«Nosotros,
los humanos, estamos embarcados en un irremediable embarque, desde cuya
irremediabilidad procuramos fingirnos viajeros y navegantes en un continuo
conato de superación y olvido del hecho bruto de flotar. Flotantes desde el
absurdo hacia el absurdo, somos, en cuanto criaturas existentes, simples
conatos de racionalidad.»
Enrique Tierno Galván en Benito Cereno o el
mito de Europa.
El punto de partida se sitúa en la conformidad, sin entrar en más
detalles, de que la acción humana que fue, y es, puede ser racional o no serlo.
Sobre esta última acción humana, ya sea individual o colectiva, considerada
como no racional no cabe, a nuestro juicio, interpretación de la misma como
carente absolutamente de sentido. En muchos casos, acciones o creencias de
otras culturas que habían sido percibidas como algo caótico, azaroso, anecdótico
o extravagante emergen, después del análisis antropológico, como dotadas de una
determinada lógica, sea esta funcional, estructural o, en muchos otros casos,
semántica y simbólica[1]. Pero alcanzar esta conclusión
no es asunto fácil. En el proceso aparecen espinosos problemas tanto
antropológicos como epistemológicos que dificultan el esclarecimiento de las
acciones y creencias aparentemente irracionales de otros grupos con los cuales
no nos sentimos identificados.[2] La atribución de racionalidad o de
irracionalidad supone necesariamente una evaluación de esas otras experiencias,
y no es, desde luego, nada sencillo encontrar un camino epistemológico de
conexión. Aún así podemos hablar de dos principios para llevar a cabo esta
evaluación, el primero de ellos es el denominado principio de caridad, que se
aplica suponiendo que la mayoría de las creencias o acciones observadas desde
la lejanía cultural tienen algún sentido, son solo irracionales en apariencia
fuera del marco del supuesto puente interpretativo. Grandy, crítico con este
principio, al valorarlo comenta que “es mejor atribuir a las creencias una
falsedad explicable, que puede ser corregida, que una verdad misteriosa”.
Acorde a esta postura, propone otro principio descrito como el de humanidad y
que aparece basado en la atribución de semejanza a las creencias, deseos y
acciones humanas sin valorar ninguna de las circunstancias diferenciadoras, de
un modo similar a como se establece la universalidad ilustrada. Estos
principios, sin ser excluyentes, se encuentran dominados más por el deseo de
entender y de minimizar la ininteligibilidad, que por el afán de aplicar la
racionalidad al comportamiento de los otros.
El análisis de estas acciones humanas así como la discusión sobre su
racionalidad o no merecen una consideración aparte y más amplia que dejaremos
para otra ocasión. De tal modo que ahora debemos concentrarnos en ese momento
fugaz, como comentaba Tierno Galván en el texto inicial, de los conatos de
racionalidad que nos obligan a entrar de lleno en el tema.
Al abordar el asunto de la racionalidad y la transformación social John
Elster se pregunta: ¿Puede haber intencionalidad sin racionalidad? Insiste bajo
otra formulación, ¿puede existir racionalidad sin que exista previamente
intencionalidad?[3] En este caso nos resulta
especialmente interesante la segunda pregunta, ya que ofrece algunos elementos
relevantes para nuestro propósito. Durante varios decenios la elección de las
conductas humanas se ha considerado adecuada si estas resultaban funcionales
para el mantenimiento del sistema en el que se llevaban a cabo. El pensamiento
de los antropólogos clásicos como Malinowski o Radcliffe-Brown así lo
certifica, y no cabe, por tanto, hablar de intencionalidad en la vida social.
El funcionalismo antropológico interpreta la acción humana desde presupuestos
originarios documentados etnográficamente, por oposición, al llamado estado de
naturaleza de los filósofos ilustrados, quienes proyectan la representación
imaginada más allá de la realidad conocida. El elemento distintivo de la citada
interpretación de la acción humana es su valor como acción colectiva, donde la
acción individual carece de sentido como tal, y es el sistema en el que está
inserta el que la dota de sentido, incluso aunque esta acción sea distintiva, o
no coincidente con la acción colectiva. La idea moderna de racionalidad, como
veremos más adelante, supera esta idea holística de la acción, y concede un
valor casi único al individuo y al individualismo como soporte de sentido para
la explicación del acto humano.
