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DUERERÍAS

                        Analecta philosophiae



Las esquinas de la razón


Fernando Martínez Llorca

[vista en pdf] 


Resumen
: El artículo parte del hecho sorprendente de la comprensibilidad de la realidad para plantear si esa comprensibilidad necesariamente es racional o si existe alguna alternativa.  La pregunta se presenta desde varios puntos de vista: ¿puede haber inteligencia no língüística? Esta cuestión se aborda sugiriendo como posibilidades los casos de animales, niños y deficientes. Otra vía apuntada es la de inteligencias lingüísticas pero no racionales. En ese sentido se sugieren la locura y la meditación como intentos de comprensión al margen del logos más filosófico-científico. Finalmente se alude al comportamiento bélico como conducta humana cuya misma racionalidad resulta cuestionable. En todos los casos se intenta delinear la razón desde una posible exploración de sus fronteras.

  

 
Introducción

Resulta evidente que hay cosas que no conseguimos entender, pero también que alcanzamos a comprender algo de la realidad que nos rodea. Se trata de una interpretación que, cuando menos, funciona: así, por ejemplo, no deja de resultar sorprendente que se cumplan las predicciones de la Física. En el ámbito de lo que llamamos cultura occidental esa lectura que hacemos de nuestro entorno es entendida como ‘racional’ aunque no siempre resulte fácil concretar en qué consiste y cuál es su alcance.

Hace ya algunos años, cuando Nicholas Rescher vino a Salamanca para dar un par de conferencias, mi compañero Juan Omar Cofré le preguntó si pensaba que la realidad era racional o más bien no. Quizá no toda, como pretendía Hegel, al menos parte y, en ese caso, cuál. La cuestión tiene un alcance filosófico que puede relacionarse fácilmente con los problemas de la teleología natural y la providencia religiosa, pero su interés es tan patente que no necesita de más justificación.

El ajuste entre lo que conocemos y la realidad que nos rodea puede ser explicado en función de diferentes visiones: algunos han optado por interpretar que se debe a que la naturaleza actúa conforme a unas leyes idénticas a las que formulamos gracias a nuestras capacidades intelectuales, es decir, o bien ella actúa racionalmente o algo la dirige del mismo modo. Este punto de vista ofrece además una perspectiva consoladora muy apreciada no sólo desde un punto de vista religioso, sino también como argumento plausible desde un racionalismo menos creyente. Simplemente pasa lo mismo que con envejecer: como decía Churchill, la alternativa es peor.

Otra posibilidad consiste en pensar que la realidad externa no tiene por qué ajustarse a ningún tipo de reglas, pero sí lo hace nuestra comprensión de ella. La razón, más que el prisma con el que vemos, unas gafas que podemos poner y quitarnos, son los ojos con los que miramos, el único modo que tenemos de ver.

Probablemente en Kant, mejor que en ningún otro, podemos encontrar una mezcla de ambas posturas cuando propone todo su sistema de formas de la sensibilidad y categorías como redes con las que captamos y comprendemos lo que llega a nuestra mente al mismo tiempo que confía en que el curso de la naturaleza tenga algún tipo de sentido optimista.

El problema es que, en términos que los neopositivistas aplicaban a muchos problemas metafísicos, no parece posible establecer un experimento que nos permita comprobar (ya sea verificar o falsar) cuál de las dos posturas es la correcta.

Pero quizá sí es más viable resolver si existe alguna alternativa posible a la comprensión racional. Dicho de otra manera: ¿entender algo implica necesariamente que lo hacemos de manera racional o hay otras formas posibles?, ¿y, en tal caso, dónde y cómo podemos encontrarlas?, y, a su vez, ¿podemos analizarlas lógicamente?

Lo cierto es que parece que no tenemos posibilidad de escapar de la razón para tratar de contemplar la realidad de otra manera, aunque no deja de haber intentos que equivaldrían al uso de otros sentidos si mantenemos la metáfora de los ojos. ¿Qué imágenes nos muestran los oídos? Claro que también puede ocurrir que nos pongan ante sonidos o que, en el fondo, carezcamos de oídos.

En fin, vamos a plantearnos esa pregunta: ¿tenemos algún conocimiento no ‘racional’, algún tipo de ‘comprensión ilógica’ de la naturaleza o esta última expresión es paradójica? Naturalmente, una cuestión así no es independiente de lo que uno mismo entienda por ‘razón’, de manera que no se nos escapa cierta circularidad en el problema.

 ¿Alternativas a la razón?

Cabría aceptar que lo ‘razonable’ es una alternativa clara y diferente a lo ‘racional’. Pero puede interpretarse simplemente como un cálculo más complejo, parecido a lo que ocurre en el caso de la lógica difusa respecto de la bivalente, en cuyo caso no nos servirá como ejemplo de lo diferente.

¿Qué otras posibilidades hay?: ¿la locura?, ¿los instintos?, ¿la meditación? A veces nos sentimos atónitos ante algo diferente y nos preguntamos qué ‘pensará’ un loco, un bebé o un animal. Sin embargo esa misma perplejidad ilustra una parte fundamental de la dificultad: si no hemos encontrado respuesta es porque, sea lo que sea lo que ‘piensen’, es algo que nos resulta más o menos inaccesible. ¿Es razón?, ¿es diferente?, ¿qué tipo de ‘comprensión’ alcanzan de la realidad? Paradójicamente, la falta de comunicación lingüística no sólo es la dificultad para resolver el problema sino también su génesis: si pudiéramos hablar con ellos seguramente no los veríamos como algo diferente a nosotros. Si la cara es el espejo del alma; y los ojos, un apéndice visible del cerebro, el lenguaje es la cara visible del pensamiento. El lenguaje verbal, tal y como se desprendía de la intuición griega, nos permite juzgar algo como racional y, en ese sentido, conforme a ciertas reglas más o menos difusas. De manera que el término logos, abarcando a la vez razón y lenguaje, quizá funde más que confunde. Así, lo racional, lo lógico, abarca prácticamente todo lo que para nosotros es comprensible.

La misma naturaleza bivalente de la lógica clásica se aplica a la racionalidad y en cierto modo nos encontramos con una valla que parece infranqueable: o está dentro o está fuera. Si existe diferencia entre ‘comprensión’ y ‘racionalidad’ debe ser posible encontrar ejemplos de la primera que no pertenezcan a la segunda. Necesitamos buscar casos en que la explicación lo es pero resulta diferente. Naturalmente, su conocimiento y su manejo además podrían ser extraordinariamente útiles como posibilidad de entender  cosas que hasta hoy no podemos.

