución. No obstante, debemos
añadir ahora que cabe un acercamiento al meollo del problema por la vía de la
identificación de la dimensión estratégica de la racionalidad, es decir,
rastreando las huellas que revelan las condiciones de la racionalidad; y en
este punto nos toparemos con el criterio de maximización de la utilidad
esperada, es decir con la cuestión de la aquilatación de la relación
medios-fines.
¿Dónde
hay racionalidad? o las condiciones de la racionalidad: de la disyuntiva
'tautología o dogmatismo' a la acción como sitio conjuntivo de la razón
No hay
manera de presentar una reflexión sobre la razón al margen de la acción. Cuando
pensamos en la razón estamos pensando, inmanentemente, intrínsecamente, en la
acción. Un lago no puede ser racional, un árbol tampoco, (y ¿un ordenador?), en
cambio aquello que da origen, que inicia algo nuevo, es decir la acción, es la
posibilidad de autenticidad de la razón. Así pues, el campo de determinación de
la racionalidad es la acción. Incluso cuando se habla de racionalidad
instrumental se está aludiendo a las acciones que se ven capturadas -bien de forma alienada o no- por
la decisión sobre los medios que intervienen en determinadas acciones. Pero de
inmediato nos topamos con un escollo importante, porque las acciones admiten
clasificaciones: acciones morales y políticas, en todo caso prácticas, y
contemplativas o teóricas; acciones individuales y colectivas; acciones
históricas y antrópicas (con este último término me refiero a aquellas acciones
determinadas, causadas, motivadas, incentivadas... no tanto por el medio
social-cultural-intersubjetivo, que es el propiamente histórico, como por el
medio natural de la realidad humana. Un ejemplo de estas acciones es, a mi modo
de ver, la técnica, porque ésta es la dimensión práctica concreta de la acción
como sistema general de inmersión del hombre en el mundo. Conviene advertir que
el hecho de ser acciones antrópicas no supone su evaluación como acciones contrarias,
opuestas, contrapuestas, a las históricas, pues la historicidad es el elemento
que hace de engranaje en todas las acciones. La técnica es un modelo de acción
histórica y antrópica a un mismo tiempo. En definitiva, se trata de observar
una complementariedad, en vez de una contraposición, entre los enfoques
diacrónico y sincrónico).
Por tanto,
el mismo problema de determinación del plano de situación de la acción está
presente en el tema de la racionalidad y bajo idénticas categorías:
racionalidad epistémica y práctica, individual y colectiva, histórica y
antrópica. Nótese la insistencia en la conjunción y no en la disyunción, pues
no se trata de contraponer, ni limitar, sino de afirmar la complementariedad
como modelo de construcción de la definición.
Intentemos,
pues, aclarar este sitio conjuntivo de la razón, pero sin confundir
acción y racionalidad, pues la acción es un proceso de ejecución de tareas que
se mueve entre objetos (materiales, formales o ideales, etc.) y que es resuelto
por un sujeto (individual y/o colectivo) como modo de establecer contacto con
el mundo que lo rodea de tal manera que ese contacto lleve consigo la
transformación del entorno, incluido el agente, mientras que la racionalidad es
un tipo de procedimiento cuyo fundamento es una ley (norma, determinación
formal, relación causal, etc.) dispuesta para la ejecución eficaz, tanto en
términos gnoseológicos como axiológicos, de las acciones. Podríamos decir que
mientras la acción es el modo en que la existencia humana cobra presencia, la
racionalidad, por su parte, es el modo en que existe un hombre inteligente,
entendiendo este término en sentido orteguiano, es decir, como el hombre
elegante: el que sabe elegir, el que elige bien o inteligentemente.
De las
muchas cuestiones que, a un tiempo, despeja y enreda la teoría kantiana sobre
la razón interesa destacar para el propósito de este artículo las siguientes:
en el quehacer de la razón no todo deviene racional, o dicho de otro modo, no
hay razón sin límites; la anteposición del límite es un requisitorio del
ejercicio de la razón. Por ejemplo: la razón científica no da cuenta de la
“cosa en sí”, ¿acaso se puede llamar racional al momento de intuición sensible
del que participa el ejercicio del entendimiento racional? Sensibilidad y
entendimiento no son lo mismo, ni tienen el mismo cometido, ni tampoco las
mismas herramientas o elementos y, sin embargo, ambas facultades (intuir en
cuanto que percibir sensiblemente y juzgar en cuanto que conceptualización del
objeto) han de ir unidas para producir finalmente un conocimiento racional.
Incluso ambas, según Kant, son fuentes distintas del conocer.
Lo que pone
de manifiesto la tarea kantiana de precisión es que no hay razón sin límites.
Ahora bien, si el límite se convierte en el criterio de determinación de la
razón, entonces el problema de la racionalidad consiste simplemente en un
problema de demarcación. En buena medida, el problema de la demarcación de la
racionalidad científica, que sigue trayendo de cabeza a los filósofos de la ciencia
de toda condición (popperianos o kuhnianos, es decir, logicistas o
historicistas, seguidores de Feyerabend o estrictos verificacionistas,
realistas “a lo Bunge” o constructivistas), es un problema heredado de la
capacidad de Kant para causar problemas filosóficos. Lo mismo ocurre, por
ejemplo, con el “Tractatus...” de Wittgenstein en donde se pretende clarificar
el campo de determinación, de significación, de la razón: antes de su famosa
advertencia que dice que de lo que no se puede hablar hay que callar y
con la que Wittgenstein daba por concluido su Tratado y el propio
quehacer de la filosofía, el mismo Wittgenstein afirmaba, entre otras cosas,
que la lógica llena el mundo, que los límites del lenguaje (se sobreentiende
“lenguaje lógico”) son los límites del mundo (el mundo representado lógicamente
por el pensamiento), que la totalidad de los hechos es el mundo y que nos
hacemos figuras de los hechos y que éstos son atómicos y aquéllas son lógicas,
que las figuras representan el sentido, etc. Pues bien, la tarea
wittgensteiniana vuelve a ser heredera de la kantiana en tanto que aquélla como
ésta es un muestrario del ejercicio de autolimitación de la razón por el que la
propia razón se autoconstituye.
Pero si no
hay razón sin límite(s) y el establecimiento de dicho límite(s) viene
antepuesto, apriorizado, por la razón -la razón sólo encuentra lo que ella
pone, decía Kant, es decir, que la razón se autocontiene o que su posibilidad a
priori condiciona su verdad-, qué pasa, entonces, con el “afuera” de la razón.
La respuesta es que no puede ser significado, clarificado, ni aludido, tocado o
siquiera rozado, por la razón: es un estricto y definitivo “afuera”. El
problema estriba en determinar el dentro, pues con eso ya habremos señalado el
afuera. Tal y como decía Wittgenstein, no podemos pensar nada ilógico, pero el
pensar determina lo que es pensable y por ende, marca lo que es impensable.
Así, en el
plano de la razón hay que empezar y acabar dentro, contenido en sus márgenes.
La razón no puede, ni debe interesarse, por lo que no cabe dentro de sí. Pero
esto la convierte en tautológica. En caso contrario, si la razón pudiese, o se
tomase la libertad de salir de sí para hablar de lo otro de la razón, entonces
se apostaría como dogmática. Este es, pues, el problema en el caso de la razón:
tautología o dogmatismo.
