Miguel Santa Olalla Tovar
Resumen: Este artículo pretende apuntar
algunas deficiencias de la postmodernidad, cuyos planteamientos filosóficos
parecen haber desterrado la razón humana del mundo del pensamiento. Siendo por
tanto una reivindicación de la razón, se intentará concretar algunos de sus
sentidos más importantes, para abogar por una interrelación de los mismos para
retomar el problema de la razón como tarea propia y característica de nuestro
tiempo. En consecuencia, terminaremos ofreciendo un modelo de razón humana, así
como algunos de los desafíos que ésta debe afrontar. ¿Acaso puede la filosofía
renunciar a la razón?. Si así fuera, cabría preguntarse hasta qué punto podría
ser considerado humana una civilización despojada de la razón como una de sus
facultades fundamentales.
“Designa el estado de la cultura
después de las transformaciones que han afectado a las reglas de juego de la
ciencia, de la literatura y de las artes a partir del siglo XIX. Aquí se
situarán esas transformaciones con relación a la crisis de los relatos. […] Simplificando
al máximo, se tiene por «postmoderna» la incredulidad con respecto a los
metarrelatos. Ésta es, sin duda, un efecto del progreso de las ciencias; pero
ese progreso, a su vez, la presupone.”[1]
De
manera inmediata se advierte que la postmodernidad, como tantos otros
movimientos culturales, va mucho más allá del terreno de la filosofía. Según
Lyotard, a lo largo de la modernidad se van a formular relatos legitimadores en
diferentes ámbitos del saber y del hacer humano. A medida que estos discursos
pierden eficacia como justificadores del saber que sustentan estamos avanzando
en los procesos que desembocan en la postmodernidad. La incredulidad respecto a
los metarrelatos es la pérdida de la fe, entendiendo este concepto en un
sentido más amplio que el religioso: se deja de creer en Dios, pero también en
la filosofía, la ciencia y el arte. El hombre postmoderno parece marcado por la
desconfianza, la incertidumbre, en tanto que viejos criterios capaces de dar
sentido a la vida han perdido su valor. Una caracterización provisional podría
ser la siguiente: la postmodernidad es un proceso plural y multidisciplinar por
el cual los discursos pierden su poder legitimador y sitúan el ser humano en
una posición de abandono, carente de fundamentos e incapaz de formularlos. La
crisis de sentido que predijera Nietzsche parece haberse instalado
inamoviblemente en medio de la vida. La filosofía postmoderna se presenta como
una especie de ser mitológico, con tantas cabezas que se hace imposible dar
continuidad a la réplica: si se argumenta respondiendo al relativismo, otro de
los síntomas del tiempo que vivimos, nuestro hipotético interlocutor se
refugiaría en una nueva concepción de la postmodernidad o de la crítica
moderna. Frente a esta dificultad, y como réplica general a los planteamientos
postmodernos, cabe al menos una doble respuesta. La primera historiográfica y
la segunda aún más difícil de superar cuando se trata de una teoría filosófica:
la realidad misma nos aleja de ciertos planteamientos postmodernos.
Comencemos
por el primero de los argumentos. El gran engaño de la postmodernidad es que
probablemente sus representantes sean parte responsable de la creación de la
modernidad. Cualquier reconstrucción rigurosa y exhaustiva de nuestro pasado
filosófico reconoce que en los siglos denominados “modernos” o “ilustrados” se
encuentran planteamientos filosóficos opuestos y encontrados. Estamos acostumbrados
a fijarnos en Kant como uno de los grandes ilustrados, pero también se incluye
en esta lista a Hume. Ciertamente, su empirismo dista mucho del criticismo
kantiano, y más aún del racionalismo continental. En el corazón del proyecto
moderno encontramos filosofías críticas hacia la razón y la sociedad, como la
de Rousseau. Sería estúpido negar que existen ciertos rasgos comunes a teorías
como las de Descartes, Malebranche o Leibniz, o que en el siglo XVIII hay una
efervescencia del pensamiento político, tanto en el mundo anglosajón como en el
continente europeo. Lo que habría que cuestionarse es en qué medida podríamos
incluir a todos los filósofos de estos siglos como parte integrante, consciente
y voluntariamente, de un proyecto filosófico que ni siquiera ellos
construyeron. Cabría incluir, desde luego, a Kant y a algún otro. Todos
aquellos ilustrados que reflexionaron sobre la característica definitoria de la
Ilustración se sabían ya parte de un proceso histórico, como supo ver Foucault
hace unas décadas[2].