Empezaremos por plantearnos la posibilidad asociada al lenguaje: ¿puede haber inteligencia no lingüística y una captación intelectual alternativa? En este caso acudiremos a los animales, los bebés, algunos disminuidos o los locos, pero también a los de ciertas conductas que consideramos geniales, en el ámbito de la ciencia o el arte. Posteriormente abordaremos intentos de ruptura desde dentro, tentativas de un logos ilógico.

             a) Inteligencia no lingüística:

A pesar de su estricta vinculación, no debemos confundir lenguaje e inteligencia: son diferentes. Hay autores, como Oliver Sacks, que señalan que la biología de ambas facultades es distinta y algunas reacciones frente al mundo denotan inteligencia antes de la aparición del lenguaje. Hay factores de la inteligencia que no surgen necesariamente ligados a lo que normalmente consideramos como lingüístico. No todo lo pensamos verbalmente, establecemos relaciones mentales que difícilmente podríamos explicar con palabras. A veces comprendemos algo correctamente y, sin embargo, somos incapaces de contarlo. Todos conocemos la dificultad de comunicar a los demás nuestros sentimientos, por claros que sean.

“Es evidente que el pensamiento y el lenguaje tienen orígenes (biológicos) muy diferenciados, que se examina y se cartografía el mundo y se reacciona frente a él mucho antes de que llegue el lenguaje, que hay una gama inmensa de pensamiento (en los animales y en los niños pequeños) mucho antes de que el lenguaje surja.” (SACKS, Oliver: Veo una voz. Viaje al mundo de los sordos, Madrid, Anaya & Mario Muchnik, 1991 Trad. José Manuel Alvarez Flórez, pp. 62-3)

“Podemos admitir, por tanto que existe una función simbólica más amplia que el lenguaje que engloba, además del sistema de los signos verbales, el de los símbolos en el sentido estricto. Podemos decir, entonces, que la fuente del pensamiento debe buscarse en la función simbólica [...] como el lenguaje no es más que una forma particular de la función simbólica, y como el símbolo individual es, ciertamente, más simple que el signo colectivo, nos es permitido concluir que el pensamiento precede al lenguaje, y que éste se limita a transformarlo profundamente ayudándole a alcanzar sus formas de equilibrio mediante una esquematización más avanzada y una abstracción más móvil.” (PIAGET, Jean: “El lenguaje y el pensamiento desde el punto de vista genético”, Seis estudios de psicología, Barcelona, Barral, 1981, pp. 114 y 115)

Comencemos, pues, por los animales. Hace tiempo que se disputa sobre si la comunicación animal puede ser caracterizada como lenguaje o no y que el debate se asoció al de la naturaleza de la razón. Ya Aristóteles cifró la diferencia entre ellos y nosotros en que tan sólo poseen ‘voz’, que les permite expresar dolor y placer pero, careciendo de logos, no son capaces de hablar de bien o justicia. Quizá uno de los textos filosóficos más conocidos y relevantes al respecto es el que encontramos en la quinta parte del Discurso del método:

“Si hubiese máquinas [...] que semejasen a nuestros cuerpos e imitasen a nuestras acciones cuanto fuere moralmente posible, siempre tendríamos dos medios muy ciertos para reconocer que no por eso son hombres verdaderos; y es el primero, que nunca podrían hacer uso de palabras u otros signos, componiéndolos, como hacemos nosotros, para declarar nuestros pensamientos a los demás, pues si bien se puede concebir que una máquina esté de tal modo hecha, que profiera palabras, y hasta que las profiera a propósito de acciones corporales que causen alguna alteración en sus órganos, como, verbi gratia, si se la toca en una parte, que pregunte lo que se quiere decirle, y si en otra, que grite que se le hace daño, y otras cosas por el mismo estilo, sin embargo, no se concibe que ordene en varios modos las palabras para contestar al sentido de todo lo que en su presencia se diga, como pueden hacerlo aun los más estúpidos de entre los hombres [...] por esos dos medios puede conocerse también la diferencia que hay entre los hombres y los brutos, pues es cosa muy de notar que no hay hombre, por estúpido y embobado que esté, sin exceptuar los locos, que no sea capaz de arreglar un conjunto de varias palabras y componer un discurso que dé a entender sus pensamientos; y, por el contrario, no hay animal, por perfecto y felizmente dotado que sea, que pueda hacer otro tanto. Lo cual no sucede porque a los animales les falten órganos, pues vemos que las urracas y los loros pueden proferir, como nosotros, palabras, y, sin embargo, no pueden, como nosotros, hablar, es decir, dar fe de que piensan lo que dicen; en cambio los hombres que, habiendo nacido sordos y mudos, están privados de los órganos que a los otros sirven para hablar, suelen inventar por sí mismos unos signos, por donde se declaran a los que, viviendo con ellos, han conseguido aprender su lengua. Y esto no sólo prueba que las bestias tienen menos razón que los hombres, sino que no tienen ninguna, pues ya se ve que basta muy poca para saber hablar; y supuesto que se advierten desigualdades entre los animales de una misma especie, como entre los hombres, siendo unos más fáciles de adiestrar que otros, no es de creer que un mono o un loro, que fuese de lo más perfecto en su especie, no igualara a un niño de los más estúpidos o, por lo menos, a un niño cuyo cerebro estuviera turbado, si no fuera que su alma es de naturaleza totalmente diferente de la nuestra. Y no deben confundirse las palabras con los movimientos naturales que delatan las pasiones, los cuales pueden ser imitados por las máquinas tan bien como por los animales, ni debe pensarse, como pensaron algunos antiguos, que las bestias hablan, aunque nosotros no comprendemos su lengua, pues si eso fuera verdad, puesto que poseen varios órganos parecidos a los nuestros, podrían darse a entender de nosotros como de sus semejantes.” (DESCARTES, René: Discurso del método, quinta parte)

 

Vamos a posponer dos asuntos que ya se anuncian el texto: el de las máquinas y el de los locos. En cuanto al primero, la situación actual supera con mucho cualquier sueño que Descartes hubiera podido tener y todo lo que pueda buscarse relativo al mismo test de Turing, la posibilidad de distinguir o confundir máquinas y personas, puede observarse que hablar sirve para ‘dar fe de lo que se piensa’ y, por tanto, de que se piensa. Sin esa fe se queda al margen. De ahí cuánto de equívoco tiene hasta ahora el mismo concepto ‘inteligencia artificial’. Sobre el segundo, Foucault sacará en sus estudios buen partido de su marginación, pero a ello volveremos más tarde.