Si optamos
por ser tautológicos en el problema de la razón, entonces:
1. Sólo es
racional el conocimiento lógico, autocontenido. El conocimiento empírico no es
lógico y, por ende, no es racional, sino de otro tipo; por ejemplo: fáctico,
creencial, etc. La distinción humeana, inspirada en Leibniz, entre conocimiento
de hechos y conocimiento lógico (léase cuestiones de hecho y relaciones de
ideas) es aquí prototípico. Por eso, según Hume, del conocimiento lógico cabe
demostración, mientras que sólo prueba en el conocimiento empírico y éste
último se fundamenta no en la razón sino en la creencia, la cual se apoya a su
vez en la costumbre. Así, la construcción del conocimiento fenoménico es una
suerte de factores psicológicos, en vez de una cuestión de razonamiento lógico.
Este debilitamiento de la afirmación de la verdad en el plano de lo empírico es
consecuencia del escepticismo humeano. Mientras en el plano de la lógica cabe
la demostración, la verdad, aunque su alcance es tautológico, en el plano de lo fenoménico sólo cabe la
apuesta creencial y, de ese modo, el trazo dogmático del conocimiento.
2. Cabe la
posibilidad de integrar la experiencia en el campo de la razón -ésta es la
opción kantiana. Kant sostiene que lo a priori, en cuanto que universal y
necesario, es lo que antecede a la experiencia determinando la posibilidad de
aparición de la misma- y en ese caso el conocimiento de lo empírico, de la
experiencia, sí puede ser establecido racionalmente. Pero, si bien Kant aloja
la experiencia en el campo de la razón, es decir, salva a la razón del
dualismo, común al racionalismo y empirismo de la época, no consigue, sin
embargo, salvar a la experiencia de dicho dualismo, porque, según el propio
Kant, frente a la experiencia se sitúa la cosa en sí, y ésta no puede ser
conocida fenoménicamente, es decir, por medio del entendimiento racional. Kant
obliga a la razón a autocontenerse dejando fuera de sí lo que es en sí.
3. Para
zanjar este nuevo dualismo impuesto por la filosofía de Kant, Hegel muestra una
razón absoluta. En el tema de la razón estamos ante el saber absoluto, la
Ciencia del Espíritu, el devenir autocomprensivo de la Idea. Ahora ya nada
escapa a la razón, porque la razón es todo, la razón contiene todo, o mejor,
todo lo real -entendiendo por real lo real efectivo- es racional, que diría
Hegel. Pero, para sostener esta posición, este idealismo absoluto, hay que
darle la vuelta al planteamiento kantiano: no hay que llegar a la cosa en sí,
sino que hay que partir de ella. Para Hegel lo en sí es el germen, lo
indeterminado, lo que está envuelto, lo abstracto como tal; en cambio, el para
sí es determinación; en el para sí reside la existencia, la cual es
desenvolvimiento, precisión, determinación o diferencia, lo concreto. La razón
se articula en este “viaje”, en este proceso de desenvolvimiento, para
autoafirmarse. Paradójicamente, se trata de no ponerse límites, de no tener
límites, para autolimitarse, es decir, para determinarse como es. Hegel dice
que ésa es la manera de aprehender el todo, que es lo verdadero como tal. Pero,
si el todo está ante la razón, o mejor, es la razón misma, no cabe más progreso
en el conocimiento o análisis de lo que es o pueda ser la razón. Ante la
pregunta o investigación sobre qué es la razón, sólo habrá que contestar: todo.
En este caso, la tautología conduce inexorablemente al dogmatismo. En Hegel no
cabe escepticismo posible. Quizá por eso la respuesta hegeliana, tan
aparentemente sencilla, no convence del todo, porque, como bien decía
Aristóteles, quien no distingue, confunde.
Si no queremos caer en la tautología ni el
dogmatismo, quizá la apuesta más segura sea la de la inseguridad o
incertidumbre -en un extraordinario aforismo Wagensberg sentencia: « la incertidumbre es nuestra
máxima certeza o lo más cierto de este mundo es que el mundo es incierto »
(Wagensberg, 2002, [2]). Adoptemos, pues, un criterio escéptico, pero sólo
metodológicamente, porque si el escepticismo crece por encima del nivel de los
métodos, si deja de ser una cuestión de método para pasar a ser una cuestión
de conocimiento, entonces certificaremos la defunción de nuestro
conocimiento racional: ¿si el plano de alcance de la razón es tautológico,
entonces qué conocimiento aporta? Ninguno. Si, por otro lado, nada de lo que
pasa en la experiencia puede ser tramado por el conocimiento racional, entonces
la razón, además de impotente, se convierte en innecesaria. Bien por tautología
o bien por incapacidad empírica, la razón no aporta conocimiento. Ante tan
precoz disyuntiva, la tarea será la de suspender el juicio. Pero, de nuevo, en
este punto, se abre otro frente, porque el escepticismo metodológico nos puede
llevar a intentar salvar la cosa en sí, esa que le quedaba tan lejana a
Kant -éste es el caso de la fenomenología de Husserl, quien quería ir a las
cosas mismas, pero la fenomenología de Husserl se pierde en los vericuetos de
las esencias y poco a poco se ve alejada de lo fundamental, que es el plano de
la acción: para la fenomenología husserliana el mundo es una cuestión eidética
y el yo un ego puro.
Si el camino no puede ser el de la suspensión del
juicio -ya sea ésta de manera definitiva, como es el caso en el escepticismo
original, epistemológico, casi podría decirse metafísico tendente a místico,
porque finalmente todo lo deja velado, oculto, desemboca en la entronización de
lo arcano, o ya sea de manera fenomenológica, al modo de la “epojé”
husserliana, que suspende el juicio propio de la tesis natural para alcanzar
las esencias, las raíces-, entonces cabe otra estrategia, pero esta vez al otro
lado, es decir, no en la suspensión del juicio sino en la ortodoxia (en) y (de)
el juicio. Esta otra estrategia nos dirá que sólo hay razón donde hay lógica;
de esta manera, la racionalidad se limita a ser un mecanismo de demostración,
un quehacer argumentativo, una prueba de validez formal de los enunciados. Esta
ortodoxia analítica conduce a la razón fuera de la acción, porque la razón se
desvincula de la decisión para atarse exclusivamente a la argumentación, siendo
así una cuestión de medios exclusivamente y en ningún caso de fines. De nuevo,
otro callejón sin salida.
Parece que
la multiplicidad estratégica anteriormente enunciada más que desbrozar el
camino lo está enmarañando. Por eso, debemos esforzarnos por hallar suelo firme
y despejado. Así, advirtamos conclusiones que nos permitan seguir adelante: la
conclusión que se puede obtener de lo visto hasta aquí es que la razón no es
precisamente un “esto frente a aquello”. No se posiciona unilateralmente, ni se
define frontalmente. La razón es una curva que está en muchas carreteras. Pero,
si esta curva es un lugar común a varios caminos, un suceder en el curso de los
mismos, es decir, se presenta como un espacio y un tiempo, entonces corre el
riesgo de quedarse en mero acontecimiento definido en términos topológicos.