La cuestión, sin embargo, sería esta: ¿Podríamos relacionar este movimiento
histórico con la tradición racionalista o con la empirista o con todas las
teorías políticas contractualistas? Como poco, habría que aceptar cierto grado
de duda ante cualquier intento de responder esta pregunta con un sí rotundo. El
dogmatismo que apresuradamente solemos asociar con el racionalismo parece
disiparse con leer una de las obras centrales del racionalismo cartesiano:
“Mi propósito, pues, no es
el de enseñar aquí el método que cada
cual debe seguir para dirigir bien su razón, sino sólo exponer de qué manera he
tratado de conducir la mía. Los que se meten a dar preceptos deben estimarse
más hábiles que aquéllos a quienes los dan y son muy censurables si faltan en
la cosa más mínima. Pero como yo no propongo este escrito, sino a modo de
historia o, si preferís, de fábula, en la que, entre algunos ejemplos que
podrán imitarse, irán acaso otros también que con razón no serán seguidos,
espero que tendrá utilidad para algunos sin ser nocivo para nadie, y que todo
el mundo agradecerá mi franqueza.”[3]
Descartes
está hablando con toda precaución: en ningún momento dice estar en posesión de
la verdad, o concebirla de un modo absoluto. No es fácil determinar si estamos
ante un “metarrelato” que trata de legitimar y justificar la filosofía o la
ciencia. Nos está hablando el autor francés de su propia experiencia de
conocimiento, que no convierte en verdad universal. Es innegable que hay una
pretensión de verdad en su libro, pero dicha aspiración podría situarse en
igualdad de condiciones respecto a los textos de tantos y tantos autores
postmodernos, que se han apresurado al proclamar el fin del tiempo histórico
que les ha precedido. Modernos y postmodernos pretenden decir algo de verdad,
pero no es esta su única característica común: la experiencia del error, y el
temor al mismo es otro rasgo compartido. Hay un contraste llamativo entre la
filosofía que solemos etiquetar de “moderna” y las obras más recientes de
quienes apuntan su final: los primeros parten de la urgencia de evitar en
error, de buscar un conocimiento seguro, mientras que los últimos,
encontrándose en una situación en cierto modo similar, renuncian a cualquier
impulso de revitalización del pensamiento. A menudo se ha señalado la
experiencia traumática de las dos guerras mundiales o la bomba atómica como
detonadores de un pensamiento sin esperanza, al que le falta la más mínima
confianza en sí mismo como para desplegar una propuesta filosófica
constructiva, novedosa. Estar “a la altura de los tiempos” es en nuestros días
renunciar a la razón y mirar con un reproche de ingenuidad a quien se atreva a
reivindicar la modernidad. Mientras que Descartes nos propone su método “a modo
de historia, o si se prefiere, de fábula”, los pensadores postmodernos se
muestran muy seguros de que la razón no es ya de fiar, de que no podemos
esperar de ella soluciones sino, más bien, problemas. ¿Dónde se esconde el
dogmatismo, en la propuesta o en la desesperanza que impide cualquier impulso
racional y constructivo?
Con
todo, no debemos sorprendernos por la novedad: la misma certeza sobre la
limitación e invalidez de la razón fue planteada ya en el siglo XVIII por Hume.
La crítica empirista del racionalismo dogmático se podría resumir con la aún más
dogmática sugerencia de tirar a las llamas todos aquellos libros que no traten
de impresiones o de relaciones de ideas. Un criterio, por cierto, que no
cumplían la mayoría de los libros de Hume: como buen filósofo no se limitó en
sus textos a escribir exclusivamente sobre aquello que podemos percibir o sobre
números o relaciones de ideas. Pero salvemos las obras de Hume de las llamas y
recordemos su visión de la razón, que, según sus palabras “es y sólo debe ser
la esclava de las pasiones”. Es difícil encontrar en muchos autores
postmodernos una crítica tan radical y diáfana de la razón humana, un intento
tan directo de subyugarla al timón de la voluntad y el sentimiento. O bien no
incluimos a Hume y a toda la tradición empirista dentro de la modernidad, o
bien deberíamos revisar los conceptos creados por los expertos en historia de
la filosofía, encontrando un nuevo enemigo para la postmodernidad: el
empirismo. Ocurre que los siglos modernos, como todos los siglos de la historia
de la filosofía, han sido siglos de profundo debate y enfrentamiento, de
teorías opuestas que crecen desarrollándose y criticándose entre sí.
Exactamente igual a lo que ocurre en nuestro tiempo, aunque con un matiz muy
importante que puede servir de tesis provisional: si durante la modernidad la
razón recibía la mayor parte de los apoyos, parece haberse quedado en minoría
en los tiempos postmodernos. No se puede decir, por tanto, que la
postmodernidad anule la modernidad: continúan los debates, siguen vivos los
temas filosóficos y enfrentados los seguidores de las grandes corrientes.
Agrupar la extraordinaria diversidad de corrientes y preocupaciones en estos
grandes conceptos históricos tan sólo puede producir desorientación y lo que es
más importante: confusión respecto a la razón humana y su función en la vida
humana y la filosofía misma.
Para
terminar este argumento histórico, retomemos la célebre definición kantiana de
Ilustración:
“Ilustración es la salida del
hombre de su culpable minoría de edad. Minoría de edad es la imposibilidad de
servirse de su entendimiento sin la guía de otro. Esta imposibilidad es
culpable cuando su causa no reside en la falta de entendimiento, sino de
decisión y valor para servirse del suyo sin la guía de otro. Sapere aude!.
¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! Tal es el lema de la
Ilustración.”[4]
Nada se
aprecia en esta definición de racionalidad en un sentido teórico, de valoración
de la ciencia o de la razón como criterio último de decisión, señas de
identidad que desde nuestro tiempo postmoderno se atribuyen a la modernidad. La
clave de la Ilustración es, para Kant, la autonomía moral, el pensar por uno
mismo. ¿Se atrevería cualquier defensor del pensamiento postmoderno a negar que
esta condición sea deseable? Más aún: los sistemas políticos en los que vivimos
anuncian permanentemente que el pueblo es soberano, por lo que el ciudadano
cuenta con la información necesaria y la madurez suficiente como para ejercer
un derecho político tan elemental como el voto. En tanto que expresión de la autonomía
moral y política nada habría más moderno. El caso es que cualquiera de los
filósofos ilustrados podría ofrecer criterios morales y políticos como claves
explicativas de su tiempo, y no es muy claro si la concepción postmoderna de la
modernidad encajaría con este tipo de definiciones. La modernidad y la
ilustración son recreaciones un tanto alejadas de una revisión histórica
rigurosa, fáciles de criticar y sobre las que cargar parte de los problemas de
nuestro tiempo. Los filósofos postmodernos han tendido puentes de dudosa
solidez, ligando algunos de los desmanes científicos del siglo XX con la
filosofía racionalista. El sueño de la razón ha producido monstruos como
Auschwitz o Hiroshima. ¿Es legítima esta asociación?