Centrándonos, pues, en los animales, desde un punto de vista mucho más actual y menos filosófico, Roger Penrose iluminará mejor el argumento alimentando, sin embargo, lo que ahora nos interesa: la vinculación lenguaje-razón.

“Existe una considerable controversia sobre si los chimpancés y los gorilas son realmente capaces de genuina verbalización cuando se les permite utilizar un lenguaje de signos en lugar de hablar de la forma humana normal (lo que ellos no pueden hacer debido a la falta de cuerdas vocales adecuadas). Parece claro, pese a la controversia que estos animales son capaces de comunicar, al menos hasta cierto grado elemental, por estos medios. A mi modo de ver, resulta un poco cicatero por parte de algunas personas el no admitir que esto pueda llamarse "verbalización". ¡Quizá, al negar a los monos la entrada en el club de los verbalizadores, algunos esperan excluirlos del club de los seres conscientes!” (PENROSE, Roger: La nueva mente del emperador, Madrid, Mondadori, 1991, trad. Javier García Sanz, pp. 527-8)

 

Lo cierto es que los animales han ido superando multitud de retos que considerábamos exclusivamente al alcance de la conducta inteligente humana, de modo que casi resulta más fácil reconocer que existe una inteligencia animal, aunque limitada más por la pobreza que por la ausencia lingüística, que no les imposibilita tanto comunicarse con nosotros como consigo mismos. No obstante, su modo de resolver los problemas ha sido caracterizado siempre (con una connotación cuando menos negativa si no llega a despectiva) como instintiva frente a nuestra racionalidad.

Aunque seguimos siendo animales, quizá hablando de razón y lenguaje resulte más interesante el caso de los niños. No sólo porque todos lo hemos sido sino porque su falta de lenguaje verbal es sólo latencia de una capacidad que terminan alcanzando. De nuevo encontramos textos clásicos como el de las Confesiones (I, 8) agustinianas en las que recuerda cómo el condicionamiento le llevó a adquirir el lenguaje, pero creo que sacamos más partido del Emilio:

“El malestar de las necesidades se expresa mediante signos cuando es necesaria la ayuda de otros para evitarlo: de aquí los gritos de los niños. Ellos lloran mucho; eso debe ser. Dado que todas sus sensaciones son afectivas, cuando ellas son agradables, ellos se alegran en silencio; cuando son penosas, lo dicen con su lenguaje y solicitan el alivio. Ahora bien, en tanto que están despiertos, no pueden permanecer en un estado de indiferencia; duermen o están molestos.

Todas nuestras lenguas son obras de arte. Se ha buscado durante mucho tiempo ver si existía una lengua natural y común a todos los hombres; no hay duda de que existe una y es la que los niños hablan antes de saber hablar. Esta lengua no es articulada sino que es acentuada, sonora, inteligible. El uso de las nuestras nos la ha hecho menospreciar hasta el punto de olvidarla completamente. Estudiemos a los niños y muy pronto la volveremos a aprender en su compañía. Las nodrizas son nuestras profesoras en esta lengua; ellas entienden todo lo que dicen sus lactantes; les responden y sostienen con ellos diálogos muy continuados; y cualquier palabra que ellas pronuncien es perfectamente inútil; no es el sentido de la palabra lo que ellos entienden, sino el acento con que va ésta acompañada.

Al lenguaje de la voz se junta el del gesto, no menos enérgico. Este gesto no está en las débiles manos de los niños, está sobre sus rostros. Es asombroso cómo estas fisonomías mal formadas presentan ya expresión; sus rasgos cambian de un momento a otro con una inconcebible rapidez: veis la sonrisa, el deseo, el miedo, nacer y pasar como relámpagos, a cada vez creéis ver un rostro distinto. Ciertamente ellos tienen los músculos faciales más movibles que nosotros. En contraste, sus tiernos ojos no dicen casi nada. Tal debe ser el género de sus signos en una edad en que no existen más que necesidades corporales: la expresión de las sensaciones está en las muecas, la expresión de los sentimientos está en las miradas.

Como el primer estado del hombre es la miseria y la debilidad, sus primeras voces son el llanto y las lágrimas. el niño siente sus necesidades, y como no las puede satisfacer, implora el socorro de los demás por medio de gritos: si él tiene hambre o sed, llora; si tiene demasiado frío o demasiado calor, llora; si tiene necesidad de movimiento y se le tiene en reposo, llora; si quiere dormir y que se le acune, llora. Cuanto menos está atendida su manera de ser, con más insistencia solicita que se la cambie. Él no tiene más que un lenguaje, porque no tiene, por decirlo así, nada más que una clase de malestar: en la imperfección de sus órganos, no distingue sus diversas impresiones; todos los males no constituyen para él nada más que una sensación de dolor.” (ROUSSEAU, Jean-Jacques: Emilio o de la educación, Madrid, Edaf, trad. Luis Aguirre Prado, 1985, pp. 69-70)

 

No deja de ser notable cómo recuerda la caracterización aristotélica de la ‘voz’ animal: sirven sólo para el dolor y el placer. ¿Dónde está el pensamiento? Rousseau, que vincula el origen del lenguaje al de la sociedad, no encuentra en el bebé más que ‘miseria y debilidad’ y una respuesta idéntica ante todo lo que es malestar.

Más actuales son las ideas de Piaget, quien caracteriza la inteligencia prelingüística del bebé como ‘sensoriomotriz’ para contraponerla inmediatamente al ‘pensamiento’ claramente superior y deudor del lenguaje.