Ahora bien, si la razón, como curva común, además de un topos es sobre
todo un juego, una forma de desenvolvimiento de la acción, entonces
aquello que sea la razón no puede ser advertido aclarando únicamente su
objetividad, sino específicamente mostrando su subjetividad.
En
cualquier caso, lo que sí parece definitivamente claro es que la razón viene al
mundo como “racionalidad acotada”. Acotada en cuanto territorializada,
dispuesta entre límites, tanto internos como externos, es decir, contenida.
Veamos algunos de esos límites.
La
racionalidad viene contenida por sus medios; así, racional es el proceso de
optimización de recursos tendente a la consecución de un fin prefijado. No
obstante, tal optimización no es nunca en grado sumo, porque para que se
produjera una maximización óptima habría que disponer de toda la información
relativa a la situación, al objeto y al sujeto, y este sujeto tendría que
disponer en todo momento de toda la capacidad cognitiva en grado sumo; sin
embargo, nuestro sistema cognitivo presenta limitaciones de todo tipo,
empezando, por ejemplo, por limitaciones computacionales, de tiempo y de
memoria, etc. En ese caso, ¿la razón ha de contentarse con una maximización mínima,
con una optimización parcial, imperfecta? Podría decirse que racionalidad no es
igual a perfección, que optimización significa maximización posible.
Pero,
además, debería tenerse en cuenta que la racionalidad no sólo viene contenida
por sus medios, sino también por sus fines. ¿Hasta qué punto es racional querer
cualquier cosa?:
“Helicón (de un extremo a otro del escenario). Buenos días, Cayo.
Calígula (con naturalidad). Buenos días, Helicón. Silencio
Helicón. Pareces fatigado.
Calígula. He caminado mucho.
Helicón. Sí, tu ausencia duró largo tiempo.
(Silencio)
Calígula. Era difícil de encontrar.
Helicón. ¿Qué cosa?
Calígula. Lo que yo quería.
Helicón. ¿Y qué querías?
Calígula (siempre con naturalidad). La luna.
Helicón. ¿Qué?
Calígula. Sí, quería la luna.
Helicón. ¡Ah! (Silencio. Helicón se acerca.) ¿Para qué?
Calígula. Bueno... Es una de las cosas que no tengo.
Helicón. Claro. ¿Y ya se arregló todo?
Calígula. No, no pude conseguirla.
Helicón. Qué fastidio.
Calígula. Sí, por eso estoy cansado. (Pausa.) ¡Helicón!
Helicón. Sí, Cayo.
Calígula. Piensas que estoy loco.
Helicón. Bien sabes que nunca pienso.
Calígula. Sí. ¡En fin! Pero no estoy loco y aun más: nunca he sido tan
razonable. Simplemente, sentí en mí de pronto una necesidad de imposible.
(Pausa.) Las cosas tal como son, no me parecen satisfactorias.
Helicón. Es una opinión bastante difundida.
Calígula. Es cierto. Pero antes no lo sabía. Ahora lo sé. (Siempre con
naturalidad.) El mundo, tal como está, no es soportable. Por eso necesito la
luna o la dicha, o la inmortalidad, algo descabellado quizá, pero que no sea de
este mundo.
Helicón. Es un razonamiento que se tiene en pie. Pero en general no es
posible sostenerlo hasta el fin.
Calígula (levantándose, pero con la misma sencillez). Tú no sabes
nada. Las cosas no se consiguen porque nunca se las sostiene hasta el fin. Pero
quizá baste permanecer lógico hasta el fin”. (Camus, Albert: Calígula, acto I,
escena V)
Acotada,
limitada por sus medios y fines, la racionalidad no puede ser definida
exclusivamente atendiendo a su materialidad objetual u objetividad, sino que
hay que considerar su formalidad subjetiva o subjetividad. De esta forma, la
situación definitoria de la racionalidad no es la que refiere cómo actuar
(decidir, pensar, calcular, etc.) maximizadoramente en cualquier caso, ante
cualquier perspectiva, sino más bien la que alude al “cómo de la acción según
qué casos”. Por eso, resulta imprescindible averiguar cuál es el objeto
racional y, correlativamente, saber del sujeto racional.
El objeto racional y el sujeto racional
Cualquier
campesino -resulta imprescindible tener en cuenta, para nuestra investigación,
las dos acepciones de este término: a) campesino como la persona que vive y
trabaja en el campo; y b) campesino como lo que es propio del campo, lo que
pertenece al campo- sabe que el campo, por definición, es limitado: de nada
vale si no se presenta territorializado, acotado, lindante y lindado. Pero el
campo, como zona (el campo zonificado) es una construcción del campesino
(esta construcción es tarea no sólo del campesino sino al mismo tiempo del
terrateniente, del que tiene la tierra, de quien la posee, porque el campesino
propiamente la trabaja o labora. En definitiva, se trata de una construcción
producto de la dialéctica), es decir, no tanto del objeto, el propio terreno,
como del sujeto.
Es posible
trasladar estas categorías a nuestro tema de investigación y así hallar lo
siguiente: lo que vamos a llamar “objeto racional”, esto es, lo racional como
lo que es propio de la razón, lo que le pertenece, sólo cobra expresión ante y
por el “sujeto racional”, es decir, ante quien actúa racionalmente -es
importante adelantar que este adverbio, racionalmente, no es un modo
más de modulación de la acción, una cierta declinación de la misma, sino su
modo de ser propio o fundamental- o acciona la razón. Pero, al unísono,
el sujeto racional lo es por el objeto racional, porque no puede accionar la
razón si no está ya instalado en ella, si no es desde el comienzo racional, con
lo que el ser racional, propio del objeto racional, es el que integra al sujeto
racional, el que lo pone en juego. En definitiva, la regla mayor de este juego
que llamamos “razón” es la dialéctica.
El
corolario de esta regla por la que se desenvuelve la razón es doble: si la
razón es un objeto, el objeto racional, en ese caso es un topos al que se
pertenece, en el que se está; al mismo tiempo, si la razón se amplía al sujeto,
el sujeto racional, entonces se convierte en un juego, es decir, en una
cuestión de estrategia y victoria, en un tema de decisión y triunfo -entiendo
estos términos de victoria y triunfo a la manera de un “ganar la
partida”, esto es, un “hacerse cargo de la situación”, un “sobreponerse a las
mediaciones de la situación”, un “adueñarse de ella”, si se prefiere-. Esto
último, la radicación de la racionalidad en el sujeto por medio de una maniobra
con el objeto, es lo que sucede, por ejemplo, en la llamada “teoría de juegos”
donde racionalidad es lo que hace el sujeto, la decisión que toma el agente o
sujeto racional optimizando la relación medios-fines, que es propia del objeto
racional. Al respecto puede valorarse el archisabido “Dilema del viajero”:
“Dos viajeros, que acaban de regresar de una isla perdida del
Pacífico, se dan cuenta de que en el avión se han deteriorado los recuerdos,
idénticos los de ambos, que adquirieron allí. Un representante de la compañía
se muestra dispuesto a indemnizar a los viajeros, pero ignora el valor real de
los objetos allí adquiridos. No le parece sensato preguntárselo sin más a los
reclamantes, porque seguramente exagerarían su precio, así que idea un plan más
complicado: le pide a cada uno de los viajeros que ponga por escrito el valor
que les asigna a tales objetos y tal número ha de ser un número entero de euros
comprendido entre 2 y 100. Los reclamantes no pueden comunicarse entre sí y si
ambos declaran el mismo número entonces el representante de la compañía
aceptará como válido ese precio y se lo abonará a cada uno. Pero, a su vez, les
informa de que si los números de uno y otro son diferentes, en ese caso
supondrá que el verdadero valor es el menor de los dos e indemnizará a los dos
reclamantes con la menor de las dos cantidades, aunque con una bonificación y
una penalización: la reclamación más baja será premiada con 2 euros
adicionales, por su honradez, mientras que la petición más elevada sufrirá una
penalización de 2 euros. Por ejemplo, si uno de los viajeros reclama 46 euros y
el otro 100, el primero recibirá 48 euros y el siguiente sólo 44. ¿Qué cantidades
solicitará cada uno? ¿Cuánto reclamaría usted?” (Kaushik Basu: “El dilema del
viajero”; en Investigación y ciencia, agosto 2007).