Si la
Ilustración es autonomía moral cabría decir que estamos ante un proyecto aún
abierto y por realizar, tan necesario hoy como en el tiempo en el que se
formuló. Es un tanto ilusorio pretender responsabilizar a los grandes artistas,
científicos y filósofos de los siglos modernos de la falta de realización de
las nuevas formas de vida planteadas en su tiempo. El proyecto moderno o
ilustrado, comoquiera que lo entendamos, requiere entre otras cosas un alto
grado de escolarización, un nivel cultural desarrollado y lo más extendido posible.
¿Estaban preparadas las sociedades de los siglos XVI, XVII o XVIII para
realizar la razón, para llevarla a la forma de organizar la vida social? No
creo que haga falta recurrir a las estadísticas y datos que nos pueda
proporcionar la historia para dar una respuesta negativa. Cualquier repaso a
los índices de escolarización o al nivel de estudios de la población puede
ponernos en el buen camino. La modernidad es una teoría filosófica, científica
y artística formulada por pequeños grupos, pero alejada de la realidad
cotidiana de la gran mayoría de la población de su tiempo. Nada hay más alejado
de la modernidad que la monarquía absoluta, negadora de la autonomía del
individuo: es en este contexto político en el que se escribieron muchos de los
planteamientos modernos e ilustrados. Culpar a sus autores del agotamiento de
sus propuestas es cuando menos arriesgado. Si la Ilustración es sinónimo de
autonomía, habría que preguntarse hasta qué punto no estamos en el ocaso de la
misma, sino precisamente en un tiempo de urgencia, en el que las propuestas
modernas e ilustradas son más necesarias que nunca. Si aceptamos esta
propuesta, la Ilustración sería más la solución que el problema. No es que la
razón sea culpable, sino que nos sigue faltando hoy como hace dos o tres
siglos.
La
crisis de los metarrelatos, sin que se pueda identificar con exactitud cuáles
son esos metarrelatos, escritos por críticos de la modernidad, anti-ilustrados,
racionalistas, empiristas, místicos, ateos… Todos estos filósofos tuvieron su
cabida en un periodo complejo, que parte del siglo XVI y se agota, por la falta
de credulidad del hombre en su razón, a lo largo del siglo XX. La
“gigantomaquia peri tes ousias” se libraba en el centro de la modernidad tanto
como en nuestros días, con la salvedad de que ahora nos consideramos habitantes
de un nuevo tiempo, en el que las aportaciones modernas han perdido su validez.
Así es, al menos, en el mundo filosófico. El destierro de la razón se ha
convertido en la “moda” filosófica, por mucho que la revisión más superficial
de la historia pueda hacernos dudar de la oportunidad de caracterizar
modernidad y postmodernidad de la manera más extendida en historia de la
filosofía. Frente a esto, la negación de la razón persiste, pese a que cabe
desarrollar una respuesta aún más dura que la historiográfica que hemos
presentado: no es cierto que vivamos en los tiempos del ocaso de la razón. Por
mucho que se empeñen los especialistas en filosofía o los artistas más
críticos, las sociedades occidentales han visto como la penetración de ciencia
y tecnología es cada vez mayor. No desistimos de la ciencia, sino que diversos
países han ido tomando conciencia de su valor como factor de progreso, de la
importancia que tiene dentro de la sociedad. Las siglas de I+D se han convertido
casi en populares, y las partidas presupuestarias para este concepto no dejan
de crecer en las primeras potencias mundiales. Ciertamente, no faltan
intelectuales que repudian el estado de la cuestión: ciencia es para ellos
sinónimo de riesgo y peligro.. Es lícita la pregunta alrededor del futuro de la
ciencia y la tecnología, pero no la negación de su utilidad o pertinencia
dentro de la sociedad: somos racionales y negar esta dimensión es cercenar una
parte constitutiva de lo que somos y hacemos. Si hubiera existido una
modernidad dogmática que negara o rechazara la parte afectiva o impulsiva sería
tan estúpida e incompleta como una postmodernidad que anulara la razón humana.
En
efecto, no hay peor refutación para cualquier teoría que la que pueda venir
desde la realidad. Que ciencia y tecnología formen parte del sistema político y
económico es sólo una parte del asunto. La vida cotidiana de millones de seres
humanos camina lejos de los presupuestos filosóficos: ¿A cuántos conocemos que
deseen ser irracionales o que, al menos, desconfíen de su razón? Hay una
racionalidad tácita que se expresa en comportamientos diarios, sin que esto sea
una defensa de una “actitud natural” acrítica e irreflexiva. Cada uno de
nosotros vive y toma decisiones y pretende que la razón guíe todos estos
procesos. Actuamos en función de razones, buscamos motivos que justifiquen y
expliquen nuestras decisiones. ¿Dónde está entonces la irracionalidad, dónde el
cansancio o la decadencia de la razón? Quizás los metarrelatos sean en nuestros
días los textos filosóficos que prestan más atención a cuestiones teóricas
cercanas a especialistas que a problemas reales, o que paralizan lo que hasta
ahora ha sido uno de los mayores factores de progreso de nuestra historia: la
razón.