A pesar de esto, el funcionalismo no logra superar, a nuestro juicio la
llamada paradoja provocada por la ley de consecuencia, y que aplicada al
pensamiento antropológico abre nuevas vías de interpretación para la acción
humana, así como nuevas dimensiones a la racionalidad. El complejo problema del
funcionalismo deriva de la imposibilidad de salir del círculo creado al usar lo
que se pretende explicar como explicación, tal y como Cohen describe en el
modelo lógico conocido como la falacia del consecuente, y que describimos del
siguiente modo: A implica B, si B, por
consiguiente A.
A partir de aquí se abren otras posibilidades para la acción humana que
se encuentran basadas en la intencionalidad y en el interés mostrado en la
elección de los medios para la consecución de los fines deseados. Según este
camino la intencionalidad conduce directamente a un modelo de racionalidad
moderna que niega la posibilidad de que sirva cualquier medio el elegido, y que
determina que ha de ser el mejor de todos ellos, entre los que se creen
disponibles, el elegido. Si no es así, la acción humana no es racional.
De esta idea que vincula la racionalidad con la optimización o la
optimalidad se extraen dos consecuencias de enorme importancia para nuestro
propósito. La primera de ellas remite a la exclusividad de la acción
individual, de tal forma que presupone, bajo una lente modernocéntrica, una
postura social basada en “el individualismo” como punto de partida natural para
la acción racional, así como también, la universalización en el comportamiento
humano, siempre y cuando concurran las mismas metas bajo las mismas creencias.
Dicho de otro modo, podríamos considerar que bajo la idea de la racionalidad
humana se esconde el presupuesto del individualismo natural y la suposición del
comportamiento idéntico en condiciones idénticas, y la negativa, por tanto, a
admitir otros elementos determinantes en la decisión.
Consideramos, por tanto, que ambos presupuestos no se dan, tal y como se
presuponen, es decir, que el individualismo como marco para entender la acción
electiva es un producto cultural que tiene un larguísimo recorrido histórico,
pero que se agudiza a través de las formas generadas por el capitalismo como
forma de producción económica y de reproducción social; y que la generalización
de las acciones humanas no es tal. Es también diversa culturalmente, afectando
con ello a la idea misma de racionalidad. Junto a todo esto cabría añadir que,
además, la vida social ofrece diversos ejemplos que mostrarían que estos
presupuestos no se dan de forma rigurosa, contribuyendo con ello a la formación
de un modelo de razón que consideramos social.
Insistir en esta racionalidad, ofrecer para la misma un sustento
antropológico tiene que ver con lo que Lèvi-Strauss llamó la aparición del
tercer humanismo. Bajo esta denominación se encuentra la consideración del
humanismo como un estado final de un proceso que asume ideologías desarrolladas
en momentos históricos anteriores de un modo casi imperceptible. Así el propio
antropólogo francés establece el primer humanismo en el momento en el que se
asume el redescubrimiento de la Antigüedad, la aparición de un nuevo mundo
americano con hombres diferentes, y la novedosa reflexión renacentista sobre
todos estos cambios.
El segundo impulso conformador del Humanismo se lleva a cabo en los
siglos XVIII y XIX y se encuentra directamente vinculado con los progresos de
la explotación geográfica que permiten agrandar el mundo cultural e incorporar
al conocimiento general otras formas de vida como son las de China y
Entender por qué el individualismo es una noción cultural solamente se
puede abordar desde la comparación con sociedades que carezcan de tal ideología
como es, por ejemplo, el caso de la India, sociedad que el antropólogo francés
estudió durante más de veinte años y que describe en su obra Homo hierarchicus.
Desde el punto de vista de los valores, la sociedad de
“En la concepción holista, las necesidades del
hombre como tal son ignoradas o subordinadas mientras que por el contrario, la
concepción individualista ignora o subordina las necesidades de la sociedad.