Lo que este
dilema pone de manifiesto es que la estrategia de maximización en que consiste la racionalidad en su plano
objetual incurre en la contradicción de considerar que lo máximo es lo mínimo,
porque la lógica de este juego dicta que la opción más segura para ganar
individualmente es reclamar tan solo dos euros, es decir, el mínimo, en vez del
máximo, que serían 100 euros; así, el jugador que reclamase 2 euros se
aseguraría ganar 4 euros, mientras que el otro se quedaría sin nada. En cambio,
si ambos reclamantes solicitasen 2 euros cada uno, ambos percibirían el mismo
valor: 2 euros cada uno. Este es el llamado “equilibrio de Nash” que dicta que
cualquier jugador perdería (ya que no ganaría nada) en caso de elegir una
opción diferente a la mínima. Supongamos: el jugador A decide solicitar el
mínimo posible, es decir, 2 euros, y el jugador B hace lo mismo, entonces cada
uno percibe 2 euros, ahora bien, si el jugador A reclamase un número mayor del
mínimo, por ejemplo, 3 euros y el jugador B no hiciese lo mismo sino que
siguiera reclamando 2 euros, entonces el jugador B obtendría 4 euros mientras
que el jugador A se quedaría sin nada. Veamos ahora qué pasaría con
reclamaciones más cercanas al máximo: si el jugador A reclamase 98 euros y el
jugador B reclamase 99 euros, en este caso el jugador A ganaría100 euros, el
tope permitido, mientras que el jugador B se quedaría con 96; pero si el
jugador B, lejos de especular, decide solicitar la cantidad máxima, es decir,
100 euros, y el jugador A persiste en reclamar los 98 euros, en este otro caso
también saldría triunfador, porque el jugador A ganaría 100 mientras que el
jugador B seguiría quedándose con 96 euros. Si ambos jugadores -recuérdese en
todo caso que están incomunicados y ninguno de los dos sabe de las intenciones
del otro- reclamasen el máximo entonces ambos recibirían el máximo, es decir,
100 euros cada uno. Parecería, pues, que la opción racional, la opción
maximizadora, sería la de reclamar el máximo y, sin embargo, no es así, porque,
de nuevo, lo máximo es lo mínimo: si el jugador A reclamase 99 y el jugador B
reclamase 100, entonces el jugador A ganaría más de 100, ya que ganaría 101,
mientras que el jugador B se quedaría con 97. Así, solicitando un número menor
del máximo se ganaría más de 100 que era en principio el máximo posible.
Ahora bien,
si nos detenemos un momento en la lógica de este juego nos percataremos
enseguida de lo que pone de manifiesto y es que en la decisión supuestamente
racional que va a tomar cada jugador ha de tener en cuenta la hipotética
decisión del prójimo, en este caso su contrincante, más que colaborador; así,
lo importante es comprender que la racionalidad es de conocimiento común, es
decir, que aquello que pueda ser racional para un individuo depende de lo que
sea racional para otros: la racionalidad no pertenece, pues, al individuo
irrestrictamente, sino al sujeto colectivo, es decir que la toma de decisiones
racionales es una construcción surgida de la intersubjetividad.
Asimismo,
desde un punto de vista político, la lectura del “Dilema del viajero” puede
hacerse en clave crítica con el liberalismo económico, pues este juego hace ver
que la conducta egoísta o de maximización del interés económico individual no
siempre constituye la mejor conducta económica, ya que no sería la más
eficiente.
La lectura
comprensiva de este juego, el “dilema del viajero”, puede proporcionarnos una
conclusión importante para nuestro estudio de la racionalidad y es el principio
de que la relación medios-fines no agota la estructura de la racionalidad. La
relación medios-fines, que aquí vamos a incluir como elemento nuclear de la materia
de la razón u objeto racional, es lo que viene dispuesto; en cambio, hay
otra función, la que atañe al disponer, que es propia no ya del objeto
racional sino del sujeto racional. Estas aparentemente
insignificantes disquisiciones son de suma importancia y revelan la naturaleza
de la racionalidad, porque ¿cómo saber sobre el ser racional sin ser ya
racional, es decir, como hacer surgir la racionalidad de una decisión
pre-racional, irracional o simplemente no-racional, a qué otra instancia se le
puede preguntar por la razón que no sea la propia razón? De alguna manera, estamos
caídos en el logos. A la razón le pasa lo que a la libertad: no reconoce
otro tribunal que ella misma. Pero, en ese caso, ¿nos encontraremos sumidos en
la tragedia totalitaria del autofundamento, propia de todo proyecto humanista?
(conste que en esa misma tragedia no sólo se encuentra el hombre sino que, por
mor de éste, la integran dios, el universo y todos aquellos sistemas
autofundamentados).
Desde la
perspectiva del objeto racional, es decir, atendiendo a la relación
medios-fines, materia de la razón en todo caso, la racionalidad es una
estrategia de optimización. Ahora bien, como ya se ha señalado, tal estrategia
es algo dispuesto, es un “para”: la racionalidad objetiva (optimización de la
relación medios-fines) está al servicio de la satisfacción de intereses
subjetivos o del sujeto racional, ya sea éste social o individual. El problema
reside en saber si esos intereses están fuera del espacio de la razón, es
decir, si pueden situarse fuera de la misma estrategia de racionalización. De
ser situables fuera de la cadena estratégica que es la racionalidad
objetivamente, entonces de esa misma estrategia podríamos decir que es neutra y
que puede ponerse al servicio de cualquier interés: tanto de racional tendría,
por tanto, Auswichtz como una partida de ajedrez o un proyecto de recuperación
de ruinas arqueológicas en Mérida. Ahora bien, si, por el contrario, sólo cabe
hablar de estrategia racional si la misma comprende un interés racional,
entonces los intereses que rigen, o a los que sirve la relación medios-fines,
forman junto con el proceso de racionalización una especie de círculo
hermenéutico-ontológico-ético: el objeto racional (la organización estratégica
de la optimización de la relación medios-fines) no es racional si el sujeto
racional, el portador de los intereses, no incluye en su decisión un interés
racional, para lo que tendrá que anteponer la razón, como un “estar en la
razón”, al proceso de advenimiento de la razón. Se trataría, por tanto, de
anteponer la racionalidad como marco de legalidad a la ejecutividad de la
propia racionalidad como proceso de racionalización. Pero, al mismo tiempo, el
sujeto racional no sería racional sin atender al objeto racional, esto es, sin
disponer una estrategia de optimización de la materia de la razón.