“Cuando se compara a un niño de dos a tres años en posesión de expresiones verbales elementales con un bebé de ocho o diez meses cuyas únicas formas de inteligencia son aún de naturaleza sensoriomotriz, o sea, sin otros instrumentos que las percepciones y los movimientos, parece, a primera vista evidente que el lenguaje ha modificado profundamente esta inteligencia en actos iniciales y le ha añadido el pensamiento. Es así como, gracias al lenguaje, el niño es capaz de evocar las situaciones no actuales y liberarse de las fronteras del espacio próximo y del presente, o sea de los límites del campo perceptivo, mientras que la inteligencia sensorio-motriz está casi totalmente confinada en el interior de esas fronteras. En segundo lugar, gracias al lenguaje, los objetos y los acontecimientos ya no son únicamente captados en su inmediatez perceptiva, sino que también se insertan en un marco conceptual y racional que enriquece su conocimiento. Resumiendo, nos vemos tentados, al comparar simplemente al niño antes y después de poseer el lenguaje, a extraer la conclusión, junto con Watson y otros muchos, de que el lenguaje es la fuente del pensamiento.” (PIAGET, Jean: “El lenguaje y el pensamiento desde el punto de vista genético”, Seis estudios de psicología, Barcelona, Barral, 1981, pp. 111-2)

 

Frente a esa tentación, subrayará que la adquisición del lenguaje no es el único responsable de las mencionadas transformaciones y que hay símbolos no verbales capaces de canalizar el pensamiento. Según Piaget, la función simbólica y el pensamiento preceden al lenguaje, si bien éste lo transforma profundamente y le ayuda a alcanzar equilibrio mejorando su esquematización y dotándolo de una capacidad de abstracción más dinámica.

Efectivamente, los testimonios de algunas personas que han adquirido el uso del lenguaje relativamente tarde nos remiten a un pensamiento, aunque sea más primitivo que el nuestro. Theophilus d'Estrella, sordo que llegó al mundo del lenguaje a los nueve años, cuenta en una carta que escribió a William James cómo su experiencia prelingüística se sustentaba en cuadros y señas, aunque fueran toscos. Este fotógrafo y pintor afirmaba con rotundidad que ya pensaba antes, si bien el lenguaje sirvió para poder desarrollar con mayor eficacia sus razonamientos.

Desgraciadamente seguimos sin encontrar un recurso mucho mejor que el propuesto por Rousseau de las nodrizas para comunicarnos con los bebés y todavía los padres y madres se ven obligados a utilizar el ensayo y error para resolver la causa del llanto de su hijo.

Y ¿qué hay de los que consideramos como disminuidos? Conozco algunos casos notables, como el de Hikari Oé, hijo del premio Nobel de Literatura japonés Kenzaburo Oé. Hikari no sabe hablar, leer ni escribir y, sin embargo, compone e interpreta con el piano obras notables. Otros son capaces de percibir cosas que a nosotros se nos escapan, como ocurre con los gemelos de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero: Oliver Sacks narra su capacidad para ‘ver’ números primos. Pero el que más me interesa es el de Birger Sellin. Este autista, que dejó de hablar súbitamente y pareció aislado de su entorno durante mucho tiempo, fue capaz de empezar a escribir frases y pequeños textos hasta proporcionarnos un interesante documento de sus experiencias en Quiero dejar de ser un dentrodemi (Barcelona, Galaxia Gutenberg). ¿Si tenía inteligencia? ¡Hasta había aprendido a leer él solo y había leído libros mientras parecía estar simplemente jugando con sus hojas! Es impactante pensar la cantidad de ocasiones en que la gente puede haber estado compadeciéndolo o criticándolo en su presencia con el convencimiento de que no captaba absolutamente nada. Más aún si imaginamos que eso mismo puede haberse producido en muchos otros casos y seguirá ocurriendo. Pero de sus escritos no entendemos más que lo que se hace racional. El mismo intento de crear palabras como ‘dentrodemi’ para designar el autismo se encuentra más próximo a la modificación de las reglas del lenguaje que a su ruptura. Esto no es extraño a los intentos filosóficos como los de la fenomenología desde Husserl o Heidegger hasta Levinas. Y siempre queda la sensación de necesitar o bien aprender ‘el idioma’ o ‘traducir’ para conseguir comprender. Al final, o se integra la novedad en el lenguaje o cae en el vacío.

Pero si puede dar la impresión de que los animales, los bebés y algunos disminuidos limitan la racionalidad por abajo, como señalaba Aristóteles al hablar de la sociabilidad humana asociada a su logos, también es posible encontrar otros casos en que la frontera parece encontrarse por arriba. Entonces encontramos la genialidad, entendida a partir de una visión positiva de la imaginación. Ya no es la facultad que se reduce a reproducir lo que hemos considerado con los sentidos, como la veía Descartes, sino una capacidad creadora, llegando a la exaltación romántica del mismo Werther y su creador. Quizá el ejemplo del artista sublime e incomprendido toma cuerpo en Van Gogh mejor que en nadie más. Y en el campo filosófico en Nietzsche. Pero no es sólo eso, Penrose recuerda testimonios de científicos que explican cómo piensan sin palabras: Einstein, Galton, Hadamard, Poincaré y el suyo mismo. Aquí recogemos el de Einstein:

“Las palabras o el lenguaje, ya sea escrito o hablado, no parecen desempeñar ningún papel en mi mecanismo de pensamiento. Las entidades psíquicas que parecen servir como elementos del pensamiento son ciertos signos e imágenes más o menos claras que pueden reproducirse y combinarse "voluntariamente"... Los elementos antes mencionados son, en mi caso, de tipo visual y muscular. Las palabras u otros signos tienen  que buscarse laboriosamente sólo en una segunda etapa, cuando el citado juego asociativo está suficientemente establecido y puede ser reproducido a voluntad.” (Carta de Einstein a Hadamard, tomado de PENROSE, Roger: La nueva mente del emperador, Madrid, Mondadori, 1991, trad. Javier García Sanz, p. 525, corregida con la versión que se encuentra en la nota a pie de página número 47 del libro de Sacks Veo una voz)

 
Esta situación se hace aún más clara en el caso de las Matemáticas:

“Encuentro las palabras casi inútiles para el pensamiento matemático. Otros tipos de pensamiento, quizá tales como el filosofar, parecen mucho más adecuados para la expresión verbal. ¡Quizá sea ésta la razón del por qué muchos filósofos parecen ser de la opinión de que el lenguaje es esencial para el pensamiento inteligente o consciente! Sin duda, personas diferentes piensan de modos muy diferentes.” (PENROSE, Roger: La nueva mente del emperador, Madrid, Mondadori, 1991, trad. Javier García Sanz, p. 526)

 
Así pues, nos vemos llevados a admitir que hay pensamiento no lingüístico, pensamiento que puede servir para resolver con una velocidad mayor o una mejor economía de medios situaciones naturales, tal y como vemos en el caso de los animales y los niños, o de un modo alternativo y quizá insano, pero también de una manera brillante.