Pudiera
parecer que lo que hemos defendido hasta aquí es una defensa exaltada de la
modernidad y un rechazo exagerado de muchos de los planteamientos filosóficos
actuales, que cabría calificar de postmodernos. No es esta la intención de todo
lo dicho hasta ahora. La postmodernidad tiene sentido en tanto que critica a la
razón humana y sus productos, como pueden ser principalmente la ciencia y la
tecnología, en el ámbito teórico, o los sistemas democráticos en el terreno
práctico. Cuando esta crítica echa a perder todo lo que pueda haber de valioso
en estos ámbitos, se convierte en desmesurada y contraproducente. Habría que
recordar que la crítica de la razón es ya una tarea ilustrada, como aparece
claramente señalado en la obra de Kant[5].
Igualmente, la ciencia y la tecnología han estado en el punto de mira de la
filosofía con anterioridad: toda la filosofía romántica podría ser un buen
ejemplo. A partir de aquí, cabría establecer el sentido propio y característico
de la postmodernidad, su momento de verdad, si adoptamos la terminología de
Adorno: la filosofía debe repensar la razón, situarla en un nuevo contexto
construido teniendo en cuenta las circunstancias históricas que han llevado a
algunos filósofos a su negación. Auschwitz y la bomba atómica jamás pueden considerarse
consecuencias históricas de la razón. Muy al contrario: los sucesos históricos
en los que la barbarie y el sufrimiento se extienden, aunque sea de una forma
científicamente organizada, sólo pueden ser entendidos como la mayor expresión
de la irracionalidad humana. Otras interpretaciones son posibles, pero nos
llevan hacia situaciones en las que perdemos una de nuestras facultades más
propias. Cualquier propuesta basada en la irracionalidad no tardaría en recibir
el calificativo de “inhumana”: ¿Cabe imaginar una sociedad en la que sus
individuos actuaran únicamente en función de “lo otro” de la razón? Nuestros
instintos, deseos, impulsos y sentimientos no son suficientes, como tampoco
basta con la razón. Las distopías totalitaristas proporcionadas por la
literatura parecen denunciar un exceso de racionalidad articulada a través de
la ciencia y la tecnología. La descripción de una distopía irracional está
pendiente, aunque tampoco es muy difícil imaginarla.
Desde
el comienzo de nuestra civilización la razón y la educación han sido dos de sus
pilares. El mito platónico de la caverna es una gran historia de liberación
basada en la educación. A través de la educación, del esfuerzo por saber,
llegamos a ser auténticamente humanos, desarrollamos una libertad que no está
al alcance de quien carece de la cultura más elemental. En su texto sobre la
Ilustración, nos dice Kant que la pereza y la cobardía son dos grandes
obstáculos para ese “atreverse a pensar” que caracterizaba su tiempo. No parece
ser muy distinta la situación en nuestro tiempo. La postmodernidad puede jugar
a este respecto una función esencial, al establecer las condiciones en las que
pueden desarrollarse valores como la autonomía, la libertad o la igualdad,
directamente relacionados con la razón. Existen más continuidades que rupturas,
y aún estamos lejos de la realización de cualquier proyecto racional,
comoquiera que lo entendamos. El aprecio por la educación y la razón son
condiciones indispensables para lograr este objetivo: todo sistema educativo
debería garantizar que el mayor porcentaje posible de la población logre el
acceso a un nivel elemental, que incluya las mayores aportaciones al mundo de
la ciencia, la filosofía y el arte. De otra manera la alarma ante los peligros
de la ciencia, el pesimismo respecto a la razón y la desconfianza hacia
nuestras propias posibilidades taparán cualquier esfuerzo por “ilustrar” a la
sociedad, o dicho de una manera más sencilla, por hacerla mejor. Depurar la
modernidad, seguir pensando las formas de realizar la razón humana, sigue
siendo la tarea más propia y característica de la filosofía. La postmodernidad
tiene sentido si pretende “introducir razón en el mundo”, tal y como pretendía
la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt hace prácticamente un siglo. Podar
la razón es la manera de hacerla más fuerte. Renunciar a ella es la manera de
retroceder en lo que hemos venido siendo y haciendo desde hace siglos.
Ilustrar
la ilustración es renunciar a una fe ciega en la razón. Es tomar conciencia de
que la ciencia y la tecnología, per se, no implican una mejora en la vida del
hombre, y que requieren un marco más amplio en el que desarrollarse. La
postmodernidad tiene razón al advertir los peligros de la razón. La historia no
se va acabar en las próximas décadas: no tenemos garantía de que se encamine
hacia un fin, y mucho menos de que funcione de un modo racional. Ahora bien:
esto no implica que debamos entregarnos de forma pasiva, como si formáramos
parte de un proceso azaroso que no podemos controlar ni comprender. La
postmodernidad es el tiempo en el que ciencia y tecnología se desligan de
utopías para encontrar un lugar más apropiado, en el que debería encontrarse
mejor: la propia sociedad en que se desarrolla, con un sistema político y
económico determinados que pueden y deben afectar a su desarrollo. La
postmodernidad nos ayuda a entender que la razón no es la única salvaguarda de
la verdad, por mucho que aún queden científicos empeñados en defender esta
idea. Lo que podría considerarse como una limitación obliga a la teoría
científica a dialogar con otras perspectivas, a abrirse a formas de
conocimiento. Estos valores positivos de la modernidad deberían apuntar, en
definitiva, hacia una nueva dirección: seguir reflexionando de un modo
filosófico alrededor de la razón, y no desecharla como un viejo instrumento
inútil. Recuperar la razón como objeto de reflexión filosófica y como capacidad
genuinamente humana tras las críticas formuladas en el último siglo es quizás
la contribución más genuina que la postmodernidad puede desarrollar. Se trata
entonces de volver a la razón, pero a una razón distinta, capaz de superar los
límites apuntados por la propia filosofía, pero también por los hechos
históricos más traumáticos de nuestra historia reciente.