Se
preguntará el lector que si todo este barullo tiene verdaderamente algo que ver
con el tema tratado o si responde más bien a un extravío del autor del texto.
La respuesta es que inmiscuirse en este barullo, adentrarse en este bosque,
resulta fundamental para poder acceder a la tesis que aquí se pretende defender
y que podría ser resumida como sigue: la racionalidad no es mera función, no es
solamente un mecanismo de maximización u optimización de la relación
medios-fines; antes bien, la racionalidad es la estructura normativa de la
acción humana. Por supuesto que se puede hacer un análisis de la racionalidad
atendiendo exclusivamente a su condición metodológica, es decir, entendiendo la
racionalidad como un método por el que maximizamos la estrategia de consecución
de nuestros intereses, pero tal análisis se habrá olvidado del sujeto y eso equivale a poner sobre la mesa un método
sin facultades. Caeríamos en idéntico error si pretendiésemos establecer las
condiciones de la racionalidad olvidándonos de su potencialidad metodológica,
esto es, de su ejecutividad, atendiendo solamente a su legalidad impuesta: no
se es racional sólo con un método racional, tampoco se es racional disponiendo
simplemente de facultades racionales. Es preciso dar entrada a la dialéctica,
como ya se ha recomendado anteriormente.
Uno de los
corolarios que esta fundamentación dialéctica de la racionalidad lleva consigo
es el de la afirmación de la imposibilidad de separar racionalidad teórica y
práctica. Veamos, a continuación, su conjunción originaria.
Racionalidad teórica y racionalidad práctica
Habermas, Jürgen: Teoría de la acción
comunicativa
Por
racionalidad teórica cabe entender “saber”, o mejor, la estrategia encaminada a
la optimización de nuestras creencias y opiniones, tal y como dice Mosterín (2008, 20 y ss.): “Llamamos racionalidad
teórica a la que se predica de creencias y opiniones”; mientras que la
racionalidad práctica se reservaría para nuestras acciones y decisiones. Sin
embargo, tal distinción no pasa de ser meramente expositiva, porque
racionalidad teórica y práctica no son dos racionalidades diferentes, sino que
forman una sola.
Para
comprender esto basta con atender, de momento, a los postulados de la
racionalidad práctica: 1. tener conciencia de los fines; 2. conocer los medios
necesarios para alcanzar los fines propuestos; 3. poner en obra tales medios; y
4. establecer preferencias adecuadamente: tienen preferencia los fines
posteriores ante un posible conflicto entre fines y ha de ser observada la
compatibilidad entre fines últimos (Mosterin,
2008, 31-34).
A tenor de
estos postulados bien cabe concluir, como lo hace Mosterín, que la racionalidad
práctica supone la teórica. No obstante, a diferencia de Mosterín, quien afirma
que podemos ser racionales teóricamente sin serlo prácticamente, aunque no a la
inversa, cabe argumentar que la racionalidad teórica está en dependencia de la
racionalidad práctica, lo mismo que ésta se muestra dependiente de aquélla,
porque si bien parece claro que no se puede actuar racionalmente sin pensar
racionalmente, también es claro, a nuestro modo de ver, que el pensamiento
racional es cierta modulación de la acción.
La
participación dialéctica del sujeto y objeto racionales, de la constitución
teórica y práctica de la racionalidad, conduce a albergar este criterio de
constitución de la racionalidad: la “maximización de mínimos” o lo que
denominaré “acción elegante”, para referir aquella acción en que el agente es
capaz de hacerse cargo de la situación, esto es, no se ve sobrepasado por ella.
Ahora bien, esa maximización de mínimos se encuentra en rigor tanto en los
medios como en las competencias y en las decisiones: matar moscas a cañonazos
no es un medio racional y tampoco un fin racional; pero, ¿por qué? Porque en
tal caso la relación medios-fines se encuentra desequilibrada, ya que no es
capaz de dar respuesta eficaz a la situación; de igual manera, el agente
(racional) se queda sin posibilidades de superar el problema, es decir, no
puede hacerse cargo de la situación. Por tanto, la presencia de la racionalidad
se reduce al hecho de “elegir el control de calidad inferencial o decisional
adecuado a la circunstancia” (Broncano, 2003, 189). Esto quiere decir que
“nuestra racionalidad consistiría entonces en la ordenación de nuestra respuesta,
en hacer que la armonía de nuestra respuesta a la situación con nuestro estar
en esa situación consista en que la situación dependa esencialmente de
nosotros, en no ser llevados por ella” (Broncano: 2003, 193). Ahora bien, ¿qué ocurre cuando se produce
inadecuación? Sencillamente, la razón se ha echado a dormir. En esos
momentos de ensoñación de la razón, acudimos a fórmulas no racionales o incluso
irracionales, como, por ejemplo, la fe, la adoración de la fortuna, la
confianza, etc. Todas estas otras fórmulas comparten una característica:
la irresponsabilidad. Llamo aquí irresponsabilidad al hecho de una dependencia
irrestricta de la situación. La responsabilidad, por el contrario, es eficacia
(no hay que leer este último concepto en términos exclusivamente
instrumentales, aunque dichos términos no
puedan ser obviados). Y eficacia, o responsabilidad, es hacerse cargo.
Actúa racionalmente quien se responsabiliza de la situación. De este modo, la
estancia en la razón que atañe al hombre no es meramente ontológica, sino
ontológico-práctica.
Pero, para
hacerse cargo, para actuar responsablemente, la razón necesita un escenario
determinado y propicio: tal escenario es la libertad. Dice Mosterín: “la
racionalidad -tanto individual como colectiva- sólo puede desplegarse a partir
de cierto margen de libertad, pero algún margen de libertad frecuentemente está
dado y depende de nosotros si sabemos aprovecharlo” (Mosterín: 2008, 120).
Acabamos de
señalar que la razón es un estar (el “estar en la razón”), un topos,
pero también un donde y como se está, es decir, una
cuestión de acción, un juego, y que tal cuestión se desenvuelve
dialécticamente por la relación sujeto-objeto racionales.
Ha de
quedar claro, también, que tal acción no deviene sin lugar propio, es decir,
sin su pertinente situación, y que es ésta, la situación, la que hace posible a
aquélla, la acción, pues la situación es el a priori de la acción, es su
condición general de posibilidad.
Ahora toca
averiguar quién es el sujeto preciso de ese juego y cómo o cuándo aparece, esto
es, bajo qué condiciones se establece como tal sujeto racional: ¿quién es el
que obra racionalmente: el individuo o el colectivo? Y ¿cómo se establece su
racionalidad: instantánea o históricamente?