“Nuestro pensamiento no se limita a los constructos lingüísticos. En realidad, podemos gritar "¡Eureka!" al advertir una feliz conexión de relaciones mentales y, sin embargo, sernos difícil expresarla verbalmente.” (CALVIN, William H.: “Aparición de la inteligencia”, Investigación y ciencia, diciembre 1994, p. 82)


Por lo tanto, sólo si ampliamos el sentido del término lenguaje hasta abarcar Matemáticas, música, imágenes y todo sistema representativo podemos identificar pensamiento y lenguaje. Los músicos profesionales y oyentes expertos emplean para la comprensión de la música el hemisferio izquierdo del cerebro, que es el que ejecuta la mayor parte de nuestras habilidades lingüísticas. Un paso similar de conversión cerebral al sector del lenguaje puede apreciarse en matemáticos, pintores, o jugadores de ajedrez cuando se enfrentan a sus disciplinas particulares.

            b) Inteligencia lingüística:

Y sin embargo da la impresión de que debemos admitir que “el pensamiento no es lenguaje ni simbolismo ni imágenes ni música... pero sin ellos puede morir, prematuramente, en la cabeza” (SACKS, Oliver: Veo una voz. Viaje al mundo de los sordos, nota a pie de página 47, p. 65).

El gran desarrollo de la inteligencia en nuestra especie sólo puede entenderse asociado con el del lenguaje. Los conceptos lingüísticos nos sirven para estructurar el medio ambiente. Pensar y planear son actividades que solemos hacer lingüísticamente, prácticamente hablando con nosotros mismos. Con el aprendizaje de una lengua se incorpora una mejora en la acción: trazamos proyectos y planes, que ponemos en ejecución o no, en función de lo que “nos decimos” que ocurrirá. Su uso correcto incrementa la precisión, nos ayuda a comprender mejor el mundo y nos ahorra la necesidad de acudir a un sinfín de esfuerzos. Una palabra adecuada permite la comprensión y reflexión de algo que, de otro modo, exigiría complejas ejemplificaciones y descripciones. Cada idioma es algo más que la asociación de unas palabras con objetos simbolizados, tiene una estructura que nos enseña a entender el mundo y pensar de un modo determinado: un monte es distinto para un biólogo que para alguien que no reconozca más que “plantas”.

“En el espectro solar, un español, como la mayor parte de los occidentales, distingue entre el violeta, azul, verde, amarillo, naranja y rojo. Pero estas distinciones no se encuentran en el espectro mismo donde no hay más que un todo continuo del violeta al rojo. Este todo continuo se articula de modo diverso según las lenguas. Sin salir de Europa, en bretón y en galés, una sola palabra, glas, se aplica a una parte del espectro que cubre aproximadamente las zonas del azul y verde [...] corresponde a cada lengua una organización particular de los datos de la experiencia. Aprender otra lengua no es poner nuevos rótulos a objetos conocidos, sino acostumbrarse a analizar de otro modo aquello que constituye el objeto de comunicaciones lingüísticas.” (MARTINET, André: Elementos de lingüística general, pp. 18-9, 1984, Gredos, trad. Julio Calonge Ruiz)

 

“El lenguaje es lo más característico de la inteligencia humana: sin la sintaxis -disposición ordenada de ideas verbales-, seríamos poco más avispados que el chimpancé.” (CALVIN, William H.: “Aparición de la inteligencia”, Investigación y ciencia, diciembre 1994, p. 80)

 

“El lenguaje, como nos recuerda Church, no es sólo una facultad o una técnica más sino lo que hace posible el pensamiento, lo que diferencia lo que es pensamiento de lo que no lo es, lo que diferencia lo humano y lo no humano.” (SACKS, Oliver: Veo una voz. Viaje al mundo de los sordos, p. 87)

 

“El lenguaje no es una condición suficiente del éxito intelectual, pero el pensador sin lenguaje está incapacitado cognitivamente. El lenguaje permite al usuario formular conceptos abstractos, hipótesis e inferencias, reglas y principios generales a un nivel de complejidad inasequible al pensador no lingüístico [...].

       Tal vez, la ventaja más importante concedida por el lenguaje sea que nos permite adquirir información no sólo de nuestras propias experiencias personales, sino de la experiencia acumulada de otros usuarios del lenguaje en el presente y en el pasado, dándonos acceso a todo el conjunto de conocimientos de nuestra generación.” (COHEN, G.: Psicología cognitiva, Madrid, Alhambra, 1983, trad. González Labra y José Gil Escudero)

 

“El lenguaje, que comienza siendo un medio de comunicación con los demás, se convierte en un medio para que el niño se comunique consigo mismo, sirviéndole para regular sus acciones. Esta función reguladora, de enorme importancia para la construcción de la inteligencia, tiene raíces biológicas.” (MARINA, José Antonio: Teoría de la inteligencia creadora, Barcelona, Anagrama, 1993, p. 71)

 

“Al aprender el lenguaje, el niño aprende a dirigir con él su acción, manejando el futuro mediante la invención de proyectos.” (MARINA, José Antonio: Teoría de la inteligencia creadora, Barcelona, Anagrama, 1993, p. 78)

 

Como vemos, la importancia del lenguaje para la inteligencia humana es difícil de exagerar y quizá la mejor manera de apreciarlo sea observar lo que ocurre cuando falta, tal y como resume Sacks en su estudio sobre la sordera prelingüística:

“Una deficiencia del lenguaje es una de las calamidades más terribles que puede padecer un ser humano, pues sólo a través del lenguaje nos incorporamos del todo a nuestra cultura y nuestra condición humana, nos comunicamos libremente con nuestros semejantes y adquirimos y compartimos información. Si no podemos hacerlo, estaremos grotescamente incapacitados y desconectados, pese a todos nuestros intentos o esfuerzos o capacidades innatas, y puede resultarnos tan imposible materializar nuestra capacidad intelectual que lleguemos a parecer deficientes mentales.” (SACKS, Oliver: Veo una voz. Viaje al mundo de los sordos, p. 27)

 

Oliver Sacks, a partir de las reflexiones de Hughlings-Jackson sobre sus dificultades para pensar durante un largo periodo en el que vivió sin lengua, señala los riesgos de la tardía detección de la sordera contraída antes de aprender a realizar el lenguaje, y cómo la ausencia del mismo conduce al enclaustramiento de la inteligencia:

“La sordera prelingüística podía ser mucho más terrible que la ceguera. Porque puede situar, si no se evita, en una condición de existencia prácticamente sin lenguaje que debe compararse con la afasia, condición en la que el pensamiento mismo puede descomponerse y empequeñecerse. El sordo sin lenguaje puede en realidad ser como un imbécil, y de un modo particularmente cruel, porque la inteligencia, aunque presente y quizás abundante, permanece encerrada tanto tiempo como dure la ausencia de lenguaje.” (SACKS, Oliver: Veo una voz. Viaje al mundo de los sordos, pp. 39-40)

 

La experiencia del lenguaje es fundamental no sólo para la mejora del pensamiento, sino incluso para el del mismo cerebro, posibilitando el desarrollo del hemisferio izquierdo, que de otra forma puede anquilosarse y recluirnos en unas funciones elementales (como señalar, denominar u organizar la experiencia) características del hemisferio derecho.

En fin, no en vano la Filosofía del siglo XX lleva el debate al plano ontológico y sitúa su papel en lo más alto: para Heidegger, “el lenguaje es la casa del ser” (Carta sobre el humanismo. Madrid, Taurus, 1960. p. 40) y según Wittgenstein “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” (Tractatus, 5.6).

Pero nos queda por explorar si hay alguna inteligencia lingüística que podamos considerar irracional. Y aquí se me ocurre un caso en que las dudas se refieren a si se cumplen los requisitos de inteligencia y racionalidad. Precisamente por eso, por las dudas que genera y cómo pueden ayudarnos a situarnos en el debate es por lo que resulta relevante a la hora de intentar entender mejor que lo que consideremos como racionalidad. Me refiero a la locura, al discurso enajenado y de difícil interpretación, a esos seres que no parecen actuar de una forma ni siquiera razonable, que han salido de los muros de la razón. Su inclusión, exclusión o reclusión será precisamente no sólo uno de los síntomas de su valoración, sino también un elemento fundamental en su consideración. Hobbes pensaba que la locura consiste simplemente en tener pasiones excesivamente presentes, más fuertes y vehementes de lo ordinario (Leviatán, I, 8). Pero Foucault, a partir de sus estudios sobre los confinamientos y envuelto en un análisis del poder y el discurso, fue consiguiendo una descripción más interesante:

“Pienso en la oposición entre razón y locura. Desde la más alejada Edad Media, el loco es aquel cuyo discurso no puede circular como el de los otros; su palabra es considerada nula y sin valor, que no contiene ni verdad ni importancia, que no puede testimoniar ante la justicia, no puede autentificar un contrato, o ni siquiera, en el sacrificio de la misa, hacer del pan un cuerpo; en cambio […] se le confiere extraños poderes como el de enunciar una verdad oculta, el de predecir el porvenir […] en Europa, durante siglos, la palabra del loco no era escuchada o si lo era, recibía la acogida de una palabra portadora de verdad […]. De todas formas, excluida o secretamente investida por la razón, en un sentido estricto, no existía.” (El orden del discurso, lección inaugural, Collège de France, 1970)

 

“El bufón era aquel que voluntaria o involuntariamente —es prácticamente imposible saberlo—, era un individuo marginal al que precisamente no se le pedía que se plegara ni a las reglas de la familia (era muy a menudo soltero), ni a las reglas del trabajo. Tenía esencialmente como papel decir determinadas cosas que habitualmente un individuo que ocu­para un estatus normal en la sociedad no podía decir. Lo que los de­más no podían decir, el bufón se encargaba de decirlo. El bufón decía a la gente sus verdades, servía igualmente de consejero, debía predecir el futuro, desenmascarar las mentiras, ironizar sobre los engreídos, etc. El bufón era, en cierto modo, la verdad en estado li­bre, pero una verdad suficientemente desarmada, suficientemente irónica para ser recibida sin herir ni tener el mismo efecto que si proviniera de alguien normal. El bufón era la institucionalización de la palabra loca. […] Se podría igualmente mostrar la importancia del loco en el teatro desde la Edad Media hasta el Renacimiento. El loco ocupa en el teatro una posición privilegiada: el loco sobre el escenario es el que de antemano dice la verdad, el que la ve mejor que la gente que no está loca, el que está dotado de una segunda vista. Pero, en todas estas obras de teatro, ya se trate de Shakespeare o del teatro barroco francés de comienzos del XVII, este loco que ve las cosas me­jor que los personajes más sensatos, nunca es escuchado, y sólo una vez acabada la obra es cuando uno se percata retrospectivamente de que ha dicho la verdad. El loco es la verdad irresponsable.” (“La locura y la sociedad”, en Foucault (M.) y Watanabe (M.), Tetsugaku no butai, Tokio, Asahi-Shuppansha, 1978)

 

En cierto modo, se recupera la bendición/maldición de Casandra. Durante el periodo medieval y renacentista, en Europa, “la locura fascina porque es saber. Es saber, ante todo, porque todas esas figuras absurdas son en realidad los elementos de un conocimiento difícil, cerrado y esotérico.” (FOUCAULT, Michel: “Stultifera navis”, Historia de la locura en la época clásica, Madrid, FCE, 2ª ed. 1979, trad. Juan José Utrilla, p. 39).  “¿Qué anuncia el saber de los locos? Puesto que es el saber prohibido, sin duda predice a la vez el reino de Satán y el fin del mundo; la última felicidad es el supremo castigo; la omnipotencia sobre la Tierra y la caída infernal” (Id., p. 40).

Pero la situación cambia con el ascenso de la burguesía, la nueva visión del trabajo como clave en la consideración moral de los individuos y el confinamiento de los locos junto a los delincuentes e inmorales. Así lo resume en “La locura y la sociedad”:

“Me pregunto si no se podría estu­diar el racionalismo clásico o, de un modo más general todavía, el sistema de racionalidad de nuestras sociedades, de las sociedades que nos son contemporáneas, si no se podría examinar, analizar ese sistema de racionalidad estudiando, al mismo tiempo que el siste­ma positivo de racionalidad, el sistema negativo de la exclusión: ¿qué forma de locura se excluye?, ¿cómo se excluye la locura?, ¿cómo se recorta y se traza un límite entre lo que es razón y locura? Tal vez sea precisamente situándose en este eje del límite, en esa frontera, en ese filo de la navaja entre la razón y la sinrazón, entre la locura y la no-locura, como se podrá comprender a la vez lo que una sociedad reconoce y admite positivamente y lo que por esa mis­ma sociedad, por esa misma cultura, es excluido y rechazado.”