El
panorama presentado hasta aquí no aspira a ser exhaustivo. Probablemente pueda
hablarse también de una racionalidad artística, entendiéndola como la capacidad
de ajustar aquello que se quiere expresar o representar a los medios
disponibles, utilizando el lenguaje artístico de que se trate en cada caso.
Aunque la creatividad sea la raíz más honda del arte, es innegable que existen
también procesos racionales en el proceso de producción artística, y que hay un
código que los creadores conocen y adaptan a sus necesidades. La simetría en
las artes plásticas, la disonancia en la música o la aliteración en la poesía
son sólo simples ejemplos de instrumentos a disposición del artista, que a
menudo es capaz de razonar por qué elige esto y no aquello. De la misma forma
podríamos fijarnos en una racionalidad religiosa: una vez asentados los dogmas
y creencias fundamentales, el desarrollo de la doctrina de una religión aspira
a un grado de coherencia interna, y una explicación completa de la realidad. La
búsqueda de sentido y el respeto a unos principios fundamentales son pilares a
partir de los cuales la racionalidad religiosa ofrece algo más que una
cosmovisión, extendiendo sus consideraciones a la ética y la política[6].
La teología sería una buena prueba de la práctica de esta racionalidad, y los
viejos lemas agustinianos (“cree para entender” y “entiende para creer”) son
una manifestación más de la relación entre razón y fe, que es uno de los temas
recurrentes de la filosofía medieval.
Frente
a todo el planteamiento que se ha presentado, cabría plantear varias críticas.
Una de las principales podría ser la arbitrariedad de los tipos de racionalidad
a los que hemos aludido: habrá quien entienda que la razón política se puede
reducir a la económica o que no hay más racionalidad que la científica. De la
misma manera, la existencia de una racionalidad ética podría estar en
entredicho. Desde la visión más restrictiva de la razón humana, que quizás sea
la que aparece en el empirismo clásico, la razón humana ha de servir a las
pasiones y los deseos, y no tiene sentido preguntarse, por ejemplo, por la
racionalidad de los fines, ya que todos serían legítimos y no cabe ningún tipo
de acercamiento racional a estas cuestiones. La gran mayoría de estas críticas
proceden precisamente de una visión estrecha de la razón, y de la proyección en
diferentes ámbitos de los requisitos que habitualmente se exigen a la razón
científica o a la económica. Sin embargo, que hay racionalidad más allá de la
ciencia y la economía puede argumentarse de un modo convincente: no todas las
decisiones políticas son igualmente aceptables y tampoco podemos equiparar
todos los valores o todas las normas morales. Ocurre, sin embargo, que en estos
terrenos se abre espacio para la disensión: tal y como trataba de caracterizar
antes, en la política y más aún en la ética existen muchas decisiones posibles,
cada una de las cuales cuenta con sus ventajas y sus inconvenientes. De la
misma forma, cabe una discusión racional sobre los fines del ser humano: el
mejor argumento es la propia experiencia cotidiana. Permítase un paralelismo:
la razón se encuentra en dificultades cuando intenta explicar cómo es posible
que Aquiles adelante a la tortuga, lo cual se demuestra con sólo ver la
naturaleza. Igualmente, entendemos que la preservación de la vida es un valor prioritario
respecto a la autodestrucción, que el respeto a la dignidad de los demás es una
condición necesaria para ser respetado o que la libertad de un grupo vale más
que la satisfacción personal de uno de ellos. El crítico relativista podría
buscar un caso extraordinario y excepcional en el que este tipo de ideas no se
confirman: eso no resta validez al argumento, a no ser que este relativista
exija criterios de carácter científico como la coherencia interna, la
universalidad o la sistematicidad. La fuerza de la ética o la política es su
propia realización, su presencia callada y permanente en las relaciones
sociales, en los códigos compartidos. Esta idea no implica la imposibilidad de
la crítica. Muy al contrario: mientras se mantiene el orden moral y político
hay siempre fuerzas que lo critican y provocan su cuestionamiento, por lo que
la racionalidad ética y la política se ponen en práctica en común, junto a los
demás, en la experiencia permanente de la acción que recibe una respuesta
social y, en ocasiones, política.
No es
este el lugar para discutir cuántos tipos de racionalidad existen, o la
caracterización general y sencilla que se ha realizado de cada uno de ellos.
Podría reclamar el bailarín o el deportista la racionalidad física o corporal o
el campeón mundial de ajedrez estaría dispuesto a reivindicar la racionalidad
lúdica o ajedrecística. Nada que objetar. No es el objetivo de este artículo el
ofrecer una teoría completa de la racionalidad. Más aún: podría entenderse este
tipo de planteamientos como un respaldo a las ideas presentadas. Cualquier
actividad o disciplina humana que aspire a recibir el calificativo de
“racional” está poniendo de manifiesto la valoración positiva del mismo. Lo
decía al principio: queremos ser racionales. Y se hace difícil entender que los
filósofos postmodernos hayan participado en el ataque a la razón para que
paralelamente resurjan diferentes tipos de racionalidad. Si se trata de una
cuestión semántica o de la imposición de la corrección, no se sabe muy bien si
filosófica o política, quizás deberíamos empezar a revisar el pensamiento de
nuestro tiempo. No tiene mucho sentido enfangarnos en innumerables discusiones
en torno a cuántos tipos de racionalidad existen, cuáles son sus
características definitorias o qué relaciones mantienen entre sí. Si hemos de
aceptar el principio metodológico de Ockham, lo más sencillo sería reunificar
todas estas racionalidades en una sola palabra sobre la que volver a pensar: la
razón humana. Quizás haya llegado el tiempo en que no sea tan descabellado
pensar que existe una facultad humana, que nos permite conocer nuestro entorno,
formarnos creencias y valoraciones sobre el mismo y transformarlo. Hablábamos
antes de diferentes tipos de racionalidad por una sencilla razón: la ciencia,
la economía, la política o la ética nos sitúan en contextos en los que la razón
trabaja de una forma distinta, en los que pensamos desde distintos
presupuestos, ajustándonos a las necesidades de cada una de ellas. No obstante
habría que preguntarse hasta qué punto no hay una continuidad entre todas
ellas, marcada por la razón humana que se adapta a las reglas de cada dominio.