Respecto de
la instantaneidad o historicidad de la racionalidad las posturas son rotundas y
enfrontadas: Popper defendería una naturaleza instantánea de la racionalidad,
mientras que Kuhn remarcaría el proceso de historicidad que hace a la
racionalidad ser lo que es y como es. Quizá sea un debate fructífero en el
ámbito epistemológico, la prueba de ello es que en tal debate se dirime el
problema de la constitución y demarcación del conocimiento científico: bien
optamos por el realismo de Popper o bien por el idealismo de Kuhn. Wagensberg,
con su habitual habilidad para el aforismo, lo revela con exactitud cuando dice
« a más Popper menos Kuhn ». No obstante, cabe una alternativa mejor
que el mismo Wagensberg apunta: la sintética; se trata de conjuntar las dos
perspectivas de constitución de la ciencia: la realista y la idealista. En
efecto, escribe Wagensberg:
« Yo existo. La realidad existe. Y (la realidad) es (para mí)
inteligible. Y objetiva. La ciencia es una representación mental, objetiva e
inteligible de la realidad. O sea: en el bosque los árboles se caen aunque no
haya testigos y con independencia del humor de un eventual observador o
pensador presente o ausente. La ciencia es una construcción universal. Eso,
dicen los filósofos, se llama realismo científico. Eso, dirían los lectores de
Popper, es Popper.
Yo, digamos, existo. Y la realidad que existe es la mía, la que yo
percibo, la que yo comprendo. La ciencia es una representación mental subjetiva
cuya inteligibilidad depende de mi momento como individuo dentro de la historia
de mi comunidad. O sea: un árbol que se cae en un bosque, no sólo se cae en un
bosque, también se cae dentro de un paradigma, es decir, se cae según una
particular manera de mirar y de interpretar. La ciencia es una construcción
social. Eso, dicen los filósofos, se llama idealismo científico. Eso, dirían
los lectores de Kuhn, es Kuhn.
¿En qué quedamos? ¿Cómo es la ciencia? ¿Popperiana o kuhniana? […] Hay
tantas razones a favor de Popper como de Kuhn […] El científico, en su proceso
de construir conocimiento científico debe ser, por oficio, tan objetivo y tan
inteligible como sea posible, dada la complejidad de la realidad que pretende
estudiar y dadas las condiciones de su investigación. Hasta aquí es Popper.
Pero nadie es perfecto. La objetividad y la inteligibilidad siempre tienen un
límite, un límite más allá del cual el método científico rueda en el vacío, un
vacío que hay que rellenar con ideología. A partir de aquí es Kuhn. Popper es
portador de la buena noticia en ciencia, Popper mide el grado de éxito del
método. Kuhn es la mala noticia y mide el fracaso de la empresa científica. Hay
pues una especie de ecuación que creo que disipa las brumas de la confusión
sobre el carácter popperiano o kuhniano de la ciencia. Sería algo así como:
Popper más Kuhn igual a constante. Es decir, en cada ciencia, disciplina
científica, tema o cuestión se puede enunciar que cuanto más Popper, menos
Kuhn. Y viceversa ». (EL PAÍS, 20 DE FEBRERO DE 2002).
De todos
modos, el debate realismo-idealismo no puede ser trasladado sin más a un plano
ontológico ni antropológico, porque, en primer lugar, los términos antitéticos
en el plano ontológico no son realismo vs idealismo, sino idealismo vs
materialismo; y, en segundo lugar, la esterilidad de trasladar a la ontología
el problema epistemológico de si la constitución de la racionalidad es
instantánea o histórica se evidencia en el percatarse de que la instantaneidad
es un tiempo que se alarga indefinidamente (un instante sucede continua y
vertiginosamente a otro instante...) y que, por eso, se constituye
históricamente, mientras que la historicidad
vive por y en el instante, ya que sólo puede enunciarse, construirse,
desde la instantaneización de la temporalidad.
Sin
embargo, la cuestión de si la racionalidad pertenece al individuo o a la
colectividad atañe al fundamento del sujeto racional. Pero la superficie de
esta disyunción, individuo o grupo, oculta otra con la que no obstante forma
una misma piel: ¿la racionalidad es un comienzo o un resultado, es decir, somos
racionales, porque tenemos la capacidad intrínseca de representación, de
simbolización, esto es, tomar distancia con respecto a lo inmediato, el medio
que nos rodea, y ponerlo en conceptos, y al unísono tomar conciencia de
nosotros mismos como entes distintos, diferenciar-nos, o bien porque somos
racionales hacemos tal cosa? Y, correlativamente, ¿en qué medida la
racionalidad, ya sea comienzo o resultado, es independientemente de quién sea
racional, es decir, es independiente de si el sujeto racional es el individuo o
el grupo?
Tomemos,
para tratar de responder a estas cuestiones, dos perspectivas clásicas: una
será la de Aristóteles, para quien el hombre es el animal que tiene logos, es
decir, que es racional (tiene logos) porque tiene palabra, porque habla,
porque se comunica; en definitiva, y tautológicamente, es racional porque es
racional -aquí hay que apostar necesariamente por no reducir la polisemia del
término griego “logos”, el cual significa tanto palabra como razón, tanto
decir, hablar, como lo dicho, tanto pensamiento como ley. Gadamer comenta en
estos términos la expresión aristotélica:
“Hay una definición clásica propuesta por
Aristóteles según la cual el hombre es un ser vivo dotado de logos. Esta
definición se ha conservado en la tradición occidental bajo esta fórmula: el
hombre es el animal rationale, el ser vivo racional, es decir, que difiere del
resto de los animales por su capacidad de pensar. Se tradujo la palabra griega logos
por razón o pensamiento. Pero esa palabra significa también, y preferentemente,
lenguaje. Aristóteles establece en un pasaje la diferencia entre animal y
hombre: los animales tienen la posibilidad de entenderse entre sí mostrándose
recíprocamente lo que les causa placer, para buscarlo, y lo que les produce
dolor, para evitarlo. La naturaleza no les ha dado más. Sólo los seres humanos
poseen, además, el logos que los capacita para informarse mutuamente sobre lo
que es útil y lo que es dañino, y también lo que es justo y lo que es injusto.
Se trata de un texto de un profundo contenido. El saber lo que es útil o nocivo
no es deseable en sí, sino en referencia a otra cosa que aún no existe, pero le
sirve a uno para ejercer su actividad. Se establece aquí como nota
característica del hombre una superioridad sobre lo actual, un sentido de
futuro. Y Aristóteles añade inmediatamente que así le es dado también al hombre
el sentido de lo justo y lo injusto… y todo ello, porque el hombre es el único
poseedor del logos. Puede pensar y puede hablar. Puede hablar, es decir, hacer
patente lo no actual mediante su lenguaje, de forma que también otro lo pueda
ver. Puede comunicar todo lo que piensa; y lo que es más, gracias a esa
capacidad de comunicarse las personas pueden pensar lo común, tener conceptos
comunes, sobre todo aquellos conceptos que posibilitan la convivencia de los
hombres sin asesinatos ni homicidios, en forma de vida social, de una
constitución política, de una vida económica articulada en la división del
trabajo. Todo esto va implícito en el simple enunciado de que el hombre es el
ser vivo dotado de lenguaje.” (Verdad y método, tomo II, III, 11).