Pues bien, entre las grandes civilizaciones que el mundo ha conocido ha
predominado el tipo holista de sociedad. Incluso da la impresión de haber sido
la regla, con la única excepción de nuestra civilización moderna y su tipo
individualista de sociedad”
A través de la comparación Dumont establece algunos rasgos propios del
individualismo moderno como ideología propia de un contexto local y
culturalmente definido. Destaca en su obra la relación existente entre esta
ideología individualista y la emergencia de la racionalidad económica como
modelo de racionalidad humana. A pesar del interés del pensamiento de Dumont,
consideramos que el individualismo ha dado lugar a otras dimensiones de la
racionalidad que son determinantes para el mundo moderno, como la racionalidad
democrática, que el antropólogo francés no menciona. Expone, por tanto, que el
elemento más importante en la configuración del modelo de razón moderna es la
emergencia de la categoría de riqueza de forma autónoma y relativamente unificada,
que conlleva la distinción y posterior separación de los aspectos políticos y
morales, relacionados con el poder y la vida humana, de los elementos
económicos, relacionados con la producción, la reproducción social y el
intercambio. La ausencia de esta distinción caracteriza a las sociedades
primitivas o periféricas que han de contribuir a la formación del tercer grado
del humanismo. Esta emergencia de lo económico como esfera humana aislada es
considerada, por tanto, como el germen del individualismo y el sustrato de la
racionalidad moderna en su dimensión económica.
Las dificultades aparecen al abordar el estudio de los comportamientos
humanos en sociedades primitivas, precapitalistas o con economías mixtas bajo
la lente de la racionalidad moderna. Los análisis se ven forzados a postular
racionalidad en comportamientos que no encajan en los presupuestos económicos
modernos de maximización del beneficio o de la creencia ciega en el principio
de escasez como han realizado antropólogos formalistas. Tal vez la crítica
mirada antropológica nos incite, con ayuda de la comparación con otros seres
humanos pobladores de sociedades distintas, a considerar como excepcional lo
que muchos investigadores consideran como natural y universal, y, con ello, a
desvelar los principios que han dado lugar a esta dimensión de la racionalidad
moderna. En concreto, la crítica del pensamiento sustantivista sobre el
formalista, cuando alude a los comportamientos económicos en sociedades
periféricas, se basa en dos ideas que nos parecen muy destacadas y que
desarrollaremos a continuación: la primera de ellas tiene que ver, como hemos
comentado ya, con la emergencia separada de la categoría de lo económico frente
a lo político y lo moral. Y, la segunda, supone la superación de las teorías
contractuales y el estado de naturaleza ilustrado, así como las visiones de la
sociedad primitiva que describe Morgan para recrear un estado de naturaleza
nuevo a través del mito moderno de Robinson Crusoe.
Como hemos esbozado anteriormente, esta nueva visión que ofrece la lente
antropológica[4] considera excepcional el
desarrollo único que llamamos moderno, de tal forma que la tarea comparativa
central consiste en dar cuenta de esta nueva forma de racionalidad dominante
que presenta una profunda discontinuidad denominada por algunos autores como
“la gran transformación”[5]. Resulta enriquecedor indagar en
la aparición autónoma de esta parcela de las acciones humanas que limita su
inclusión en el orden social como un elemento más de un conglomerado de sistemas,
cuyo orden venía determinado por un planteamiento holístico, lo que conocemos
en antropología como sistemas incrustados. De tal manera que el sentido de un
sistema o parcela de la realidad está condicionado por los demás, de modo que
no es posible separar el orden moral, del orden político o del económico, y la
racionalidad que domina la acción en este sistema es una racionalidad de orden
social dirigida a la reproducción social. En cambio, a partir de la teología
medieval y con ayuda de los mercantilistas encabezados por Adam Smith las
acciones humanas que tienden a la riqueza van aislándose del resto de los
sistemas sociales creando, por tanto, una nueva lógica a lo que algún
contemporáneo califica como “la armonía natural de los intereses”.
Fuera del marco holístico, y en dura pugna por aislarse de lo político y
de lo moral, esta dimensión humana reclama, como no puede ser de otro modo, la
suposición de una coherencia interna del sistema y de los elementos que la
componen en relación con él. Y es, de este modo, como esta lógica autónoma y un
tanto artificial fue designada como modelo de racionalidad humana a partir del
llamado principio de escasez y de maximización, minusvalorando otras
dimensiones presentes de forma habitual antes de “la gran transformación”, y
que aún se encuentran presentes, no sólo en lugares aislados, sino en la misma
sociedad contemporánea.