En este sentido, incluso la separación entre la razón teórica y la razón
práctica ha de admitir cierta permeabilidad: no hay un conocer absolutamente
neutral, que no guarde relación con algún tipo de valor implicado, de la misma
forma que la acción humana es imposible si no hay un ejercicio teórico previo.
Usamos la razón, ciertamente, e intentamos hacerlo allá donde vamos, en todos
los ámbitos en los que nos encontramos. Las peculiaridades de cada uno de estos
ámbitos no justifican multiplicar los entes sin necesidad.
Si
aceptamos el planteamiento presentado hasta aquí, la postmodernidad debería
asumir como su tarea más propia la reconstrucción de la razón. Afrontar este
proyecto en los comienzos del siglo XXI tiene una enorme ventaja: conocemos
cuáles han sido algunos de los problemas de la razón moderna, pero también el
callejón sin salida al que nos conduce su derribo absoluto. La filosofía actual
puede optar por continuar con la crítica y la renuncia a la razón,
encontrándola responsable de los problemas del ser humano o incapaz de aportar
alguna solución a los mismos. Esta vía no sólo aleja el pensamiento de la
sociedad sino que no ofrece alternativa viable, abandonándonos a la
desesperanza de la ausencia de futuro. La principal crítica a la filosofía
postmoderna que anula la razón no puede expresarse como una cuestión de gusto:
no es cuestión de que el desconsuelo nos resulte desagradable. La gran pregunta
a los detractores de la razón es qué le queda al ser humano, con qué criterios
vivir, actuar y decidir. Mientras los especialistas en filosofía discuten hay
hombres que viven, actúan y deciden, pretendiendo hacerlo de una manera racional.
Por ello, tiene sentido reconstruir la razón, devolver a esta palabra un
sentido genuinamente filosófico. A modo de conclusión y como una mera propuesta
veamos qué características deberían acompañar a una razón que ya no puede ser
moderna, pero que no tiene por qué dejar de existir.
Una
tercera característica de una razón a la altura de nuestro siglo sería la
integración de sentimientos, emociones y pasiones. Suele atribuirse a la
modernidad una escisión radical entre sentimientos y razón, asumiéndose que los
primeros pueblan un territorio oscuro, incomprensible e impenetrable, mientras
que la segunda aparece a menudo comparada con la luz. Este maniqueísmo
conceptual es insostenible. Y no por la moda psicológica de la inteligencia
emocional, sino principalmente por razones filosóficas: porque
independientemente del valor que le otorguemos al psicoanálisis, éste ha
subrayado la función de los instintos en la vida humana así como la posibilidad
de conocerlos. La crítica de Nietzsche ataca a una razón decadente y negadora
de una vida que se identifica con la pasión. La urgencia de esta razón
sentimental viene sugerida además por hechos recientes de nuestra historia en
los que se piensa que la razón reflejada en ciencia y tecnología ha sido
responsable de grandes catástrofes. En definitiva: la razón sin sentimientos es
inhumana y crece alejada de la experiencia vital común, en la que razonamos y
sentimos y somos capaces incluso de conocer eso que sentimos, ponerle nombre,
argumentar en torno a ello y reflexionar al respecto. Si la autodestrucción de
la humanidad encuentra su base, en muchos casos, en la incapacidad emocional de
sentir empatía, es imprescindible que la vida emocional mantenga relaciones con
la razón, idea en la que hay que reconocer el mérito de los emotivistas o de
Schopenhauer: una moral sin compasión, puramente racional, corre el peligro
permanente de devenir en un código inmoral, frío. Esto no nos condena a la
subjetividad más absoluta: como decíamos antes, la reflexión racional en torno
a la ética no puede encerrarse en dilemas aporéticos en los que tan sólo
disponemos de dos extremos irreconciliables. Han sido varios los filósofos que
han demandado esta razón enlazada con los sentimientos: en nuestro propio país
encontramos el concepto orteguiano de razón vital, y en fechas recientes
incluía Adela Cortina en una de sus obras un concepto más que elocuente: La
razón cordial[7].
Ambos conceptos, razón y sentimientos, deben relacionarse de un modo fluido y
permanente, sin necesidad de establecer jerarquías o prioridades entre ambos,
salvando así el extremo platónico y el humeano. Una razón sentimental debe
superar tópicos y prejuicios: ni la razón moderna es fría ni los sentimientos
son irracionales e incomprensibles. Si antes se ha defendido una visión amplia
e interdisciplinar de la razón, hemos de evitar cualquier clase de
simplificación o generalización.
Las
características presentadas guardan una relación muy estrecha con la siguiente:
la crítica. Si defendemos una razón amplia es porque la propia razón es capaz
de enunciar argumentos críticos de peso contra cualquier reduccionismo. La
razón interdisciplinar es una respuesta crítica a un modelo de racionalidad
unilateral, construido a imagen y semejanza de una sola disciplina. En tercer
lugar: la razón sentimental es la réplica a una razón que ignora sentimientos,
pasiones y emociones. En todos los casos, si nos fijamos bien, encontramos un
proceso similar: la razón es capaz de examinarse a sí misma y de descubrir las
limitaciones de algunas propuestas. La crítica se convierte así en una de sus
propiedades esenciales: no hay razón alguna allí donde no es posible la
crítica, donde ésta se prohíbe, se persigue o se anula sin discusión pública.