Esto podría
llevar a pensar que en la filosofía de Aristóteles la racionalidad es un resultado: el hombre es racional (o tiene
razón, logos) porque habla (o tiene palabra, logos), pero en Aristóteles la
racionalidad es a la vez un comienzo, porque la cuestión de si el hombre es
racional, es decir, si tiene o no logos, es la que ofrece fundamento a su
natural socialidad; dice Aristóteles: el hombre es un animal político
precisamente porque tiene logos. Así, el logos es el comienzo, el fundamento,
de la socialidad natural. El problema está en considerar el tema linealmente,
cuando en realidad el modelo que aplica Aristóteles es circular: no se trata de
un antes y un después, de un tiempo dispuesto causalmente, sino de un cómo
o tiempo dispuesto modalmente; la socialidad natural del hombre es
energéticamente (de energeia) racional y la racionalidad o se da
socialmente o no se da, porque la energeia del logos es la polis,
no tanto como su destino, sino como su empresa natural, su acción más propia.
Esta misma conclusión, que alude a la
urgencia social de la racionalidad, está también presente en un clásico
contemporáneo como es el filósofo norteamericano Donald Davidson, quien afirma
que “la racionalidad es un rasgo social. Solamente la tienen quienes son
capaces de comunicarse” (Davidson, 2003, cap. 7).
Ahora bien,
en Aristóteles, la circularidad no deja de lado el problema de la autoría de la
racionalidad, de su propiedad, sino que de nuevo es expresión del mismo: quien
es racional es el individuo porque lo es la especie, el grupo: el
hombre. A pesar de que, para Aristóteles, el individuo es la sustancia primera
mientras que el universal es la sustancia segunda, la cuestión de la
racionalidad se decanta definitivamente por el lado de la intersubjetividad,
pues, apelando al principio anteriormente expuesto, la energeia del logos es la polis,
es decir, si somos políticos porque tenemos habla, ésta sólo acontece en el
discurrir dialógico, intersubjetivo, compartido, por ende, comunicativo. En la
misma línea cabe incluir aquellas perspectivas contemporáneas, como la que
refleja Fernando Broncano (2003, 185), que defienden la idea de que la
racionalidad no es una propiedad de los sistemas individuales, sino que es una
propiedad que presupone y exige la contrastación intersubjetiva con otros
sujetos racionales. Sólo que esta perspectiva contemporánea no acude a una
validación metafísica de su tesis -como sí lo hace Aristóteles- sino que más
bien hace referencia, por la vía de la “filosofía de la mente”, a lo que
podríamos llamar una “división del trabajo cognitivo” necesaria para establecer
criterios normativos de racionalidad: sin la división del trabajo cognitivo, es
decir, sin una pluralidad de sujetos socialmente interactivos no habría
racionalidad en sentido estricto. Además, la racionalidad, necesariamente de
naturaleza social, está en conjunción constante con otras capacidades cognitivas sometidas a
contraste evolutivo:
“La racionalidad se predica de grandes conjuntos de
acciones articuladas en forma de proyectos… comprendemos el mundo y actuamos
sobre él mediante esquemas y patrones que nos permiten unos a otros: el patrón
general ir al cine activa otros como mirar la cartelera, buscar un autobús,
quizá llamar a un amigo. Estas redes de esquemas y guiones forman el trasfondo
del que está hecha nuestra experiencia vital” (BRONCANO, 2000, pg. 116-17).
La implantación
de esos controles de calidad supone postular un modo preciso de aprehensión de
lo real. Ese modo es el pensar y su herramienta es el proceso de
categorización. En efecto, la razón le permite al hombre categorizar la
realidad, que quiere decir ordenar metódicamente el conocimiento que tiene de
ella. Más que una posibilidad, la categorización es la función ineludible de la
racionalidad, su devenir necesario, hasta tal punto que sin categorización no
existe proceso de racionalización y la racionalidad es en sí misma una
estrategia de categorización.
La racionalidad
es inexistente sin un contexto definitorio de la misma, sin una situación
posibilizadora. Pero, ¿qué sentido tiene empezar por la situación, por el
contexto en vez de por el texto? A esto último cabe responder que la
investigación sobre la racionalidad no es muy diferente a la tarea de un
arquitecto y de un arqueólogo: antes que nada es preciso abarcar un terreno,
esto es, establecer un sitio, y prepararlo, acondicionarlo. Pero ese sitio no
puede ser cualquier lugar, sino el lugar idóneo. Pero, entonces, ¿cómo saber
antes de saber o cómo ser racional antes de poder ser racional? Solución: ya
estamos en la razón. Por tanto, no es posible salir de la razón para preguntar
por la razón. La materia de la razón es la propia razón. Así, en nuestra
investigación, llevar a cabo una tarea arquitectónica significa que la razón
es, primeramente, un encontrarse en la
razón. La razón, como la vida, que
diría Ortega, es un hallarse, una estancia. Pero no es sólo eso, aunque es inevitable y primeramente eso.
¿Qué quiere decir el estar en la razón? Que ésta, la razón, es la
estructura y dinamismo lógicos de lo
real.
La estancia del hombre en la razón es un factum: estamos en la razón
desde el comienzo y de manera inevitable, ineludible.
La expresión o presentación de esa estancia a nivel antropológico es
la apertura: la razón, lejos de
presentificar singularmente al hombre o hacer de éste una “singularidad”, es el
verterse o apertura de la realidad humana al mundo. Pero dicha apertura
es un círculo: hermenéutico, ontológico y ético; alude, pues, al conocimiento,
a la existencia y a la libertad. Ahora bien, el fundamento de constitución de
dicho círculo es ontológico.
El
estar en la razón no sólo acontece antropológicamente, sino que también se
presenta al modo de una carga biológica. Esa carga biológica (el hombre
tiene logos porque biológicamente posee el lenguaje, entendiendo por tal la red
por la que las cosas cobran expresión, es decir, aparecen en relación) y
antropológica (el hombre tiene logos porque su modo de ser en el mundo es la
apertura, la libertad, entendida ésta aquí no en sentido ético sino
existencial, esto es, como el estado de abierto que caracteriza a la
realidad humana en su urgencia por maximizar la eficacia en su relación con el
medio hasta poder disponer de éste) conforman el contenido del «compromiso
ontológico» que se lleva a cabo a la hora de lanzar la pregunta filosófica
acerca de la razón como estancia y de su modo de estar o racionalidad.
Tanto
la adaptación (biológicamente) como la apertura (antropológicamente) son los
estratos que dejan huella para una identificación de la razón como estancia. Y
en ambos estratos figura un rasgo común: el riesgo. La razón por la que el
hombre se encuentra en riesgo es la misma que tiene para otorgar una finalidad
a su estar en la razón. En
efecto, el hombre está en riesgo porque para seguir viviendo -ese empeño
particularísimo del hombre al que él mismo se vuelca subjetivamente- tiene que
producir lo que no estaba ahí, tiene que hacer lo que está por hacer, aquello que no halla
en la naturaleza. Entiéndase por “naturaleza” la circunstancia que acoge al
hombre pero que, al unísono, lo expone, lo pone en riesgo; y entiéndase por
“producir lo nuevo” aquello que necesita para vivir. Paradójicamente, lo que necesita
para vivir no es tanto lo que está ya dado como lo que aún no está o está por
venir o hacer.