“Considero que en nuestras sociedades […] el loco se define esencialmente a partir de cierto estatus de exclusión con respecto al trabajo. El loco es aquel que no trabaja o aquel que no tiene «esta­tus ocupacional», como dirían los sociólogos en su perverso, preci­so y definido vocabulario. En la Edad Media, en Europa, ¿cómo se caracterizaba al loco? Era esencialmente el personaje móvil, es de­cir, alguien que no pertenecía a ningún lugar ni a ningún señor, al­guien que no estaba ligado a una ciudad como ciudadano, alguien que circulaba de ciudad en ciudad, de castillo en castillo o de hogar en hogar, errante por excelencia, tan marginal desde el punto de vis­ta geográfico como desde el punto de vista jurídico, era alguien al que no se podía atribuir ni una profesión ni una propiedad ni una pertenencia. De una manera mucho más precisa, desde el siglo XVII, el loco ha sido definido esencialmente a partir de su incapacidad para trabajar.”

 Pero desde el punto de vista filosófico, como Foucault subraya, la postura predominante de la filosofía moderna se refleja en la primera de las Meditaciones de Descartes. Allí recuerda casos como el quijotesco de El licenciado vidriera (que veremos aparecer tiernamente en la película Amelie) y los excluye de todo lo razonable, de manera que “se ha trazado una línea divisoria, que pronto hará imposible la experiencia, tan familiar en el Renacimiento, de una Razón irrazonable, de una razonable Sinrazón” (FOUCAULT, Michel: “El gran encierro”, Historia de la locura en la época clásica, Madrid, FCE, 2ª ed. 1979, trad. Juan José Utrilla, p. 78)

Ante ellos nos encontramos desconcertados y, a veces, hasta envidiosos. El pensamiento lógico y racional, plagado de normas y casi inevitablemente ligado a un rigor moral, frecuentemente nos hace sentir constreñidos y deseando una liberación como la del protagonista de Alguien voló sobre el nido del cuco. Tal vez simplemente la felicidad asociada a la locura de amor o la más breve de los productos desinhibidores y euforizantes. Así lo cuenta Oliver Sacks después de describir el drama de la lobotomización:

“El peso de la conciencia, la conciencia y los escrúpulos, el peso del deber, la obligación y la responsabilidad, pueden presionarnos a veces con una fuerza insoportable, de tal modo que anhelemos una liberación de sus aplastantes inhibiciones, de la cordura y la sobriedad. Ansiamos unas vacaciones de nuestros lóbulos frontales, una fiesta dionisíaca de los sentidos y los impulsos. Que ello es una necesidad de nuestra naturaleza constreñida, civilizada e hiperfrontal ha sido reconocido en todas las épocas y en todas las culturas. Todos necesitamos tomarnos unas vacaciones de nuestros lóbulos frontales: la tragedia se produce cuando, como el caso de Phineas Gage o de Grez, a causa de un accidente o una enfermedad grave no hay regreso de esas vacaciones.” (SACKS, Oliver: “El último hippie”, Un antropólogo en Marte, Barcelona, Anagrama, 1997, trad. Damián Amalou)


 ¿Racionalidad ilógica?

Pero se me ocurre al menos un caso más que podemos valorar: la meditación del tipo que encontramos en el misticismo. La cultura zen se propone deliberadamente romper con las reglas de la lógica para alcanzar un tipo de comprensión diferente, y quizá superior, pero también podemos encontrar testimonios dentro de la tradición occidental en la mística española, cuando Juan de la Cruz no sabía dónde entraba, entendía no entendiendo toda ciencia trascendiendo (Coplas hechas sobre un éxtasis de harta contemplación).

Entréme donde no supe
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

 

Yo no supe dónde estaba,
pero, cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

 

De paz y de piedad
era la ciencia perfecta,
en profunda soledad
entendida, vía recta;
era cosa tan secreta,
que me quedé balbuciendo,
toda ciencia trascendiendo.

 

Estaba tan embebido,
tan absorto y ajenado,
que se quedó mi sentido
de todo sentir privado,
y el espíritu dotado
de un entender no entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.

 

El que allí llega de vero
de sí mismo desfallece;
cuanto sabía primero
mucho bajo le parece,
y Su ciencia tanto crece,
que se queda no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

 

Cuanto más alto se sube,
tanto menos se entendía,
que es la tenebrosa nube
que a la noche esclarecía:
por eso quien la sabía
queda siempre no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

 

Este saber no sabiendo
es de tan alto poder,
que los sabios arguyendo
jamás le pueden vencer;
que no llega su saber
a no entender entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.

 

Y es de tan alta excelencia
aqueste sumo saber,
que no hay facultad ni ciencia
que la puedan emprender;
quien se supiere vencer
con un no saber sabiendo,
irá siempre trascendiendo.

 

Y, si lo queréis oír,
consiste esta suma ciencia
en un subido sentir
de la divinal esencia;
es obra de su clemencia
hacer quedar no entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.


 No cabe duda de que nos habla de un saber que él considera sublime y capaz de dotar de una comprensión muy superior a la que ofrecen las ciencias. Pero también de algo enigmático y contradictorio, difícil de transmitir, que nos deja balbucientes e ignorantes.

En el ámbito oriental encontramos algo similar: las enseñanzas tántricas y budistas confían en los koan para romper el discurso lógico como vía del aprendizaje. Hoffstädter (Gödel, Escher, Bach) habla de ellos.

Un kōan (公案; Japonés: kōan, Chino: gōng-àn) es, en la tradición zen, un problema que el maestro plantea al novicio para comprobar sus progresos. Muchas veces el koan parece un problema absurdo, ilógico o banal. Tienen el propósito de desconcertar el pensamiento discursivo lógico-racional y provocar un shock mental que lleve a un aumento de conciencia (despertar). Para resolverlo el novicio debe desligarse del pensamiento racional y, según el budismo, aumentar su nivel de conciencia. Hay que aclarar que un koan no es un acertijo, y aunque en la literatura hay respuestas ortodoxas, dependiendo de las circunstancias en que el koan es formulado puede variar la respuesta apropiada, dado que no se trata de conseguir acertar, sino de mostrar los progresos en la comprensión zen y su aplicación diaria.