Desde luego el tránsito es de una enorme importancia. Una vez que el
ámbito económico se encuentra desligado de los sistemas tradicionales en los
que se encontraba inserto, el valor de las decisiones individuales crece, hasta
convertirse en el valor supremo[6]. El reto para las ciencias
sociales consiste en la superación del atomismo social, como lo fue para
Descartes la superación del solipsismo del pensamiento. No se puede, desde
luego, eludir esta cuestión que el propio Adam Smith aborda a través de
elementos muy poco definidos como la famosa “mano negra del mercado”, o la
existencia de “vicios privados, beneficios públicos” que cita Mandeville. En
este sentido podríamos decir que la sociabilidad ha quedado tocada, y no se
encuentra hundida del todo gracias a la existencia de dimensiones distintas de
la racionalidad que conviven muchas veces de forma imperceptible con la lógica
maximizadora. Los dos tratados sobre el gobierno civil de J. Locke muestran el
momento de ruptura y subordinación de lo económico respecto a lo político; del
mismo modo, que el escrito sobre la fábula de las abejas de Mandeville marca el
camino de separación del sistema económico del ámbito de la moralidad.
Conviene, por tanto, insistir en que esta emergencia de la racionalidad
económica emancipada de los yugos de la política y de la moral ha configurado
un modelo sobre la naturaleza humana contradictorio en muchos casos, tanto con
la experiencia pasada como con la contemporánea.
La representación que mejor ofrece la nueva perspectiva se encuentra en
el personaje de la novela de Daniel Defoe, Robinson Crusoe, quien, desde la
individualidad solitaria, reconstruye en primer lugar su relación con las cosas
y el entorno que le rodea, para, a continuación, construir su relación con el
otro; vínculo que no deja de ser en muchos casos fruto de una decisión racional
entre otras y que implica un habitual ejercicio de voluntad sometido también a
la natural y tan habitual pereza social.
La situación de Robinson en la isla que él mismo denomina de la
Desesperación posee un fondo inequívocamente religioso, intuido de forma muy
sutil ya por Max Weber. El hombre crecido y educado en la civilización, pero
esquivo con algunas normas socialmente establecidas es arrojado por la
tempestad al salvajismo, al aislamiento permanente como lugar de redención.
Hasta aquí nada diferente de los retiros monacales o anacoretas conocidos. Sin
embargo la situación robinsoniana tiene otra lectura de tipo económico y
vinculado con la racionalidad moderna. En la isla se encuentra el ciudadano de
York en un estado de naturaleza artificial, pero que remite tanto a la vieja
tradición ilustrada, como a la reciente realidad antropológica[7]. En este estado de naturaleza el
hombre en soledad se afana por sobrevivir con la ayuda de la fuerza de su
trabajo y en un contexto donde las relaciones de producción no existen, al
menos inicialmente. Esta soledad no resulta anecdótica sino esencial y pone de
manifiesto la cara y la cruz del individualismo moderno.
El antropólogo mexicano Roger Bartra pregunta de un modo muy atinado,
cómo es que el personaje mítico más representativo del nuevo “Homo economicus”
es presentado como un ser reducido a un mero estado de naturaleza, como si
fuera un verdadero “Homo sylvestris”. La pregunta encierra una respuesta de
tipo retórico, podríamos decir que no podía ser de otro modo teniendo en cuenta
el peso de la tradición. Robinson Crusoe no es el buen salvaje, sino que es un
ciudadano de York convertido en salvaje con la intención de dotar de
naturalidad primigenia este comportamiento racional que aparece en la historia
desde el primer momento.
“Así que me puse a trabajar. Debo observar aquí del
mismo modo que la razón es la esencia y el origen de las matemáticas, se
formulan y se encuadran las cosas dentro de la razón y se las juzga
racionalmente, todo hombre puede, con el tiempo dominar cualquier arte
mecánica”[8]
Por tanto este estado natural en el que cae Robinson no sólo es un
castigo, sino que es una prueba, al estilo de los anacoretas que comentábamos
anteriormente. Pero el poder del símbolo radica en que no se convierte en un
sumiso monje protestante, sino que renace para exaltar su individualidad y su
autonomía. La prueba, como afirma Bartra, ha consistido en experimentar una
condición salvaje sin caer en el salvajismo encarnando los valores de la
racionalidad económica naciente. Pero al mismo tiempo encarna una
contradicción, desde nuestro punto de vista, incompatible con el humanismo. A
saber, el extremo individualismo que sustenta, simbolizado por el espacio
insular y la soledad, implica una ruptura radical con la vida social, aunque al
mismo tiempo se convierte, en dueño absoluto de las condiciones de producción.
Sin embargo sufre la soledad manifestada ya en la novela del siglo XVIII como
uno de los males más dolorosos de la modernidad. Estos elementos
contradictorios tiñen la racionalidad moderna y al mismo tiempo vuelve muy
atractivo el mito robinsoniano, pero ligeramente alejado de la realidad humana.