Así fue en la modernidad, en la que la palabra crítica aparece en algunas de
las obras fundamentales. Y así debe ser en la postmodernidad: pensemos por un
momento qué papel desempeñó la crítica en algunos de los sucesos más inhumanos
de la historia reciente. La idea extendida de que la razón científica nos
conduce al desastre (Auschwitz, Hiroshima o Nagasaki) es válida pero
incompleta: es la ausencia de crítica la que nos devuelve a la barbarie. La
razón ha de ser libre de valorar aquello que intenta conocer, separando las
aportaciones valiosas de las que no lo son, poniendo de manifiesto los peligros
que pueden acompañar a cada uno de sus desarrollos. Una sociedad en la que se
permite la crítica puede dormir tranquila. Aquella en la que la crítica duerme
debería estar alerta, pues está a merced del poder dominante, capaz de dictar
lo que se ha de pensar y cómo se ha de vivir. La formulación de la crítica ni
debilita ni retrasa: más bien fortalece, en tanto que obliga a quien propone
una tesis o una teoría a pensar en profundidad sobre aquello que se están
manteniendo. Tras un diálogo o una reflexión orquestados por la crítica nos
encontraremos en una posición de ventaja: o bien nos hemos dado cuenta de la
debilidad de aquello que pensábamos como verdadero, o estaremos en posición de
defender nuestra idea con mayor solidez. El momento negativo de la crítica es
imprescindible en la construcción del conocimiento y en cualquier proceso de
reflexión que aspire a tomar una decisión correcta y llevarla a la práctica.
Conocer cuáles son los puntos débiles de lo que pensamos como verdad nos coloca
en una situación de apertura y diálogo, conscientes de que en la inmensa
mayoría de los asuntos humanos no hay verdades absolutas y universales. Sólo
dialoga el que está convencido de que no posee la verdad, mientras que aquel
que cree conocerla impone su criterio, rechaza cualquier posibilidad de
escucha.
De un
modo casi natural hemos ido incluyendo junto a la razón crítica una última
característica: la comunicación. La razón tiene necesariamente que comunicarse,
que ponerse en común con otros seres humanos que puedan contrastar lo que se
dice. El valor de una teoría científica, de una estrategia económica, de una
decisión ética o política, no reside únicamente en su contenido sino en su
discusión, en que sea susceptible de ser presentada ante los demás y puesta a
prueba. En la teoría de la ciencia podría entenderse que el falsacionismo de
Popper es, en cierto modo, una forma de respaldar el carácter público de la
ciencia, la necesidad de que sea difundida y puesta a prueba, lo cual es imposible
sin la comunicación de las teorías. En el terreno práctico, la teoría de la
razón comunicativa de Habermas[8]
parte precisamente de los presupuestos éticos que hay implícitos en toda
comunicación. Las conexiones entre la razón y el lenguaje parecen claras, y una
de las funciones propias del último es precisamente la comunicación: de esta
manera el lenguaje no sólo sirve para compartir nuestras ideas o ponerlas a
prueba, sino también para diseminarlas en la sociedad: el sistema educativo o
diversas instituciones culturales son un buen ejemplo de la dimensión
comunicativa de la razón humana: una clase de matemáticas, física o filosofía,
una conferencia, un congreso de especialistas o una visita guiada a un museo
son, a su manera, expresión de la razón en tanto que giran en torno a
contenidos, ideas o valores que han sido de alguna manera conservados. Si se
explica la mecánica de Newton y no la física de Aristóteles es, en principio,
porque se piensa que hay motivos racionales para ello. La razón comunicativa es
antes que nada una razón argumentativa, y es precisamente en el intercambio de
argumentos en el que encontramos valores compartidos entre los participantes en
cualquier proceso comunicativo. No obstante, se nos escapa el desarrollar aquí
la teoría ética de Habermas: no queremos discutir si su planteamiento ético es
válido o no, sino simplemente enfatizar que la razón humana es esencialmente
comunicativa, que se realiza en el lenguaje hablado y escrito en tanto que hay
un intercambio de ideas, vivencias, emociones o creencias.
No
quisiera terminar el artículo sin apuntar una consecuencia de la razón
comunicativa: la limitación de la razón de la que se sigue, en cierta forma, su
dimensión social. Un enfoque tradicional del planteamiento de Habermas apunta que
la razón individual y subjetiva es insuficiente, y que en cierta forma ha de
estar expuesta a la supervisión de otras razones, aquellas que se encarnan en
otros individuos igualmente racionales al sujeto trascendental kantiano, al
ciudadano, al individuo. La razón humana, no podemos olvidarlo, es limitada: un
producto contingente de la evolución, sometido por tanto a una doble fuerza que
la moldea, como es la naturaleza y la cultura. Siendo así necesitamos a los
otros no para alcanzar una razón absoluta o universal, pero sí para aprender de
ellos, para cubrir carencias e ir colaborando en la construcción de un
conocimiento fiable, de formas de vida éticas y políticas capaces de ir
superando las deficiencias planteadas en cada época. Esta dimensión social de
la razón ya fue enunciada por Kant en un pequeño texto, cuyo tema central es
precisamente el desarrollo y realización de la razón a lo largo de la historia
de la humanidad:
“En una criatura, la razón es una
facultad de ampliar las reglas y propósitos del uso de todas sus fuerzas sobre
el instinto de naturaleza, y no conoce límites a sus proyectos. La misma razón
tampoco obra instintivamente, sino que necesita ensayos, ejercicio y
aprendizaje para progresar paulatinamente, de un grado en otro del entendimiento.