Considerar
la razón como una estancia supone determinar los límites en los que se
autocomprende o determinar el sitio en el que se está. La determinabilidad de
ese topos pasa por la adopción de un compromiso ontológico que se resume en los
siguientes postulados: la superación de la antropologización de la razón o
superación del humanismo ideológico, pues la alusión a la condición racional
del hombre ya no sirve como emblema de superioridad ni ontológica ni axiológica
del hombre: la razón no separa al hombre del resto de animales, no lo determina
singularizadoramente, sino que, al contrario, lo vincula al universo. El
imperativo de la contingencia: hemos de insistir más en el “tiene” que en el
“es”, porque lo determinante no es que el hombre sea racional sino que tenga
logos, esto quiere decir que la razón no es la lectura del Sentido, unívoco y
trascendente, apriorizado y trascendental, sino que la razón es la inventora del
sentido, la que
construye la trama del todo. Por eso es preciso, por un lado, partir del absurdo, lo que supondrá
tener que tomar la responsabilidad de mi libertad, esto es, convertir mi
existencia en proyecto vivido subjetivamente, y por otro lado pensar en
términos de lógica de la situación, es decir, considerar la racionalidad manchada, desde el origen,
de acción. Todo ello nos conducirá a la consideración del postulado general que
afirma la libertad como el sitio de la razón.
Hasta
aquí hemos resumido la presentación de la razón como estancia del hombre. Pero
ello no es suficiente; ahora toca una somera exposición del modo de estar en la
razón, eso que hemos dado en llamar racionalidad. Y cabe preguntar: 1. dónde
hay racionalidad o bajo qué condiciones; 2. qué tipo de sujeto y objeto (quien
opera en la razón y lo operado por ella) soportan esas condiciones. Para
responder a esto es preciso anteponer el siguiente principio: la situación
definitoria de la racionalidad es la “acción”. Ahora bien, dentro de ese campo,
al amparo de esa determinibilidad, ¿bajo qué condiciones acontece la acción
racional? Podríamos decir que la
racionalidad es un tipo de procedimiento cuyo fundamento es una ley (norma,
determinación formal, relación causal, etc.) dispuesta para la ejecución
eficaz, tanto en términos gnoseológicos como axiológicos, de las acciones. Si la acción es el modo en que la existencia
humana cobra presencia, la racionalidad, por su parte, es el modo en que existe
un hombre inteligente, entendiendo este término en sentido orteguiano, es
decir, como el hombre elegante: el que sabe elegir, el que elige bien o
inteligentemente.
Pero
hay que percatarse de que no hay racionalidad sin límites, es decir, que lo que
hace de una acción racional no es sólo su resultado eficaz, el ordenamiento
maximizador de la relación medios-fines, sino al unísono la libre expresión de
la preferibilidad del agente racional, donde libertad significa responsabilidad
y ésta consiste en un hacerse cargo de la situación.
Si
la razón viene al mundo como “racionalidad acotada” (acotada en cuanto
territorializada, dispuesta entre límites, tanto internos como externos, es
decir, contenida), algunos de esos límites son propios de los medios y
otros de los fines, pues si bien no es racional cualquier operación de
maximización, tampoco es racional querer cualquier cosa.
Ahora
bien, la relación medios-fines tan solo es una parte, eso sí imprescindible, de
la estructura “racionalidad”; es la parte que alude a la materialidad de la razón,
al objeto racional. Pero es necesario ver la constitución de la razón desde su
parte subjetiva, esto es, atendiendo al sujeto racional. Pero lo más importante
es disponer de manera dialéctica esta bidimensionalidad, porque la regla mayor
de eso que llamamos “razón” es la
dialéctica.
Por
esta dialéctica, la razón se constituye tanto en topos o lugar en el que se
está como en juego o cuestión de estrategia y victoria, de decisión y triunfo.
Así pues, resulta prioritario no olvidar la condición dialéctica de la
estructura “racionalidad”, porque no se es racional sólo con un método racional
y tampoco se es racional disponiendo simplemente de facultades racionales, es
decir estamos ante la inseparabilidad de racionalidad teórica y práctica, no
sólo porque esta segunda presuponga la primera sino, a la vez, porque la
eficacia teórica no tiene lugar sin una verdadera responsabilización ante la
situación, es decir, la racionalidad teórica se expresa como resolución
elegante de la acción, como un hacerse cargo de la situación. Sin esa necesaria
responsabilización, estaremos induciendo a la razón a una monstruosa
ensoñación.
Desde
una base de reflexión bio-antropológica se ve claro que la construcción de la
racionalidad es de naturaleza social o un caso de intersubjetividad, es decir
que la racionalidad no es una propiedad
de los sistemas individuales, sino que es una propiedad que presupone y exige
la contrastación intersubjetiva con otros sujetos racionales.
Finalmente,
con su razón el hombre explora y explota las
posibilidades que la situación le ofrece implantando controles de calidad a sus
acciones. La
implantación de esos controles de calidad supone postular un modo preciso de
aprehensión de lo real: el pensar; su herramienta es el proceso de
categorización y fundamentación. En efecto, la razón le permite al hombre
categorizar la realidad, que quiere decir ordenar metódicamente el conocimiento
que tiene de ella. La racionalidad es en sí misma una estrategia de
categorización.
Esta
categorización, con la que la razón
unifica, simplifica, clasifica o determina, ordena o estructura y, en
definitiva, sistematiza, se presenta según una triple dimensión: ontológica,
gnoseológica y lingüística.
En último
término, esta función categorizadora en la que se expresa la razón es un
esfuerzo continuado de fundamentación, porque si para algo sirve la
categorización racional es para fundamentar. Así, lo que hace el hombre con la
razón es dar razón o rendir cuentas: fundamentar. Y fundamentar quiere decir diseñar una arquitectura:
construir un sistema.
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[1]Kant, en su programa de
filosofía de la historia -Idea de una historia universal en clave
cosmopolita- aludía a la necesidad de aparición de la razón en la historia
para que la humanidad pudiese cumplir el propósito de la Naturaleza, que no era
otro, según Kant, que el pleno desarrollo de las capacidades de la especie
humana.
[2] El concepto de
« energeia » es fundamental en Aristóteles, porque con dicho
concepto manifiesta la idea de « ser en obra » que caracteriza al
hombre, es decir, la actividad o modo de vivir que lo singulariza y que, según
Aristóteles, es la vida política, la actividad política. Por tanto, el hombre
no es un « argon », no es un inoperante, algo sin actividad, sino el
« ergon » político, aquel que obra políticamente. Además, Aristóteles
opone funcionalmente el término « energeia » al de « dynamis »,
que se puede traducir por potencia. Véase al respecto: Agambem, Giorgio: La
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375-381
noviembre de 2009
2ª época, nº 1
ISSN 1989-7774
ISSN en papel 1696-0734
Depósito legal ZA-53-2003
Edita: Asociación Cultural "Duererías"
E-mail: duererias@hotmail.com