¿Sirve este modelo robinsoniano para explicar la totalidad de las
acciones humanas racionales? Los teóricos de la elección racional se ocupan
reiteradamente de perfeccionar, en orden a las insuficiencias mostradas, la
teoría introduciendo elementos nuevos, como son la emoción y las normas
sociales.[9] Con estos elementos nuevos
aparecen nuevas formulaciones de la racionalidad que ofrecen un panorama más
abierto. Conformando este paisaje más amplio no podemos olvidar la dimensión
que llamamos racionalidad antropológica o racionalidad social, presente de
forma mayoritaria en las sociedades segmentadas, así como también en las sociedades
contemporáneas en conductas regidas por la reciprocidad, la generosidad o el
altruismo. Esta forma de racionalidad ha de entenderse como la capacidad
generalizada que poseen los seres humanos de relacionarse con el futuro, en
contraste con otros modos de adaptación puramente darwiniana.
Esta forma de racionalidad no prioriza la producción, como otras formas
de racionalidad expuestas, sino que se basa en la reproducción social, objetivo
que agrupa de una forma holista al conjunto de sistemas sociales, desde el
político y el económico, pasando por el simbólico o el mitológico, y en el cual
los procesos de representación y de identidad poseen una enorme importancia.
Esta racionalidad acepta la presencia de la maximización, pero reinterpretada
hacia un enfoque global, frente a otras formas locales de entender la optimización.
En este sentido la característica de los máximos locales es que son perseguidos
de forma miope por los organismos, pero en cambio la maximización de forma
global opera a través de una pausa o estabilidad, de un camino indirecto o
incluso provocando un profundo cambio social que permita alcanzar una situación
mejor. Bajo este prisma podríamos entender las reflexiones que lleva a cabo
Marcel Mauss sobre las teorías del don y la reciprocidad, así como también la
persistencia de relaciones económicas no regidas por la optimización del
beneficio, o las redes sociales y de parentesco cuando se interaccionan en
contextos que escapan al mercado y a la racionalidad económica.
No es posible explicar la acción humana en sociedades complejas a través
de una única racionalidad. Desde luego, algunas de sus acciones responden a
mecanismos que son producidos por el individualismo moderno, pero otras, siendo
también racionales, responden a otro modelo distinto, la racionalidad
antropológica, o lo que es lo mismo la cultura.
Al fin y el cabo, no hay que olvidar que Robinson Crusoe es un personaje
de ficción.
Álvarez J. F.: Filosofía de
Las ciencias sociales, Ed. UNED, Madrid, 2005.
Dumont, L.: Ensayos sobre el
individualismo. Alianza Editorial, Madrid, 1987.
Peacock, J. L. La lente
antropológica. Ed. Alianza, Madrid, 2005.
Polanyi, K. La gran
transformación. Ed.
[1] Ver: Cruces, F.: “Notas
sobre la problemática del concepto de ritual en el estudio de las sociedades
contemporáneas” en: Salvador Rodríguez Becerra (coord.) Religión y Cultura. Sevilla, Fundación Machado, 1991, págs. 1-19.
[2] Ver: Díaz Cruz, R.”Los
hacedores de mapas: antropología y epistemología. Una introducción.” En Alteridades, 1991, 1(1), págs. 3-12.
[3] ELSTER, J.: El cambio tecnológico. Investigaciones
sobre la racionalidad y la transformación social. Ed. Gedisa, Barcelona,
1992, pág 67.
[4] Ver: Peacock, J. L. La lente antropológica. Ed. Alianza ,
Madrid, 2005.
[5] Polanyi, K. La gran transformación. Ed.
[6] Ver sobre este asunto:
Dumont, L.:”El valor en los modernos y en los otros”, capítulo 9 del libro: Ensayos sobre el individualismo. Alianza
Editorial, Madrid, 1987, pp. 239-275.
[7] Contrastar con: Morgan,
L. H.: La sociedad primitiva. Ed.
Ayuso Madrid,1980.
[8] Defoe, D.: Robinson Crusoe. Editorial Anaya,
Madrid, 2000, pág 87.
[9] Ver: Elster, J.: Egonomics. Análisis de la interacción entre
racionalidad, emoción, preferencia y normas sociales en la economía de la
acción individual y sus desviaciones. Ed. Gedisa, Barcelona, 1997.
2ª época, nº 1
ISSN 1989-7774
ISSN en papel
1696-0734
Depósito legal
ZA-53-2003