Por ello, cada hombre habría de vivir un tiempo desmedido para aprender cómo
debe hacer un uso completo de todas sus disposiciones naturales; o, si la
naturaleza ha dado un breve plazo a su vida (como, en realidad, ocurre),
necesitaría la razón, acaso, de una serie imprevisible de generaciones que se
transmitieran una a otra su ilustración, para impulsar, por fin, su semilla en
nuestra especie hasta el grado de desarrollo que se corresponde por completo
con su propósito.”[9]
Ilustrar
la Ilustración debe ser uno de los proyectos filosóficos de nuestros días. Da
la sensación de que en las últimas décadas nos hubiéramos dedicado a transmitir
a las siguientes generaciones “menos ilustración” (valga la expresión) de la
que se ha recibido, renegando de un proyecto moderno al que se caricaturiza y
se culpa de fenómenos históricos de un hondo calado social, económico, político
y cultural. Somos lo que somos porque los filósofos modernos nos han precedido.
Desde luego que cometieron errores que deben empujarnos a un desarrollo amplio:
filosófico, científico y cultural, por supuesto, pero también social, económico
y político. Ninguna sociedad progresa sólo por cambios culturales, como Marx
supo ver en su tiempo. Ilustrar la Ilustración es, en resumen, mejorar la educación,
crear espacios para la formación política y la discusión pública, valorar la
ciencia y promocionar su crecimiento. La mayoría de estas medidas tienen
carácter político o económico. Se escapan de las manos de un filósofo, un
artista o un científico. Lo que está a la altura de todos ellos es asumir una
tradición de la que proceden, criticarla y aportar su punto de vista de una
manera creativa y constructiva. En filosofía, esto se puede concretar en la
reivindicación de la razón humana a la que, según se ha defendido en este
artículo, han de acompañar una serie de adjetivos: amplia, interdisciplinar,
crítica, comunicativa, y por tanto incompleta y social. Asumir este proyecto es
ser postmodernos: continuadores y superadores de la modernidad. Y lo que es más
importante: es elaborar filosofía en contacto con la vida real de la gente.
Solemos decir que la filosofía vive pendiente de los problemas de la realidad
en que se formula. Nuestro tiempo es paradójico: queremos ser racionales, pero
los signos de racionalidad se van apagando. Estamos, por tanto, en un momento
de urgencia, en el que seguir siendo racionales, seguir defiendo la razón
humana es probablemente la mejor manera de defender al ser humano mismo. Hay
mucho de humano más allá de la razón, fuera de la misma. Pero también dentro de
ella: no podemos ignorarlo. Más bien es tarea nuestra el revitalizarlo,
asumiendo el viejo lema de la teoría crítica, tal y como fue planteado por
Horkheimer: “introducir razón en el mundo”.
-Vattimo, Gianni y otros, El pensamiento débil, editorial Cátedra, Madrid, 1988.
-Vattimo, Gianni y otros, En torno a la posmodernidad, editorial Anthropos, Barcelona, 2003.
[2] Ver
Foucault, (2003), páginas 53 y siguientes.
[3]
Descartes (1985), páginas 36-37.
[4] La
referencia es de sobra conocida, pero conviene leer por completo Respuesta a la pregunta ¿Qué es Ilustración?
para ver algunos de los problemas que Kant descubre en su tiempo y que en
cierta forma nos obligan a entender la Ilustración como proyecto por realizar,
no como una realidad histórica. Por otro lado, es más que recomendable la
selección de textos kantianos al respecto publicados por la editorial Alba (ver
bibliografía)
[5] Una distinción a
tener en cuenta y que puede ser la clave del debate consiste en separar la
crítica de la razón y la crítica contra la razón. La primera no renunciar a un
uso amplio y extendido de la razón humana, sino que aspira a pulir el concepto,
a enmarcar la razón en un contexto más amplio. En este proyecto cabría incluir
a muchos ilustrados, como el propio Kant, y también a otros que a menudo son
interpretados en clave postmoderna, como los autores de la Escuela de
Frankfurt, particularmente en el proyecto de teoría crítica. Frente a esto, la
crítica de la razón es fundamentalmente destructiva: desconfía de su capacidad
y aspira a su debilitamiento. En la misma modernidad, autores empiristas como
Hume podrían identificarse con esta crítica, así como algunos de los
postmodernos.
[6] Por
otro lado, cabría considerar la función de la razón y su concepción en las
distintas religiones, lo que condiciona, por ejemplo, el desarrollo científico
de la misma. A este respecto, se puede consultar uno de los últimos libros de
Gustavo Bueno (2008): Dios salve a la
razón. Existe mucha información sobre el libro en la red. Se puede leer la
contribución de Bueno al mismo: http://www.nodulo.org/ec/2009/n084p02.htm así como otros detalles, como la presentación
del mismo, entrevistas, recensiones: http://www.fgbueno.es/gbm/gb2008dr.htm
[7] Ver
Adela Cortina (2007).
[8]
Consultar bibliografía.
[9]
Kant, Immanuel (1999), Idea de una
historia universal con propósito cosmopolita. Este opúsculo está también
incluido en la recopilación de la editorial Alba en torno a Kant y la
Ilustración.
2ª época, nº 1
ISSN 1989-7774
ISSN en papel
1696-0734
Depósito legal
ZA-53-2003
Edita: Asociación Cultural "Duererías".
E-mail: duererias@hotmail.com