“En el Zen uno busca la iluminación o SATORI –el estado de “No-mente”. En ese estado uno no piensa acerca del mundo –uno simplemente es.” (“Una ofrenda MU”, Gödel, Escher, Bach. Un Eterno y Grácil Bucle, Barcelona, Tusquets, 4ª ed. 1992, trad. Mario Arnaldo Usabiaga Bandizzi y Alejandro López Rousseau)

 “Un koan es una historia acerca de los maestros Zen y sus aprendices. A veces es como una adivinanza, otras veces como una fábula y otras como nada que uno haya oído nunca antes.”

 “El zen es una arena movediza intelectual: anarquía, oscuridad, sin sentido, caos. Atormenta y enfurece. Y sin embargo es jocoso, refrescante, seductor. El zen tiene su propia clase específica de significación, de lucidez y de claridad. […]

Uno de los principios básicos del budismo zen es que no hay modo de caracterizar qué es el zen. Por más extensión verbal que se dedique a abarcar al zen; éste se resiste, y permanece más allá. Podría parecer, entonces, que todos los esfuerzos por explicar el zen son irremediables pérdidas de tiempo. Pero los maestros del zen no piensan así. Por ejemplo, los koans zen son una parte central del estudio del zan, y son pensamiento verbal. Se considera que los koans son “disparadores”; aunque no contengan información suficiente como para, por sí mismos, infundir la iluminación, sí es posible que puedan bastar para poner en acción los mecanismos internos del entendimiento que conduzcan a la iluminación. En general, sin embargo, la postura del zen es que las palabras y la verdad son incompatibles o que, al menos, no hay palabras que puedan capturar la verdad.” (cap. IX “Mumon y Gödel”)

 

Y así concluye esta visión recogida por Hofstädter y que pretende situar la meditación no tanto al margen sino por encima de la comprensión racional: “Únicamente si uno se aparta de la lógica, así dice la doctrina, es posible brincar hacia la iluminación.”

 La sinrazón

Pero la variabilidad humana nos ofrece también otro tipo de discurso opuesto al anterior. Uno que ha sido calificado frecuentemente como sinrazón, aunque no se desarrolla al margen de nuestras cualidades más racionales, sino todo lo contrario, que las utiliza y desarrolla tanto como es posible. Me refiero a la violencia  extrema, como la bélica. Las guerras son hijas monstruosas de la civilización, pero hijas al fin y al cabo. Y la Filosofía no evita mirarlas a la cara y tratar de ‘entender’ su horror.

No deja de ser interesante que históricamente la mayor parte de las veces que se han referido a ellas, los filósofos han tratado más bien de captar sus claves y averiguar cuándo y cómo están ‘justificadas’.

Quizá el caso más conocido y notable es también uno de los más antiguos. Para Heráclito la guerra es el padre y el rey de todas las cosas. Y Platón, siguiéndole y preludiando a Hobbes, dice:

“Durante su vida todos están continuamente en guerra contra todas las ciudades […] pues lo que la mayoría de los hombres llaman paz lo es sólo de nombre. En realidad, hay siempre por naturaleza una guerra no declarada de todas las ciudades contra todas. […] En público todos son enemigos de todos y en privado cada uno es enemigo de sí mismo […]. El vencerse a sí mismo es la primera y mejor de todas las victorias y el sucumbir a sí mismo es lo más vergonzoso de todo y, a la vez, lo peor. Esto indica que en cada uno de nosotros hay como una guerra de nosotros mismos contra nosotros mismos” (Leyes, I, 625e-626e).

 

Durante la Edad Media incluso el Cristianismo no sólo justificó los conflictos bélicos, sino que llamó en ocasiones a las Cruzadas y la Guerra Santa. El canonizado Bernardo de Claraval señalaba en su Elogio de la nueva milicia templaria que quien mata a un pecador en defensa de los buenos no es un homicida, sino un malicida.

Es necesario avanzar hasta el Elogio de la locura de Erasmo de Rótterdam para encontrar una crítica sin matices a este tipo de empresas: “¿Hay algo más descabellado que lanzarse a una lucha de este tipo sean cuales sean las razones, si las partes en contienda sacan siempre más daño que provecho?” (23).

Pero quizá una de las actitudes más sorprendentes es la de Kant, quien, en su intento por comprender la racionalidad y la función de las empresas bélicas integrándolas en una visión optimista en que la naturaleza nos conduce a un fin mejor, llegó a considerarlas como un mecanismo al servicio de la naturaleza para obligar al hombre a mejorar y progresar (Idea de una historia universal con propósito cosmopolita). Y así la reconoce Miguel de Unamuno como el factor más completo de progreso (Del sentimiento trágico de la vida, VI), que pone en contacto a los pueblos haciendo no sólo que se conozcan, sino que se quieran (Ibid., VI).

Lo cierto es que el dramatismo de las últimas guerras ha llevado a reconocerlas como algo inhumano, reclamando una militancia antiviolenta como lo propio y más excelso de nuestra especie. Probablemente sólo la aceleración de nuestra capacidad destructiva ha hecho de actitudes como la de Gandhi algo admirable y nos puede mover a situarlas fuera de lo racional.

 Finalizando

Y concluyendo sólo en el sentido de terminando, nos encontramos con pensamientos no lingüísticos, con lenguajes que escapan deliberada o involuntariamente a la lógica, con genialidades e incongruencias, comportamientos místicos y violentos de difícil catalogación en el ámbito de la racionalidad. Y los vemos desde las atalayas del muro que separa la razón de sus fosos y la campiña. Pero quizá la metáfora sea inexacta. Cuando menos hay que reconocer que somos capaces de rediseñar nuestras defensas, capaces no sólo de ver el exterior y hacer incursiones, sino de ampliar el territorio amurallado. Iustiniani, el experto en poliorcética, no pudo mantener ni siquiera Constantinopla al abrigo.

Queda, en último término, recordar lo que Rescher respondía a mi amigo cuando le preguntó si era necesario asumir algún tipo de racionalidad en la naturaleza para explicar la comprensión que de ella tenemos: “somos capaces de entender sobrios lo ebrio”.







2ª época, nº 1
ISSN 1989-7774


ISSN en papel 1696-0734
Depósito legal ZA-53-2003
Edita: Asociación Cultural "Duererías".
E-mail: duererias@hotmail.com




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